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jueves,
29 de
noviembre de
2007 |
La destacada
El gato en la iglesia
Apareció hacia la mitad de la misa. Grandote (después el padre Juan nos diría que ya tiene unos 16 años), de un color gris que sólo los gatos pueden tener, se sentía, con razón, como dueño de casa. Y tenía la certeza de que lo era. Utilizaba la lógica implacable de los gatos: Jesús amaba los animales y San Francisco los comprendía y les hablaba. ¿Acaso mentía Rubén Darío? ¿O Neruda? ¿Mentía el abate Mugnier, que concedía nada ortodoxamente una suerte de alma a los animales? Además, las intenciones de la misa eran para recordar a quienes no estaban con nosotros. Y uno de ellos, amigo que partió hace unos días más de los que suele tener un mes, recreaba en sus xilografías, con cariño y genio, a los gatos. ¿Cuántos? Los necesarios para que el gato gris del padre Juan comprendiera que su presencia a nadie le molestaría en la misa y menos que a nadie a Rubén, que con tanto sigilo y ternura ofrecía sus gatos en sus grabados. Sí, querido amigo, el gato quería participar de esa misa en Lourdes. Quería recordarte, de una forma distinta a la nuestra pero quizá con una memoria más simple, menos complicada que la de los humanos. Para los gatos, y yo sé que lo sabías bien, existen los espejos, el día, los juegos, ese deslizar de los felinos en las sombras. ¿Qué piensan de la muerte y de la oscuridad? No lo sabemos. Pero sé que volveré a encontrar al gato gris del padre Juan, le llevaré de regalo el libro de Eliot sobre los gatos y le preguntaré. Vos, Rubén, ya lo debés saber a ciencia cierta. A nosotros nos falta un trecho (¿corto, largo, medianamente tolerable?) para que dejemos de hacernos esa pregunta. Y tantas otras que los gatos podrían respondernos. Un abrazo, hasta luego.
Gary Vila Ortiz, DNI 6.012.215
N. de la R.: Rubén es Rubén de la Colina, artista plástico y profesor universitario rosarino, fallecido el pasado 21 de octubre.
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