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 domingo, 13 de agosto de 2006  
Papa, ese humilde laburante

Adrián Abonizio

"U$ 800.000 por cincuenta y cinco kilos de Papa es el negocio de un verdulero loco" dice la calle acerca de la venta de Emiliano. ¿Cuándo sucedió el milagro del petiso carrilero? ¿No era el mismo a quien el mote de "resistido" era un modo suave que tenía la gente de insultarlo? ¿Y qué hizo él? Casi como en una versión heroica medieval: se repuso, luchó, fue herido, quebró en un cruce de espadas su hueso mejor y demostró al populacho como se da pelea. De Sapo a Príncipe. Dicen que no tuvo tiempo de despedirse, pero su ejemplo debería servirle al embrollado galgo denominado Andrés Díaz, al irregular Ledesma, al apático Vitti. Se puede, aun sin ser un genio. Ignoro por donde continuar: si por los refuerzos que no juegan, por el balance aprobado a soplete o el peinado de Pipo en versión santafesina de cantante cumbiero. Lo que fuera, se trata de entrar de lleno a la cuestión xeneize-canalla, quienes se llegaron ayer hasta nuestra morada, como esas visitas inapropiadas que golpean la puerta con unas masitas viejas en la manos, unas sonrisas impostoras y hay que atenderlas a pesar que son un plomo y no arriban con las mejores de las intenciones. Critican la casa, hablan mal de nuestros parientes y encima hay que salir a despedirlos luego de habernos hecho pasar una tarde horrenda. Como la de Central ayer y su fortuna chueca la de no acertar ni con el arco vacío. ¿Puede un barco ser echado a pique pese a la valentía del capitán y el sacrificio de los grumetes? Sí, pero el atenuante está en que habrá que dirigir la ira hacia el armador, el proveedor de materiales vencidos; los que nunca navegaron, sentaditos sus trastes en los asientos dirigenciales. Central se habrá de salvar cuando ellos naufraguen. Yo por mi parte, ahogado de pena y furia sigo creyendo en mi Armada. Papa, quien nunca bajó los brazos, ese humilde laburante apenas, tendría que avergonzar con su entereza a los que desguazaron nuestro barquito.

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