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sábado,
03 de
junio de
2006 |
Editorial
La realidad del libro rosarino
El encuentro de editores argentinos que se está realizando en el
Centro Cultural Parque de España contribuye a afirmar el notable momento que atraviesa la industria editorial de la ciudad, enriquecida por sólidas y creativas propuestas —tanto privadas como estatales—
que ya han obtenido reconocimiento nacional e internacional.
Hace tiempo que la ciudad está protagonizando un nítido renacimiento en múltiples sentidos, pero una de las áreas que más se destacan en ese tan esperado despertar es la cultura. Y no sólo porque los habitantes de la urbe están adquiriendo de manera progresiva mayor conciencia de las virtudes del paisaje que habitan y al que quieran o no pertenecen, sino porque los circuitos de reconocimiento y difusión ya no se identifican de manera excluyente con los de la metrópoli unitaria que continúa siendo Buenos Aires. En ese marco, el crecimiento de una industria cultural propia es una de las señales más positivas entregadas por un cambio que a esta altura ya no parece posible detener.
A tan auspiciosa situación vino a sumarse el evento que se está realizando en el Centro Cultural Parque de España con la organización de la Fundación TPyA (Teoría y Práctica de las Artes): la Semana de Editores de la Argentina. Es que tal cual adecuadamente lo destacó la directora de la entidad situada junto al río, Susana Dezorzi, es la primera vez que este encuentro nacional viaja a una ciudad del interior.
La actividad que los visitantes llevarán adelante incluye permanentes miradas sobre la producción nacional en el terreno literario, con eje en la narrativa. Es que uno de los principales déficit que padece la literatura argentina -de la cual se reconoce, unánimemente, su variedad y calidad- es la falta de inserción en el mercado planetario. Los editores y críticos llegados para el evento desde Francia, Gran Bretaña, Irlanda, Alemania, Italia, Noruega, Brasil y hasta Chad tendrán entonces oportunidad de medir por sí mismos, ayudados por el asesoramiento de expertos, méritos artísticos y posibilidades comerciales.
Pero el fenómeno que acaso provoque mayor interés sea la pujante vida editorial rosarina, tanto en el ámbito oficial como en el privado. El domingo pasado, en su suplemento Señales, este diario evocaba un precedente excepcional de tan valiosa tendencia: la Editorial Biblioteca Constancio C. Vigil. En la actualidad son varios los sellos locales que, favorecidos por un modelo económico que a partir de un tipo de cambio alto desalienta las importaciones de libros y estimula las ventas al exterior, se han posicionado hasta obtener reconocimiento nacional e internacional.
Ojalá este encuentro se transforme en otro paso adelante para sustentar y sostener en el tiempo a los emprendimientos editoriales rosarinos.
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