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sábado,
03 de
junio de
2006 |
Informe especial de viajeros de tiempo
El asesinato de Teodora Domínguez le recuerda al Rosario su apodo de "La ciudad de los crímenes"
Guillermo Zinni / La Capital
"Parece que el ambiente rosarino está impregnado de sangre. Día a día se producen hechos de este tipo que recuerdan aquella fatal época que le valió al Rosario el apodo de «La ciudad de los crímenes»". Con esta impresionante declaración se despacha La Capital del 16 de marzo de 1901 para dar cuenta de un nuevo homicidio que tiene como víctima a una mujer. Es que todavía no se habían apagado las repercusiones del asesinato de María Luisa "Laspiur" Cañete, ocurrido apenas diez días atrás, y el que fue dado a conocer como si se tratara de una novela por entregas y bajo el título de "El caso de la mujer degollada".
Sin embargo, esta nueva "crónica roja" no iba a durar mucho debido a que el victimario era conocido y que fue arrestado al día siguiente. No obstante esto, la prensa local no desaprovechó el flamante filón que le representaba otro crimen para mantener en vilo a sus lectores, y le dedicó amplio espacio y hasta una declaración de principios contra "los asesinos de mujeres".
Pero vamos al caso: son las once y media de la mañana del 14 de marzo de 1901. Bax, el titular de la comisaría 9a, se encuentra ausente, y en su lugar queda a cargo un auxiliar de apellido Marc. Acto seguido, se presenta un mocoso de unos nueve o diez años, andrajoso, descalzo y con la respiración agitada de tanto correr, quien luego de tomarse unos segundos de descanso para tranquilizarse dice con palabras entrecortadas que en su casa ha sido muerta una mujer. De inmediato el auxiliar y otro oficial, guiados por el pibe, se encaminan al lugar del crimen.
EL TEATRO DE LOS HECHOS
En la calle Vera Mujica entre Brown y Güemes, es decir, casi en completo despoblado, se levantan unas seis casillas de madera con techos de zinc donde se aloja toda una población cosmopolita en la que abundan jóvenes de todas las edades.
El interior de esos habitáculos, de unos tres metros de ancho por igual de largo, es de una pobreza franciscana y de una suciedad "repelente". Allí hay camas desvencijadas, catres de tres patas y unas cuantas sillas que de milagro se mantienen en pie. Los comestibles y otros objetos están en el suelo, así como algunos niños de pecho, semidesnudos, que lloran o juegan con cualquier cosa. Todas las casillas están habitadas por gente pobre "que vive en una promiscuidad asombrosa y repugnante, en la más completa ignorancia de las leyes y costumbres. No conocen para el casamiento lo que es la curia o el registro civil, por el que sólo pasan para inscribir a un hijo. Aquello es un cuadro de la Edad de Piedra que se revela en pleno siglo XX y para describirlo se necesitaría de la pluma de un Zola o un Galdós".
LOS DIAS PREVIOS
Teodora Domínguez, la víctima, vivía con Pedro Pereyra, su amante y ejecutor, en jurisdicción de la sección 4a , y llevaba una vida de miserias y humillaciones: la policía tuvo que intervenir más de una vez a causa de las palizas que le propinaba su concubino. La última había sido el día tres del corriente mes y la muchacha se presentó descalza en la comisaría 4a pidiendo protección porque su amante, según dijo, quería matarla. Como no tenía dónde ir, los oficiales la acompañaron a la casa de Juan González, el padrino de su hija, quien vive en una de las casillas de Vera Mujica entre Brown y Güemes junto a su concubina, Margarita Mena, una hermana de esta llamada Ramona y tres chiquillos, el mayor de los cuales no pasa los cuatro años de edad.
Desde el día siguiente que Teodora abandonó a su amante, éste la persiguió para que regresara con él, cosa a la que la joven se negó rotundamente. Así fueron pasando los días y ayer a la noche Pereyra se paseó por las casillas y le dijo a algunos vecinos que si su mujer no volvía le iba a pasar lo mismo que a la Laspiur, la degollada de la calle Balcarce.
Y así llegamos a esta fatídica mañana del 14 de marzo. Bien temprano se presentó en el rancho donde estaba Teodora la mujer Ambrosia de Pereyra, la madre de Pedro, y trató de convencerla de que la acompañara hasta su cuarto, distante dos cuadras, porque su hijo necesitaba hablar con ella. Pero la muchacha temía algo y se negó una y otra vez a seguirla.
EL CRIMEN
En vista de que su madre no había podido convencerla, poco después se presentó en la casilla el propio Pedro Pereyra. La joven tenía a su hija en brazos. Su ex amante, en tono autoritario primero y con palabras secas, volvió a darle a la cantinela de que debían volver a vivir juntos. Luego le habló con cariño, amorosamente, pero tampoco logró conmoverla. Entonces le ofreció dinero, si no para ella, al menos para la hijita, que lo iba a necesitar. Pero a todo Teodora se negaba y cada "no" ponía a Pereyra más furioso. La muchacha le dijo que por nada del mundo iba a aceptar un centavo de él y que prefería comer el amargo pan de la caridad y hasta pedir limosna con tal de no verlo más.
Cuando la discusión ya no daba para más, el hombre apretó a Teodora contra una cama, sacó una larga y filosa daga de entre sus ropas y le dijo por última vez que lo siguiera inmediatamente. La chica, pálida y temblorosa, aún tenía a su hija en brazos, y de algún lado sacó fuerzas para decir un último no. Pereyra, con una notable sangre fría, primero le sepultó el arma en el cuello, quizá tratando de emular el crimen de la Laspiur, pero luego la retiró y se la hundió en el vientre, donde latía el fruto de su historia de amor.
La víctima sólo pronunció un ¡ay! desgarrador. Se le resbaló de las manos la nena que llevaba alzada y ella, a su vez, cayó al suelo en medio de un gran charco de sangre. Mientras tanto, y como si acabara de cometer la acción más simple del mundo, el asesino retiró el arma y la limpió cuidadosamente.
Alertada por el grito apareció entonces una vecina, la española Ramona Mena, de 21 años de edad, en el momento en que Pereyra emprendía la huída. Al ver el cuadro que tenía frente suyo, Ramona iba a pegar un grito, pero el asesino se le adelantó y le dio un puntazo en el muslo izquierdo, luego de lo cual escapó.
Tres hombres que estaban tomando mate en la puerta de sus casillas vieron correr a Pereyra y le pegaron gritos para que se detenga pero éste, con una agilidad asombrosa, saltó alambrados y zanjas y rápidamente se perdió de vista, aunque no antes de que el sujeto José González, que salió en su persecusión, justo cuando iba a prenderlo cayera víctima de un síncope.
LA DESESPERACION
Mientras tanto, en el interior de la casilla podía observarse un cuadro devastador: Teodora yacía en el suelo, ensangrentada y agónica, y falleció media hora después. Los vecinos comenzaron a agolparse alrededor del rancho pero nadie atinó a prestarle asistencia a la víctima. Una persona estuvo durante largo rato tocando pito en demanda de auxilio pero no apareció ningún vigilante. Por fin una mujer, la Gallega Luisa, que había sido camarera, pretendió cortar la hemorragia producida por la herida en el cuello con "remedios" caseros: la tapó con papel quemado y trapos, y le echó aguardiente.
Lo mismo sucedió con Ramona Mena, la que tenía una herida de no mucha gravedad en una pierna y a la que se pretendió curar de manera práctica pero no muy ortodoxa.
Al arribar la policía se hizo trasladar el cadáver a la comisaría, donde fue reconocido por el doctor Pizarro y luego fue solicitado por numerosas amigas de la víctima para velarlo y llevarlo al cementerio.
LA CAPTURA
En un primer momento fue detenida Ambrosia de Pereyra, la madre del criminal, quien estaba al tanto de sus intenciones y no trató de persuadirlo, y la policía sacó centenares de copias del retrato de Pedro Pereyra para distribuirlas en toda la provincia. Mientras tanto, después de cambiarse de ropa en su cuarto, el criminal agarró para Alberdi, tomó unos mates en la casa de una tía suya y se fue para el lado del río. Enrique Giménez, el subcomisario de ese pueblo y que conoce a Pereyra, presintió que no andaría lejos. Así que se disfrazó de pescador y empezó a recorrer la ribera.
En la madrugada del día 15 creyó distinguirlo cerca de una ranchería, en un sitio que algunos conocen como "La Florida", y mandó a buscar refuerzos. Poco después el subcomisario y otros tres agentes se arrastraban por las zarzas hasta llegar al lado del asesino. Le pusieron un revólver en el pecho y Pereyra se entregó sin ofrecer resistencia. Más tarde, ya en la comisaría 9a, Pereyra preguntó si Teodora había muerto, y si en caso contrario tenía derecho a reclamar a su hijo. Nervioso de a ratos, molesto por cualquier ruido que escucha, parece no darle importancia a lo que hizo. Cree que se ha vengado de un insulto y esto hace que no sienta remordimiento alguno. Alojado luego en la central de policía, muchas personas fueron a verlo porque no podían creer que un sujeto tan raquítico pudiera cometer un crimen tan horroroso. Y, como epílogo, el jefe político prometió dotar a la sección 9a de un nuevo destacamento policial.
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