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domingo,
16 de
octubre de
2005 |
La figura del fumador pasivo
Cuesta creer en la seriedad de la figura del “fumador pasivo”, según la cual el efecto patógeno del tabaco no se agota en las personas que lo consumen, sino que recae también sobre quienes eventualmente comparten el lugar con aquel. Es cierto y muy natural además que a algunas personas les resulte desagradable el aroma del tabaco, de la misma manera que a otras les puede resultar desagradable el aroma a un perfume, lo que no pasa de ser un fenómeno puramente olfativo, pero de ningún modo demuestra que el alquitrán y la nicotina se instalen en el organismo de las personas próximas al fumador, máxime no existiendo ningún estudio serio realizado con rigor científico que lo corrobore. Lo expresado no es óbice para reconocer, por razones de respeto a las preferencias ajenas, la razonabilidad de la veda en los espacios muy limitados y sin posibilidad de desplazamiento como un colectivo o un ascensor, aunque esto siempre se ha cumplido sin intervención estatal y si necesidad de dividir a la sociedad en puros e impuros.
Simón Chemes, LE 3.166.879
N. de la R.: La Organización Mundial de la Salud, una entidad de innegable prestigio, considera al tabaco una “epidemia” y asegura que es perjudicial no sólo para los fumadores, sino también para las personas que inhalan en forma involuntaria el humo. Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en la Argentina consume tabaco el 33 % de la población y fallecen anualmente 40.000 fumadores activos y 6.000 fumadores pasivos por causas que se pueden atribuir al cigarrillo. El humo del tabaco no sólo molesta, la ciencia ha demostrado que también enferma y mata.
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