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 domingo, 18 de septiembre de 2005  
El termómetro del voto bronca

El porcentajes de votos en blanco y anulados registrado en cualquier elección es el termómetro más fiel para conocer la relación entre el poder político y los ciudadanos. El promedio de este tipo de sufragios en situaciones de estabilidad de ánimos ronda el 3%, pero en otras oportunidades se hizo sentir.

Este porcentaje creció por primera vez en las legislativas de 1991, cuando alcanzó el 8% de los sufragios. Fue el primer gesto, en las urnas, de disconformidad de la población. En 1993 la proporción subió al 15%, dando indicios de lo que luego sería llamado voto bronca. En 1995 se retrotrajo al 4% para la presidencial que reeligió a Carlos Menem, y se ubicó entre el 6% y el 10% para gobernador. En 1997 la crítica se tradujo en un 24% para la votación de diputados, pero retornó al normal 3% al 5% en 1999, marcando la esperanza puesta en la Alianza.

El máximo voto bronca se dio en 2001, cuando fue una virtual primera minoría con el 42%. Las ganas de votar positivamente volvieron en la presidencial de 2003, con apenas 3% de sufragios negativos, pero el desinterés por las propuestas asomó pocos meses después, en las legislativas (24%) y para consagrar gobernador 16%.

Contra quienes promueven que el voto sea optativo, los ciudadanos siguen encontrando en el sistema obligatorio una buena forma de hacer escuchar su malestar cuando el poder político se enreda en sus laberintos y se aleja de las necesidades de la gente.
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