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 miércoles, 29 de junio de 2005  
Editorial:
El peligro viene de arriba

El accidente sorprendió por lo inusual: el pasado sábado por la noche, un taxi que transitaba con dos pasajeras por el microcentro de la ciudad -calle Santa Fe entre Mitre y Entre Ríos- recibió el impacto de una pesada viga de aluminio que destruyó el parabrisas. No hubo víctimas fatales de milagro pero el conductor, además del fuerte shock, sufrió como consecuencia de la rotura del cristal una lesión oftalmológica que lo había privado de la visión de un ojo. El hecho en sí mismo resulta suficientemente grave, pero su peculiaridad no debería ser confundida con una potencial excepcionalidad: es que no hace falta una mirada de experto para descubrir, mientras se camina por Rosario, los riesgos que acechan en las alturas.

En esta oportunidad fue un perfil de aluminio que se desprendió de un edificio y cayó en plena calle en un lugar de profusa circulación vehicular y peatonal: podría haber golpeado a una persona y entonces casi con seguridad se estaría lamentando una muerte. Pero resultan múltiples los casos -aun para el observador más desatento- en que el peligro se torna obvio: balcones y saledizos en estado de profundo deterioro amenazan de modo constante la integridad física de los transeúntes, sobre todo en el sector que debería ser el más vigilado de la urbe: el centro.

El que no se hayan producido hasta el presente casos con saldo fatal no debería confundir a nadie, sobre todo a las autoridades pertinentes: lo peor puede suceder en cualquier momento si la actual situación se prolonga en el tiempo. Tal vez por causa de la crisis económica -aunque en numerosas ocasiones haya que aludir sencillamente a la más absoluta desidia por parte de los propietarios-, son muchos los inmuebles de la ciudad cuyos frentes carecen del necesario mantenimiento. Y no se está haciendo referencia aquí al aspecto estético, aunque también éste posea importancia: se alude a grietas y fisuras de tanta notoriedad que profetizan un inminente desprendimiento de material con posibles consecuencias dramáticas.

El peligro entonces, aunque no se lo vea, viene de arriba. Urge mejorar controles y castigar con rigor a los negligentes. Lo que está en juego es nada menos que la vida.
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