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 domingo, 26 de junio de 2005  
Interiores: el domicilio del ser

De qué vive y dónde vive el ser no es una pregunta de todos los días, aunque debiera serlo, porque ni la pregunta es obvia ni tampoco la respuesta. El ser es un ente de difícil domicilio que para nada sabe de los domicilios de las personas en las que habita, siendo las mencionadas personas tan propensas como son a creer que viven donde viven. En cierto sentido es tan difícil saber dónde vive el susodicho ser, como de qué vive, ya que esta última pregunta también es difícil de responder y de comentar, ya que el mejor alimento del ser es el reconocimiento, razón por la cual también puede ser la causa ineliminable de su enfermedad.

El reconocimiento constituye una operación psíquica en la que se pone en juego toda la inversión que sólo el quiasmo de la retórica puede sacar a luz: es la gran diferencia existente entre el deseo de reconocimiento y el reconocimiento del deseo. Estas son preguntas referidas a nuestro ser, el que todos los días nos hace ser como somos, y que de alguna manera también nos oculta cosas, matices o pliegues (rincones del alma que no mostramos jamás, o sólo en ocasiones).

Dónde vive y de qué vive, como se puede ver, son dos preguntas referidas al ser de cada cual, ese que nos acompaña y nos lleva desde los primeros tiempos de los que tenemos memoria, y que con toda probabilidad nos acompañe hasta el final. Es el que cada día nos saca al exterior, a pesar de que el tío o la tía tantas veces quisiera quedarse en la cama o al menos en la casa y que por lo tanto está condenado a esperar al fin de semana para quizás poder desplegarse a sus anchas. Lo que no necesariamente se cumple o se logra, pues no siempre el saldo del esperado fin de semana coincide con las expectativas, más que nada porque muchas veces no están claros cuáles son los "fines" del fin de semana y en tal caso, si se altera la rutina, de pronto alguien se puede enfrentar con la sorpresa nada agradable de encontrarse con el tiempo. En el sentido de tener más tiempo que cosas en qué emplearlo, con lo que el ser se encuentra en el extremo opuesto al del estrés atrapado en el aburrimiento, encontrándose con el tiempo en todos los movimientos y en todos los rincones, inmerso en un zapping con la vida, a la espera del lunes salvador que permita soñar con el próximo fin de semana. A esta altura está claro que no se trata del domicilio legal del susodicho ser que tiene importancia para muchas cosas de la vida, a veces hasta decisivas, pero en cualquier caso el domicilio legal no hace al sentido de la vida (al menos totalmente).

Precisamente el sentido de la vida es una operación de alta complejidad ya que nacemos sin sentido incorporado, mientras que nuestros hermanos biológicos nacen y mueren como seres biológicos, ya sea por muerte natural, o por algunos de los tantos estragos humanos. En cambio los humanos nacen como seres psico-biológicos pero se van transformando en seres sociales. La supervivencia humana depende de su hacerse social, de lo contrario, cualquier humano hasta podría no sobrevivir si su ser no se socializa.

Se podría decir que ese recién nacido, como se los denomina, nace en un entrelazamiento netamente social, domiciliado en una familia, clásica o no, o domiciliado en un umbral, en cuna de oro o sin cuna, deseado o no, sea como sea y domiciliado en otros que lo sostienen hasta que él logre domiciliarse en un momento más que difícil de precisar. Fundamentalmente porque ese recién nacido encuentra su mejor domicilio en los brazos de sus padres, padres que disfrutarán de un modo único de recibirlo y de portarlo, y también de padecerlo sin saber cuándo dejar que llore y cuándo apagar el llanto.

Es decir que el domicilio de nuestro ser es netamente social, o quizás habría que decir psico-social, en tanto habitamos un cuerpo al que por razones que no son biológicas muchas veces le hacemos padecer gorduras o flacuras que bien se podrían evitar. O lo cargamos de líquidos en ingestas plenas de desmesura, lo cual ocurre, por lo que parece, en cualquier rincón del planeta. O bien le echamos las más variadas drogas que muestran cómo el humano reclama el tan cacareado equilibrio en la misma proporción que lo odia, en tanto y en cuanto se busca en los tóxicos la certeza del placer, la desaparición de los síntomas o la conciliación del sueño.

Los domicilios pueden ser varios, en tanto hay quienes se sienten mejor "adentro", y por el contrario hay quienes se sienten mejor "afuera". Hay quienes no ven la hora de volver y los que no ven la hora de salir. Una expresión de nuestro rico idioma ilustra muy claramente las vicisitudes del ser en los avatares de la existencia: hay gente que en términos generales se encuentra "a sus anchas", es decir ocupa sus lugares con cierta holgura y con cierta libertad y hay quiénes nunca encuentran su lugar, en un espectro necesariamente amplio que va desde los que siempre parecen felices (con toda probabilidad una minoría) a los que hacen de la insatisfacción su domicilio permanente.

No se trata de la crítica, que como se sabe, puede ser tanto negativa como positiva, sino más bien de la queja, probablemente el más neurótico de los domicilios del ser pues son seres a los que les cuesta tanto estar solos como estar acompañados. Toda la cuestión está en no hacer de la queja un domicilio estable del ser ya que el quejoso, en suma, sufre de no poder desplegarse quedando atrapado en los pliegues internos a que lo condena una neurosis que lo priva de la generosidad de dar y darse.
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