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 domingo, 26 de junio de 2005  
El valor de la perseverancia

Nos hemos ido acostumbrando a la aceleración y al ritmo vertiginoso de los cambios que caracterizan estos tiempos. Nuestra vida se nos presenta atravesada por esa fugacidad extrema. En el centro de la vorágine todo tiene que conseguirse aquí y ahora y con una mínima inversión personal, sometiendo a juicio el valor que antes tuvo la perseverancia, desplazada frente a la inmediatez de satisfacción que demandan las urgencias cotidianas.

Es razonable entender que la perseverancia haya perdido su lugar de importancia entre las virtudes personales que teníamos que cultivar. Puede definirse como una cualidad del carácter que permite que logremos las metas a pesar los obstáculos y dificultades que se interponen.

Almafuerte la inmortalizó escribiendo: "No te des por vencido, ni aun vencido / no te sientas esclavo, ni aun esclavo / trémulo de pavor, piénsate bravo / y acomete feroz, ya malherido", queriendo decir que uno puede mantenerse firme y constante en la realización de un objetivo. Lo que implica proseguir con decisión, no detenerse desalentado ante la adversidad ni darse por vencido cuando se se está en situación de fracasar.

Por el contrario, frente a las contrariedades emergen fuerzas renovadas que impulsan a buscar alternativas para resolver problemas o para recuperarse del desaliento. Quien persevera comienza un trabajo y es capaz de concluirlo (difícilmente podamos obtener algo si no hemos hecho nada para conseguirlo).

Goethe también lo advertía: "No seremos segadores de frutos dorados y maduros / si no hemos sido sembradores / que han regado con lágrimas los surcos. El campo de la vida da lo que plantamos / una cosecha de espinas o de flores".

Y en este punto es apropiado distinguir entre obstinación y perseverancia. No es lo mismo ser insistente o terco que perseverante. En la obstinación se actúa por capricho y sin fundamento tratando de torcer la realidad en vez de volvernos flexibles para encontrar alternativas. En la tozudez no se admite la equivocación y por eso no se puede cambiar.

En la perseverancia los objetivos que perseguimos son claros y accesibles. Solamente cuando encontramos un fin que los justifique descubrimos la manera y la fuerza para sostenerlos. También implica prudencia al analizar cómo proceder para alcanzar la meta atendiendo a la factibilidad de medios y recursos en relación con las posibilidades (la moderación y la regularidad harán el resto de la tarea).

Aquella clásica fábula de Esopo sobre la carrera entre la liebre y la tortuga nos recuerda que el triunfo fue consecuencia de constancia y disciplina, ya que la tortuga prefirió, con realismo, una velocidad ajustada para ella y la conservó sin desalentarse hasta que traspasó la línea final.

¿Qué puede ayudarnos a perseverar? Tener proyectos factibles y no vivir de ilusiones desmesuradas. Ser prudentes en la administración de nuestros recursos y flexibles para adaptarnos a los cambios. Mirar siempre lo que hemos conseguido y no únicamente lo que nos falta.

Un buen fin siempre es un aliciente para la voluntad y nos auxilia para superar el miedo y la angustia que los obstáculos provocan. También es importante arbitrar los medios, ajustándolos a nuestras posibilidades reales. Tal vez por eso Teresa de Calcuta aconseja: "Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa el bastón. ¡Pero nunca te detengas!

Alicia Pintus

Filósofa y educadora

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