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 domingo, 26 de junio de 2005  
Muchos usan braseros para calentar los ambientes, están mal alimentados y
Familias enteras son víctimas del frío invernal en barrios muy cercanos al centro
No tienen agua caliente ni estufas. La ropa escasea, y el calzado y las garrafas son bienes de lujo

Laura Vilche / La Capital

Como la mejor bienvenida al invierno, el termómetro se clavó esta semana cerca de cero grado. Y la sensación térmica, que fue aún más lejos, obligó a muchos a quejarse, prender estufas, calefacciones, agregar frazadas en la cama y ventilar tapados y pulóveres. Pero, ¿cómo fueron estos primeros fríos para quienes no tienen ninguno de esos recursos? El comedor "Betania" del padre Edgardo Montaldo en barrio Ludueña (Casilda y Puelches) es un lugar donde comen su único plato caliente del día 700 chicos y cocinan varias madres. Allí, no fueron pocos los que dijeron que "todo es malo cuando hay pobreza y desigualdad social", pero remarcaron que "el frío se sufre más que el peor de los calores". Esa realidad no es excluyente de los márgenes de la ciudad y se expresa en un barrio que se levanta a sólo diez minutos del centro, donde mucha gente considera al calzado, una garrafa o al agua caliente como un lujo.

La baja temperatura que se vive en la ciudad no es grupo. El martes 21, el primer día del invierno, se registraron 2,5 grados centígrados y una sensación térmica de poco menos de cero grado acompañada por un viento gélido.

Al compás de esa marca los hospitales colapsaron su atención. Las salas de espera desbordaron de niños con neumonías, broncoespasmos y gripe. Y como si este panorama ya no fuera desolador para quienes no tienen con qué enfrentar el frío, se agregó el pronóstico del Servicio Metereológico Nacional. Los especialistas de la repartición señalaron que este invierno traerá mucho más frío que otros años.

"El frío es más dificultoso, requiere mejor alimentación y un ambiente cálido. Habría que decirle a los políticos que dejen de jugar a las escondidas y de hacer estas asquerosas campañas, que vean cómo vive la gente", remarcó Montaldo, un cura que hace 37 años trabaja en Ludueña.

Su enojo está motivado en varias cuestiones. Cuando se entera de las recomendaciones del Ministerio de Salud de la provincia sobre el uso de artefactos para calefaccionar (ver página 8), se ríe y protesta.

Junto a él, tres madres que sirven pollo y arroz en uno de los turnos del comedor, prácticamente lo imitan. "No use braseros, no instale el calefón en el baño, dicen. Con qué quieren que se caliente la gente que no sólo no tiene agua caliente, sino tampoco baño", dice Andrea. Y Natalia y María agregan datos para demostrar que la realidad allí es dura y sin vueltas.

"Al comedor llegan por estos días chicos en ojotas, o con pantalones cortos y sin medias, qué vienen a hablar de estufas y calefones", vociferan.

Muy cerca del párroco y de las madres, dos profesionales, que trabajan en la comunidad brindando asistencia social y psicológica, confirman cada uno de los comentarios. "Frío y calor, acá todo es muy duro", afirma Mariela Morandi. Eugenia Villagra, su colega, comenta que para los chicos del comedor un broncoespasmo "es tan habitual como los resfríos de los chicos de clase media, tan seria es la cosa que hoy, por ejemplo, vino a comer un chico descalzo".

A pocas cuadras del comedor, en San Lorenzo 5188, se levanta la casa de la familia Campos, indicada con un cartel de chapa oxidado y escrito con tiza. Una cuneta con agua servida es la antesala del terreno en el que conviven los Campos, varios perros, gallinas, gatos, un sinnúmero de objetos acumulados por el cirujeo y un conejo.

Tras una fila de ropa recién tendida y arremangada por estar lavando a mano atiende la dueña de casa, María Jesús Pastrana, de 41 años y con cinco hijas. A su lado está el jefe de familia, José Campos, de 55 años.

"¿Si tenemos agua caliente? No, qué vamos a tener, ni baños tenemos", contesta la mujer para contar que está tan desocupada como su marido, que es asmática y que él acaba de quedar inválido. Pero se compadece al decir que "peor" están sus vecinos.

"Es que ellos tienen casa de chapa y maderas y cuando sopla mucho viento les entra frío por todos lados, viven muy mal los pobres. Muy mal se vive con frío", remarca María Jesús.

La mujer invita a pasar a su casa de material, un viejo inmueble del ferrocarril que quedó a un costado de la vía y que tiene todas las paredes con rajaduras. Cuando llueve la casa se llena de tachos para juntar el agua que parece más adentro que afuera. Dos habitaciones, pequeñas y oscuras, conforman el hogar. En una duerme la pareja y en otra, en dos camas, las cinco nenas. En ese mismo dormitorio se ubica la cocina a la que sólo le anda una hornalla.

"Allí cocinamos y calentamos agua cuando tenemos gas en la garrafa. Si no, prendemos fuego con leña. Eso sí, para bañar a las nenas voy a lo de una amiga que tiene calefón, no me gusta que no vayan limpitas a la escuela", remarca la mujer.

Tanto María Jesús como José saben que no es bueno dejar los braseros prendidos antes de irse a dormir. Prefieren acostarse lo más juntos posible y se ponen encima toda la ropa que encuentran a mano.

"El frío es terrible, sobre todo a la mañana temprano, cuesta levantarse", reconoce José, quien dice que piensa en sus "criaturas" y le gustaría contar con una buena estufa; "un lujo" para una familia que cuenta como única entrada fija con un Plan Jefas y Jefes de 150 pesos, que los obliga a estar enganchados de la luz. Es más, los chicos comen en la escuela y se visten con ropa prestada. "Eso sí -remarca María Jesús- los zapatos, que son lo más importante, cuando podemos, se los compramos nosotros".


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A pesar del frío, al comedor de barrio Ludueña llegan chicos descalzos.

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