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 lunes, 05 de noviembre de 2007  
candi
Charlas en el Café del Bajo
—”Había una vez...”. ¿Se acuerda Inocencio del comienzo de aquellos lejanos cuentitos infantiles? Eran de construcción simple, pero estaban llenos de ternura y magia. Kant hubiera dicho que no eran sublimes, pero que eran bellos, porque el puro amor revoloteaba como espíritu en ellos. De modo que este lunes comienzo el cuentito así: “Erase una vez un jardín, y un jardinero que cuidaba con esmero (con esa solicitud que proviene del gran amor prodigado a las criaturas con las que se trata) las flores y las plantas que tenía a su atención. El buen hombre con frecuencia era incomprendido por quienes no alcanzan a entender la dimensión de ciertas cosas, y no pocas veces movía a risa cuando lo veían hablar con las rosas, los jazmines, los malvones y otras bellísimas plantas y flores que poblaban el jardín. Aún así, aquellos que se mofaban de su “monólogo” (sin sospechar siquiera que en el universo todo es un gran diálogo) se preguntaban cómo era posible que sus flores fueran tan preciosas y sus plantas tan “vivas” y rozagantes.

—Lo sigo con atención, aunque presumo que la historia no podrá ser concluida hoy. No importa, siga.

—Una mañana, cuando aún el sol no se había levantado allá en el horizonte, pero sus primeros y sutiles rayos tornados rojizos por las nubes iluminaban delicadamente el jardín, notó el jardinero que en un rincón, casi perdida entre unas matas que servían de marco al predio, una planta, intrusa y silvestre, de aspecto rústico y carente de toda estética, había dado a luz un pequeño capullo en el que ya podían observarse pétalos multiformes y colores tan variados y atractivos que llenó de asombro y alegría al jardinero quien sabía muy bien cuándo una flor en ciernes estaba destinada a ser toda una flor. Así que el hombre, como era su costumbre (y mejor que su costumbre es aludir a esa acción impulsada por el corazón) comenzó a decirle: “¡¿Así que anoche has nacido eh?! No te inquietes que te cuidaré. Verás que estarás bien aquí; conocerás el amor en este jardín. ¿Y te ha dado vida esta planta en la que jamás había reparado?”. Luego, dirigiéndose a la planta le dijo: “Pareces desgarbada, tosca y hasta fea, querida amiga, pero sólo pareces, porque nadie con esas características podría dar tan bello capullo. Se muy bien que detrás de la apariencia está tu elevada belleza, tu proverbial delicadeza, tu sensibilidad invisible a los ojos del profano”. Y así siguió el buen jardinero hablándole a la planta y su capullo, cada mañana, cada día, hasta que la planta adquirió un verde inusual y maravilloso y la flor comenzó a abrirse mostrando formas y colores que provocaban la exclamación admiradora de todos aquellos que pasaban por el jardín. Pero un día de aquellos...

—¡Ay!, se nos termina el espacio.

—”Un día de aquellos, una mañana, el jardinero no apareció. Las plantas y las flores del jardín sintieron (porque las plantas sienten a su manera) aquella ausencia...”. Bueno, hasta aquí llegamos hoy, mañana terminamos la historia que es, en realidad, una historia de vida. Pero dejo este lunes la pregunta: ¿no creen ustedes en eso de que a las plantas además de regarlas con agua se las riega también con palabras, con afecto?

Candi II

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