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 sábado, 19 de marzo de 2005  
Horror familiar. A dos años de un doble homicidio imponen una dura condena a un habitante de barrio Tablada
Prisión perpetua para un hombre que mató a su mujer y a su suegra
Asesinó a la primera tras descubrirla con un amante y a la segunda porque lo sorprendió en el ataque. Luego las enterró en el fondo de su casa. Personal de un centro comunitario y vecinos fueron clave para develar lo ocurrido

Alberto Albarracín mató a golpes a su concubina, Andrea González. Con las dos manos la tomó de los hombros y la estrelló contra unos tacos de madera amurados a la pared. Después la sujetó del cuello con una sola mano y con la otra continuó descargando más violencia. Cuando la muchacha quedó exánime en el piso, entró en escena Berta del Valle Albarracín, hermana de Alberto, pero a la vez madre de Andrea. "Asesino, mataste a mi hija", gritó Berta y le arrojó una sartén por la cabeza. El hombre reaccionó y también la asesinó prácticamente de la misma forma. Después, en un intento por ocultar todo, envolvió los cuerpos y los enterró al pie de un limonero en los fondos de la casa. A casi dos años de que la policía descubriera el macabro hecho, un juez llegó a esas conclusiones y condenó al acusado a prisión perpetua.

El fallo fue dictado por el juez de sentencia Nº 2, Antonio Ramos, pero fue apelado por la defensa de Albarracín, por lo que la pena aún no quedó firme. En su resolución, el magistrado lo encontró culpable del homicidio de González y de homicidio agravado en el caso de su pariente de sangre. "Consciente de lo producido (el crimen de su mujer), eliminó a su hermana para asegurarse impunidad, y debe responder por ello", argumentó.

La fecha exacta en que ocurrió el hecho no se pudo determinar. Todo se descubrió el 7 marzo de 2003, en una precaria casa de Ayacucho 3182, en la zona sur de la ciudad. En aquella época Albarracín tenía 55 años, Andrea 23 y Berta, 50 años. El cuadro se completaba con las hijas de la pareja: Antonella, de 4 años, y Anabella de 2.

Si bien los investigadores confirmaron que ese fue el escenario del doble crimen, el día exacto en que se produjo no pudo ser determinado. Todo hace suponer que las muertes y el posterior entierro de los cuerpos se produjeron un par de meses antes al descubrimiento. La punta del ovillo que permitió desentrañar el caso -terrible no sólo por la violencia con que fue cometido, sino también por el trasfondo de pobreza en el que vivían las víctimas y el presunto homicida- comenzó a seguirse un día antes.

El 6 de marzo, Albarracín llegó con las nenas hasta el centro comunitario Arturo Illia, ubicado muy cerca de su casa. Allí pidió ayuda. Dijo que Andrea y Berta lo habían abandonado con las criaturas y solicitó colaboración porque no tenía dinero ni para comer. Los colaboradores se acercaron hasta la derruida vivienda y comenzaron a ayudarle con tareas de limpieza y ordenamiento del lugar. Lo cierto es que la historia del abandono contada por Albarracín comenzó a desmoronarse a medida que la gente del centro comunitario tomaba contacto con vecinos de cuadra. A todo esto, testigos declararon durante el juicio que en la vivienda habían visto abundante ropa de mujer guardada en un ropero cuando supuestamente madre e hija estaban de viaje.

Durante la instrucción de la causa, se recolectaron testimonios de los maltratos a los que el hombre sometía a las mujeres. "Le tenían terror", concluyó el juez Ramos, al recabar esas historias. Pero lo que terminó por alarmar a la gente fue un montículo de tierra que muchos vieron en la parte trasera de la casa, al pie de un frondoso limonero.

Albarracín comentó en ese momento que había cavado un pozo ciego para construir un pequeño baño en ese lugar, pero que lo tuvo que rellenar. Ante las fundadas sospechas de que algo malo podría haberles sucedido a las mujeres, los vecinos se comunicaron con la policía y contaron la historia. La Brigada de Homicidios, con una orden de allanamiento firmada por el juez de instrucción Jorge Juárez, se presentó en la casa de Ayacucho 3182 y descubrió el horror.

Los cuerpos de Andrea y Berta estaban sepultados a medio metro de profundidad en un pozo cavado por el propio Albarracín. Frente a los abrumadores indicios en su contra, el hombre se quebró y contó todo. Declaró que la relación con Andrea estaba resentida, que ella lo evitaba y que no quería tener relaciones sexuales. Albarracín sospechaba que la joven lo engañaba con otro hombre. El día del crimen había salido a vender limones para un restaurante del centro y Andrea se quedó en casa con las dos nenas. Como a la una de la madrugada, el hombre regresó y se encontró a su mujer en la cama con otro hombre.

Entonces hubo gritos y empujones. El supuesto amante, según el relato del acusado, salió corriendo desnudo y se subió a un auto que estaba estacionado en la calle para marcharse. Sobrevino el feroz ataque del que fue víctima Andrea e, instantes después, el crimen de su mamá. Durante el proceso Albarracín intentó aliviar su situación, cambiando algunos detalles de su declaración inicial. Por ejemplo, dijo que a su concubina le dio un "simple empujón" y que a su madre la mató otra persona. Pero la autopsia determinó que tanto ella como su madre sufrieron fractura y hundimiento de cráneo, sumados a politraumatismos y numerosos hematomas. Una de las cuestiones más graves que encontró el juez fue que "mató a Berta en procura de impunidad".
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Albarracín, su mujer Andrea y una de sus hijas.


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