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 domingo, 12 de septiembre de 2004

candi
candi@lacapital.com.ar

-Así es Inocencio, a pesar de que alguien, incluso hasta algún prestigioso psicólogo, sostenga que el ideal no existe, seguiré empeñado en defender mi tesis: el ideal existe, solo que los seres humanos lo tienen secuestrado.

-¿Cómo es eso? El ideal no existe sino en el pensamiento.

-Precisamente, por cuanto el pensamiento, la idea, es el paso preliminar del acto insisto: el ideal es posible no sólo como anhelo, empero los hombres no lo hacen posible por necedad o conveniencia. Pero primero, amigo mío, vamos a discernir a que tipo de ideal me refiero o como definiría yo a este ideal del que hablo. Naturalmente que no es posible confundir aquí ideal con perfección, pues va de suyo que la perfección es inexistente en el plano humano, siendo apenas un atributo de la divinidad. El ideal al que me refiero lo defino así: "Acto por el cual un ser humano se reviste de ciertas virtudes para satisfacer las necesidades de su prójimo".

-De manera tal que usted sostiene que un ser humano ideal es aquel que es capaz, aún teniendo defectos, de cultivar ciertas virtudes que le son necesarias a otra persona para lograr y mantener su paz interior.

-Así es. Si alguien dice que este ideal es inexistente y aun más, imposible, pues le diré que de ser así está en duda hasta la razón de la existencia humana.

-La falta de ideal deviene entonces en trágico y tremendo.

-Muy lamentablemente sí. Si observamos la realidad social veremos que el Estado, por ejemplo, no es una institución ideal no porque no pueda serlo, sino porque sus componentes no se revisten de las virtudes necesarias que deriven, mediante su práctica, en el bienestar y la paz social y la paz interior de cada ciudadano. Pero dejemos el Estado y vayamos a una relación de pareja. Cuando uno se enamora cree haber encontrado a la persona ideal para compartir su vida y no necesariamente ello debe confundirse con haber encontrado a la persona perfecta. No, lo que uno halla es un ser humano con defectos, pero con virtudes que colman en buena medida las propias necesidades afectivas y existenciales. En este caso, el ideal supone que una persona es o debe ser capaz de hacer no aquellas cosas que el molde moral o ético del conjunto social impone, sino cosas que reduzcan al mínimo nivel posible las carencias del ser amado. Desde luego, que tales concesiones no deben contrariar la ley del hombre y la ley de Dios.

-¿Un ejemplo?

-Hubo una vez una buena persona que recibía el reproche de su pareja por actitudes que la contrariaban hasta hacerla apesadumbrar. La explicación sistemática de esta persona a su pareja era: "no hice nada malo". La respuesta, una y otra vez, era la misma: "es posible que no sea nada malo y hasta es posible que lo tuyo sea virtuoso a los ojos del mundo, pero a mí no sólo que me resulta vano e inútil, sino que me entristece". Era obvio que para tal persona su pareja, aunque tuviera innumerables virtudes, no estaba siendo el ideal para su vida, porque lo que realmente necesitaba no podía o no quería concedérselo ¿Se entiende?

-O sea que el ideal es un propósito abstracto que no está sujeto a moldes sociales, sino a características individuales. Lo que es ideal para mí puede no serlo para usted.

-En efecto. Claro que hay ideales comunes, pero cada ser humano, cada sociedad, tiene su propio ideal que puede ser a veces, y no lo niego, apenas modificado con respecto al patrón general. Otras veces el ideal de una persona o de una sociedad está lejos de esa medida de referencia y es menester entonces comprender especialmente la estructura psíquica y espiritual de ese ser o conjunto social. Si alguien sostiene: "hay que aceptar a las personas como son, pues el ideal no existe", es menester que le respondamos: si no existe probablemente sea porque la persona (o el Estado) no tiene ganas de cubrirse (sea por necedad o conveniencia) con las fuerzas necesarias y prodigarlas para que el prójimo alcance la paz interior. Y si una imposibilidad justifica el no poder asumir el ideal que el otro requiere (lo que puede suceder) un acto de amor y justicia es no condenar al prójimo o al pueblo con conductas (aunque no maliciosas) que lo lleven a la más trágica de las soledades o al más miserable de los desamparos.

Candi II
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