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 domingo, 03 de agosto de 2003

Editorial
Triste viaje de estudios

El reciente escándalo suscitado en Bariloche por un grupo de estudiantes del Colegio San Luis, de La Plata, volvió a poner sobre el tapete un tema que no por conocido justifica que se lo ignore, cual es la reiterada tendencia de los adolescentes de provocar disturbios en excursiones de esta índole.

Este caso, sin embargo, excedió las habituales "travesuras" protagonizadas por los bulliciosos alumnos secundarios y adquirió ribetes preocupantes. La agresión tan irracional como violenta por parte de los jóvenes hizo blanco, según las denuncias registradas, en otros contingentes de estudiantes y también en las instalaciones del hotel donde se alojaron, del cual resultaron expulsados.

De la organización del periplo al tradicional punto turístico del sur de nuestro país no participó la institución educativa. El argumento de los jóvenes consistió en que el viaje, de tal modo, hubiera resultado "aburrido". Esta modalidad -la exclusión de la escuela- se ha extendido, lamentablemente, en forma preocupante. Y si bien carece de sentido cuestionar el que los chicos se diviertan durante el viaje de estudios, lo que genera auténtica aflicción es que aquello que debiera ser la punible excepción, los excesos, se convierta en la regla.

Lo que sucedió en Bariloche se inscribe dentro de un perceptible cambio de hábitos sociales en relación con el esparcimiento. En primer término, resulta notorio que el tiempo dedicado a la diversión ha ganado amplio terreno en los últimos años sobre aquel que se dedica al estudio y al trabajo. En lo que atañe a la vida nocturna, los adolescentes no sólo han bajado hasta niveles insólitos la edad en la que se manejan con libertad casi absoluta sino que jueves, viernes y sábados se extienden hasta largas horas de la madrugada en reuniones donde el consumo de tabaco y alcohol -cuando no de otras sustancias- suele ser elevado.

Tales comportamientos forman parte, sin duda, de la grave crisis que golpea a los argentinos. Y tal vez el regreso a la moderación y la recuperación de entrañables costumbres no deba ser vista como un retroceso, sino como un avance.

El deber de los mayores no consiste sólo en reprimir y sancionar a quienes cometen excesos o incurren en faltas, sino en educar con paciencia y brindar modelos. La destrucción de la noción de futuro suele ayudar a que el presente se viva de modo alocado. Reconstruir un país vivible reencauzará a muchos adolescentes y disolverá vandalismos de manera natural, sin que sea necesario apelar al rigor como herramienta de cambio.

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