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 sábado, 26 de mayo de 2007  
Ratzinger y los indígenas

Por Bernardo Barranco / La Jornada (México)
El Papa Benedicto XVI rectificó su postura reconociendo “sombras” y abusos cometidos contra los indígenas en la primera evangelización. Durante la audiencia general del miércoles pasado, y ante 50 mil peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, el pontífice pretendió reparar sus contundentes y provocadoras afirmaciones expresadas en su discurso de inauguración de la quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, el 13 de mayo pasado en Brasil. Ahí afirmó: “El anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”. Y más adelante, con poca sensibilidad, advirtió: “La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución hacia un momento histórico anclado en el pasado”.

Las palabras del Papa hirieron y provocaron airadas reacciones. No sólo de jefes de Estado, como Hugo Chávez, quien le sugirió se disculpara, y Evo Morales, sino de muchísimas organizaciones y asociaciones indígenas en toda América latina. Analistas le cuestionaron ser tan poco sensible a nuestra historia, poco respetuoso ante las culturas indígenas aún vivas y tan eurocéntrico en la forma de expresar el encuentro traumático que representó la conquista.

Este Papa es tan arrogante, dicen varios comentarios, como tan mal asesorado por expertos que debieron advertirle no sólo los errores de los hechos históricos, sino la manera de decirlos. Tal como ocurrió con su discurso de Ratisbona, el pontífice corrige diciendo: “No es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a la población indígena, pisoteadas a menudo en sus derechos fundamentales” y más adelante añade: “El deber de mencionar esos crímenes injustificables, condenados ya entonces por misioneros como Bartolomé de las Casas y teólogos como Francisco de Vitoria”.

Las críticas y reproches se han expandido por todo el continente, al grado que se extraña a Juan Pablo II, quien tuvo una mejor actitud frente al mundo indígena y en general ante otras culturas. Karol Wojtyla pidió perdón a las comunidades indígenas por los excesos y atropellos cometidos en el nombre del cristianismo; aunque nunca aceptó la teología india y con limitaciones abordó eclesiológicamente el tema de la inculturación, al menos fue cuidadoso en las formas y gestos. Precisamente en México al canonizar al primer indígena, Juan Diego, en su último viaje al continente en agosto de 2002, Juan Pablo II expresó con fuerza: “¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan de México!”.

Sin embargo, la cuestión va más allá de discursos y de palabras rectificadoras. El hecho preocupante es que el actual Papa y el Vaticano no entienden ni quieren abrirse al mundo indígena. En México tenemos pruebas fehacientes para comprender que estas apreciaciones de Benedicto XVI, sobre el mundo indígena, no fueron un accidente o equivocación, sino incomprensión y hasta cierto menosprecio por el lugar de las comunidades indígenas en la sociedad y en la propia Iglesia. Recordemos el año pasado, cómo Benedicto XVI no quiso escuchar a los indígenas chiapanecos y el Vaticano ejerciendo su autoridad cerró toda posibilidad de ordenar diáconos permanentes indígenas, cancelando la solicitud de Felipe Arizmendi, obispo de San Cristóbal de las Casas.

En un documento fechado el 26 de octubre de 2005, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, firmado por el prefecto, cardenal Francis Arinze, argumenta cuatro causas centrales por las cuales cancela una vez más la ordenación de diáconos permanentes indígenas. Las enumeramos, primera: “No se puede ignorar que, aún después de pasados cinco años de la salida de Su Excelencia monseñor Samuel Ruiz de San Cristóbal de las Casas, continúa a estar latente en la Diócesis la ideología que promueve la implementación del proyecto de una Iglesia Autóctona”. Segundo: existe un “problema ideológico de fondo” y hasta que no sea resuelto no habrá ordenaciones. Tercero: “alimentar en los fieles expectativas contrarias al magisterio y a la tradición, como en el caso de un diaconado permanente orientado hacia el sacerdocio exorado (casado), coloca a la Santa Sede en la situación de tener que rechazar las distintas peticiones y presiones y, de este modo, se le hace aparecer como intolerante”. Cuarto: los diáconos no deben ser por “designación comunitaria, sino por una llamada oficial de la Iglesia” y los diáconos requieren de una “formación intelectual sólida, orientada por la Sede Apostólica”.

En un artículo titulado “El Vaticano desconfía de los indígenas” (La Jornada, 19 de abril de 2006) reproducíamos la resignación con la que el obispo Arizmendi asumía tal medida, expresando en una carta de respuesta a la propia Congregación: “Con dolor y tristeza. El sentimiento que predomina en la diócesis es que no se comprende la situación de esta Iglesia local. El 75 por ciento de su población es indígena, de cinco etnias distintas. La diócesis se extiende en 37 mil kilómetros cuadrados, con muchas poblaciones dispersas y sin carreteras. El trabajo pastoral de los diáconos permanentes es de primera necesidad. Además de ellos, tenemos más de 8 mil catequistas”.

Cero respuestas. En el fondo existe pánico empolvado en los pasillos del Vaticano por una verdadera inculturación que respete y dignifique las culturas prehispánicas; bajo la sospecha de la “Iglesia Autóctona” se reafirma la disciplina y ante el temor de la propagación de la “teología india” la cerrazón es total. ¿Que quiere la Iglesia de los indígenas? ¿Quiere el Papa a los indios sumisos, y al modelo que se construyó en torno a Juan Diego?

En Aparecida, los integrantes de la comisión de obispos que trabaja el documento de la pastoral indígena, garantiza en cierta forma remendar y rehacer la postura de la Iglesia en torno a los indígenas; sin embargo, queda la enorme duda de que las correcciones al texto que se realizarán en Roma tendrán la suficiente apertura para respetar la postura de los obispos latinoamericanos sobre el tema. Creemos que el Papa, ahora más que nunca, está obligado a acatar lo que ahí se establezca.


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