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 jueves, 24 de agosto de 2006  
Viajeros del tiempo
Rosario 1900-1905

Cómo la prensa ayudó a reprimir la costumbre del uso de los sombreros en los teatros. La propaganda activa que se ha venido haciendo en contra del uso del sombrero en el teatro parece haber surtido efecto. Habíamos previsto el movimiento a producirse y no por eso nos ha sorprendido menos la unanimidad con que las señoras han respondido a nuestro llamado a propósito del uso del sombrero en la platea de ciertos teatros. Y tenía que suceder así. No era posible que gentes de mundo, de buen gusto, que aquilatan con tan rara facilidad la moda europea en todas sus manifestaciones más cómodas y elegantes sin que esto, por otra parte, tenga nada de mimetismo, pudieran persistir en una costumbre a todas luces importuna, incómoda y que podría traducirse en última expresión a una vana ostentación de plumas, lo que aparte de retrogradar a lo salvaje -la pluma ha sido siempre y en todas partes atributo de lo infiel-, es de un buen gusto bastante dudoso. Tenemos aquí, a la vista, sobre nuestra mesa de redacción, un buen legajo de cartas y tarjetas que hemos tenido la prolijidad de ordenar y clasificar. Aseguramos que aunque es bien sabido que no queremos sombreros en las plateas, somos absolutamente imparciales en este escrutinio. Pues bien: son 53, de las cuales 51 están contra el sombrero y dos a favor. La mayor parte de las en contra figuran entre las abonadas a la Barrientos y la Carelli. Es un buen síntoma: salida la primera perla, el collar se desgrana por sí solo. No damos de ninguna manera por terminado nuestro escrutinio pues abrigamos la esperanza, fundada hoy, de que todo el mundo que se divierte ha de mandarnos su adhesión, y hasta afirmamos que con los nombres de las tarjetas que nos han llegado y los que en adelante llegarán podríamos formar la guía más elegante de la ciudad. ¡Ojalá que para cuando vengan la Barrientos y la Carelli nos encontremos con la platea desprovista de plumas y pájaros en los peinados de las señoras!

Una original manera de dejar de fumar. Un diario de Valparaíso, hablando del suicidio de un chileno, entre otras cosas dice: "Los que de aquí en adelante pongan fin a sus días con revólver o con navaja de afeitar son unos gallinas. Los que se destapan los sesos o se cortan las carótidas son unos afeminados. Aun el suicida de Punta Arenas, que terminó sus días taladrándose las sienes con un barreno de carpintero, es una tímida paloma. En Negreira, oficina salitrera del norte, acaba de suicidarse Francisco Rojas, un chileno de 38 años de edad, introduciéndose en la boca, a manera de cigarro, un petardo de dinamita. «Me voy a fumar un cigarro -le dijo Rojas al dueño de un despacho de bebidas adonde había ido a comprar fósforos- que va a tener resonancia por estas tierras. Por otra parte, éste va a ser mi último cigarro». Momentos después se escuchó una gran detonación, y los que acudieron de todos lados a ver qué pasaba encontraron el cadáver de Rojas decapitado, tendido de espaldas sobre la plomiza y estéril tierra de salitre".

Investigación y realización Guillermo Zinni ©
La Capital 1900/1905



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