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domingo,
28 de
mayo de
2006 |
Misterios y dudas que perduran por
el atroz crimen de una transexual
Relaciones familiares complicadas, un testamento sospechado y la ausencia del robo como móvil, echan
un pesado manto de oscuridad sobre el resonante homicidio por el cual aún no hay culpables ni acusados
Ariel Etcheverry / La Capital
Marisa González, una transexual de muy buen pasar económico y conocida por sus promocionadas dotes como adivinadora de la suerte, sospechaba hace poco más de un año que podían matarla. Por eso hizo cambiar las cerraduras de la señorial casona donde vivía, sobre avenida Pellegrini, y no entregó duplicados de las nuevas llaves a sus familiares. Dos días antes de su salvaje asesinato, perpetrado con una descarga de 15 puñaladas sobre su cuerpo y un corte que prácticamente la decapitó, había vendido una de sus propiedades. A un año de ese homicidio, la Justicia aún no pudo detectar a él o los responsables, y sobre los investigadores siempre sobrevoló la misma sospecha: que todo estuvo en manos de personas allegadas al círculo íntimo de la víctima y que habría estado motivado por codicia. Ninguna otra hipótesis pudo profundizarse.
Mientras los investigadores buscan pruebas y pistas para llegar a los asesinos, sigue adelante en los Tribunales provinciales la disputa por los bienes que pertenecían a Marisa. Uno de sus hermanos, José, solicitó en octubre pasado que se declare la nulidad del testamento en el que la transexual nombraba como única heredera a María José, una chica de 18 años a la que crió como su hija durante años y a la que incluso llegó a darle su apellido. El demandante manifestó, como diera cuenta La Capital en ese momento, que en el documento se habrían falsificado las firmas de dos testigos e incluso la de la propia Marisa (ver aparte).
Ese expediente se encuentra en pleno trámite en el juzgado Civil y Comercial a cargo de Rodolfo Bruch, y es totalmente independiente del que se llevaba en el ámbito penal, en manos de Alfredo Ivaldi Artacho. En la primera de las causas, la semana que termina declararon cuatro testigos, entre ellos el mismo José, la médica del servicio de urgencias que primero llegó al lugar del crimen, y un psicólogo y una psiquiatra que solían atender a la vidente. En los próximos días será el turno de otros familiares y allegados a Marisa, quienes darán cuenta no sólo de las propiedades que poseía la víctima sino también de la relación que tenía con María José.
Luego del desfile de testigos, que serían una decena en total, llegará el turno de los peritos. Según fuentes cercanas al expediente, ya están nombrados los especialistas calígrafos que estudiarán las rúbricas estampadas en el testamento y que también brindarán un examen sobre el certificado en el que María José o Sisí -como la llamaba cariñosamente Marisa- aparece anotada en el Registro Civil con el apellido González, cuando en realidad la vidente nunca la adoptó oficialmente.
El nombre verdadero de la adivina, según rezaba en su DNI, era Juan Antonio González, y tenía al momento de morir 53 años. Tres décadas antes se había transformado en la primera persona de Rosario en someterse a una operación quirúrgica para cambiar de sexo. Lo hizo en Estados Unidos. Con los años se ganó una enorme reputación como vidente o adivinadora del futuro, a tal punto que era consultada por políticos, funcionarios judiciales, policías y hasta personalidades de la farándula. Un ejemplo. En su última visita a Rosario, cuentan que Moria Casán le envió un ramo de rosas y cuatro plateas en primera fila para el show que la diva brindó en el teatro El Círculo.
Una madrugada fatal
El crimen ocurrió la madrugada del 28 de mayo de 2005 y la característica que más llamó la atención a los pesquisas fue la ferocidad con que fue atacada. Todo sucedió en una habitación de la planta baja del caserón de Pellegrini 341. En esa pieza, que funcionaba como biblioteca o escritorio, Marisa fue asesinada de múltiples puntazos. Se cree que fue atacada mientras dormía o que al menos estaba en una actitud relajada. El tajo más letal fue uno que la atravesó por completo a la altura del abdomen y que incluso llegó a perforar el colchón en el que Marisa estaba recostada.
"Utilizaron un arma blanca de dimensiones considerables, pudo ser algo tipo bayoneta, de unos 40 o 50 centímetros de hoja, y el cuerpo tenía heridas que denotaban una clara intención de matar. No hubo golpes en la cabeza, sólo puntazos", recordó uno de los investigadores que actuó en el caso. Otro dato que expuso a simple vista la ferocidad con que la atacaron fueron los cortes en el pecho, "que hicieron que se esparcieran restos de siliconas mamarias por el piso". También, a Marisa intentaron decapitarla: "Tenía dos heridas en la nuca, que dejaron el cuello agarrado sólo por la tráquea", describió el policía.
Luego del primer examen de la escena del crimen quedaron en claro un par de indicios. Uno, que él o los homicidas entraron por la puerta de calle sin violentarla. Alguien les abrió o la propia Marisa los dejó pasar porque los conocía. Otro, tiene que ver con la fuerza física y la destreza en el uso del arma blanca que tuvo el criminal. La profundidad de las heridas, 15 en total, más el intento de decapitamiento daban a entender que se trató de una persona que sabía lo que hacía.
El macabro cuadro se descubrió recién a las 13 de aquel sábado cuando María José y su pareja, Martín Locatelli, llegaron a la casona en busca de unas toallas, según declararon. Los jóvenes habían convivido desde hacía unos meses con Marisa, y sólo tres días antes del crimen Sisí había tenido un bebé. La pareja vivió hasta el día del crimen en un departamento comprado por la propia Marisa, inversión que según dijeron sus allegados, fue hecha a la fuerza porque la transexual no quería estar más bajo el mismo techo con la pareja.
Relación peligrosa
Según quedó acreditado en el expediente, la relación de Marisa con Locatelli nunca había sido buena y en enero de 2005, es decir cuatro meses antes de ser asesinada, Marisa denunció a su yerno por maltrato en un juzgado de familia. En esa presentación, pidió que al joven se lo excluyera de hogar. Dicen que a partir de esa presentación en la Justicia, Sisí y Martín se tuvieron que ir a otro lugar. Los investigadores tuvieron a la pareja entre cejas como potenciales sospechosos, al igual que a un abogado que solía manejar las finanzas de Marisa y cuyo estudio fue allanado judicialmente.
También hubo dudas sobre Esther Vera, una especie de ama de llaves o dama de compañía, que vivía con Marisa en la mansión y que la noche del crimen, según declaró en Tribunales, estaba tan dormida que no escuchó ningún ruido extraño. Lo que no se puede explicar muy bien es cómo Esther no encontró el cadáver de Marisa en toda la mañana, a pesar de que yacía en la biblioteca, un sitio por el cual pudo haber pasado en más de una oportunidad hasta la llegada de María José y Martín.
Pero las sospechas no se confirmaron con pruebas concretas, pero eso nunca fueron acusados. "Se tomaron muchísimas declaraciones testimoniales. Es un expediente en el que se trabajó mucho, pero aún no se pudo avanzar en la identificación de sospechosos. Lo de los chicos fue sólo una punta, que no alcanza hasta el momento para imputarles el hecho", sostuvo a La Capital una fuente de la investigación.
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Fotos
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Marisa González fue asesinada brutalmente en su casa de Pellegrini al 300.
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