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domingo,
28 de
mayo de
2006 |
Reflexiones
¡Salve, César!
En ciertos aspectos, como el político, Argentina se parece a un restaurante donde los platos cambian de nombre, pero el menú es siempre el mismo. Esto se advierte en diversos sucesos del quehacer nacional y ha quedado debidamente reflejado en el acto del 25 de Mayo. Un acto que, en rigor de verdad, dio por el suelo con la expectativa de muchos y dejó flotando una pregunta: ¿para qué se hizo?
Vale, analizar aspectos de este acto que, sin lugar a dudas, si para algo sirvió fue para que el presidente Kirchner advirtiera que goza del respaldo de la gran estructura peronista nacional que, fiel a sus principios y costumbres, ha dicho una vez más !Salve, César! sin que importe demasiado si César es Cayo Julio, Augusto u otro. El acto le ha servido al presidente, también, para demostrar a algunos sectores del país que tiene poder y no poco. Un poder que, de paso sea dicho, se acrecienta con algunos sectores políticos ajenos al peronismo que, tentados por diversas razones, se acercan cada vez más al presidente: ámbitos del radicalismo, por ejemplo, y de un sector del progresismo. !Si dicen que hasta la Municipalidad envió representantes al acto! aunque no esté determinado claramente si para celebrar el 25 de Mayo, si para participar de la convocatoria al pluralismo o si para decir presente a los efectos de que el gobierno nacional no cierre los grifos.
El gran encuentro, por supuesto, merece un análisis, porque si es cierto que la acción es consecuencia del pensamiento (y es cierto), entonces se puede tener una somera idea de ciertas cosas. En primer lugar: está claro que las mismas estructuras peronistas que aclamaron al César Carlos, al César Eduardo y al mismísimo César Adolfo -de fugaz reinado- que se atrevió a anunciar en el Parlamento que la deuda no sería pagada (en medio de vítores y aplausos) esas mismas estructuras son las que ahora han aclamado al César Néstor. Así fue dable observar en el acto a dirigentes gremiales, políticos, gobernadores, legisladores peronistas que ayer decían !Salve Menem! O !Salve Duhalde! y bajo el sol de este 25 no titubearon en gritar "!Néstor, querido, el pueblo está contigo!". No hay por qué alarmarse, después de todo son los mismos que sellaron un pacto político con Patti para enfrentar a Néstor y hace pocos días votaron en contra del mismo Patti, echándolo de la Cámara, con el loable propósito de servir a Néstor. Tampoco hay que ruborizarse por esto, pues después de todo la hipocresía es tan grande que a Patti -calificado de torturador- ni los mismos que se lamentaron por su ingreso a la Cámara de Diputados fueron capaces de impugnarlo en su momento, y no sólo cuando era candidato a diputado nacional, sino como candidato a intendente de Escobar ¿Un torturador puede ser intendente de la democracia? Mejor no seguir con el análisis de Patti, porque si se rasca un poco se advertirá que muchos funcionarios civiles de la dictadura, que evidentemente sabían de las aberrantes torturas que se cometían aquí nomás, en Rosario, fueron invitados sin demasiadas vueltas a compartir listas alguna vez por aquellos que dicen ser lo más lustroso del progresismo santafesino. Estos mismos funcionarios civiles de la dictadura fueron los mismos que apoyaron, un tiempito antes, muchas de las políticas del menemismo. !La paradoja argentina!
De todo un poco
En fin, y volviendo al acto, que el peronismo es un movimiento tan generoso y de tan amplio espectro que da lugar a "chocolates como los del 25". Y no hay por qué asombrarse ni de la presencia de Moyano, ni de las Madres, ni de Alfonsín, ni de la confusión que se armó cuando desde atrás una columna empezó a cantar la marcha peronista, mientras en el escenario nadie sabía que hacer y el locutor intentaba una consigna distinta para acallar a los muchachos del bombo. No hay que asombrarse, ni de las 62 Organizaciones (históricamente de centro derecha), ni de los radicales presentes y amenazados en su partido, ni de los de centro izquierda presentes en el acto.
Ciertamente, sería muy bueno para el destino de esta sociedad que al fin y al cabo todos se pusieran de acuerdo, al menos en algunos puntos básicos, para sacar al país del atolladero en el que aún se encuentra, a pesar de los esfuerzos y los logros del presidente que, si se es justo, no pueden negarse. El gran interrogante para los argentinos de buena voluntad es si con el fecha se podrá alcanzar tan sublime propósito. Antes de proseguir, conviene aclarar que no son precisamente algunos de los que criticaron el acto del 25 los que están en condiciones de proponer algo distinto para la felicidad del pueblo. No vale la pena mencionarlos, pero mientras la gran multitud seguía las alternativas del acto en la Paza de Mayo, dos opositores tan perimidos en su discurso como en sus costumbres políticas, mientras distribuian en un claro acto de penosa y lamentable politiquería leche y chocolate en una escuela, cuestionaban desde la centroderecha la concentración organizada por el gobierno.
Desde luego que así como todos los partidos y corrientes ideológicas parecen ofrecer dirigentes capaces de colaborar para llenar una plaza o repartir chocolate, pero dificilmente se les pueda pedir que colmen las aspiraciones de muchos ciudadanos, así también en todos los partidos y en todas las corrientes ideológicas hay de los otros, los que no solamente pueden trabajar para el éxito de un acto sino para el éxito de la sociedad. Dirigentes de uno y otro color político, ubicados exactamente en los llamados "centros" de izquierda y derecha, talentosos, honestos, despojados del propio afán, que reniegan y repudian los extremos por ser causa de no pocos males, es la gente a la que debe convocarse para establecer las bases de un acuerdo o pacto sobre el cual trabajar a favor de la comunidad sin que por ello se pierda la propia identidad.
La convocatoria del presidente a una "conducción plural del país", no puede sino ser tildada de plausible, pero este pluralismo en pos de un objetivo común no puede hacerse cambiándole el nombre al plato y sirviendo en la mesa el mismo menú.
En la provincia de Santa Fe es hora de que todos los partidos comiencen a realizar un examen de conciencia y replantearse algunas cuestiones. Hace pocos días, el presidente de la Cámara de Diputados de la provincia de Santa Fe, doctor Edmundo Barrera, una persona a la cual no se le puede negar su talento y honestidad, defendía el accionar de los sucesivos gobiernos provinciales y así como valoraba el trabajo de muchos dirigentes de su partido, expresaba la necesidad de nuevos proyectos y permitir el acceso al escenario político de otras figuras. Esta misma consideración vale para todos los partidos. Esto no significa que toda la dirigencia deba ser expulsada ni mucho menos, porque ciertamente que en todas las instituciones políticas hay dirigentes de primera línea valiosos para la sociedad. Sin que esto implique el menoscabo de nadie, puede mencionarse, por ejemplo, a Rubén Giustiniani en el socialismo, Agustín Rossi en el justicialismo o la propia vicegobernadora María Eugenia Bielsa, sin excluir, desde luego a un Reutemann que no sólo debe ser tenido en cuenta por los votos que puede allegar. Gente como Pablo Javkin o Alicia Gutiérrez, en el Ari, o tantos Iparraguirres como tiene el radicalismo.
Sin embargo, la sola presencia de esta gente no bastará para lograr el destino de grandeza con el que sueñan tantos santafesinos. Hace falta no sólo espantar a las rémoras que se alimentan -tan dañosamente para el pueblo- del brillo de ciertos dirigentes y sobre todo hace falta concertar. Concertar políticas básicas pero profundas para allegar a cada ser humano esa paz interior que el Estado es capaz de dar.
Por último, y respecto del acto del 25, cabe la postrer conclusión: en el Summo Pyreneo, paso que los romanos habían construido en los Pirineos, se levantaba una torre de estructura cónica. Su función era meramente simbólica y consistía en marcar el lugar de una victoria y los límites de un territorio pacificado, así como dejar una muestra del poder militar en una frontera. El acto del 25 ha sido eso, una torre simbólica, una victoria en sí misma. Falta, sin embargo, la gran victoria, la gran conquista que es la paz de los argentinos a partir de una justa distribución de la riqueza, a partir de un retorno a valores perdidos. Falta eso para que el acto, el gran símbolo, tenga un sentido trascendente. De lo contrario, habrás más plazas, más actos exitosos, más !Salve, César!, aunque no se sepa bien para qué, o sí.
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