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domingo,
11 de
diciembre de
2005 |
Editorial
Ciclo lectivo: trampa consentida
Es una pena que la extensión de las clases dispuesta por el Ministerio de Educación santafesino para las escuelas públicas a fin de compensar los días perdidos por los paros no se haya cumplido como correspondía. Cuando es más necesario que nunca impulsar la cultura del esfuerzo, la esfera educativa debería dar el ejemplo.
Los extensos paros docentes de este año tuvieron una consecuencia tan nefasta como obvia: la disminución de la cantidad de días de clases para los chicos, en un momento en que el país es más consciente que nunca de la importancia crucial que reviste la educación para que su futuro se parezca a lo que sus potencialidades prometen. Sin embargo, y de una manera muy argentina, hecha la ley se hizo la trampa. Es que el alargamiento en veinticuatro días del ciclo lectivo que había ordenado el ministerio santafesino para recuperar las jornadas perdidas finalmente no se respetó o fue cumplido de manera fragmentaria e incompleta.
En múltiples ocasiones y desde muy diversas tribunas se ha aludido al valor que tiene la cultura del trabajo para que la Nación pueda recuperar el bienestar de que gozó en épocas pasadas. Y aunque desde esta columna lejos están de alentarse concepciones autoritarias, sí se advierte sobre la creciente tendencia que se percibe entre las jóvenes generaciones a ignorar la importancia de la disciplina y el esfuerzo, madre y padre de todos los logros. Claro que no se trata de su estricta responsabilidad: en este caso se podría hacer referencia a un ambiente fuertemente condicionante, es decir, a una culpa colectiva.
Es toda una sociedad la causante de lo que sucede: ¿por qué razón no se acató lo dispuesto por el gobierno de la provincia? Las respuestas no son sencillas de hallar, pero el caos parece haber sido la pauta dominante. "Cada escuela hace lo que quiere", dijeron muchos padres de alumnos consultados por este diario. Y así fue: numerosas instituciones dispusieron salidas adelantadas o actividades optativas. De modo que muchos chicos, por ejemplo, vieron películas en video en vez de asistir a clases del modo que corresponde.
Los adjetivos están de más. Sin dudas que no debe haber resultado sencillo imponer disciplina en un contexto como el que describió gráficamente una docente: "Los chicos están insoportables, escriben las paredes con compás, traen aerosoles, quieren que lleguen las vacaciones de una vez". Pero eso es justamente lo que se espera de la escuela pública: que pueda resolver con eficacia el desafío de educar.
A nadie debería extrañarle, después, que crezca la demanda de bancos en las instituciones privadas.
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