
|
domingo,
11 de
diciembre de
2005 |
Panorama político
Los desvaríos del poder
Mauricio Maronna / La Capital
Hace apenas un mes y medio Néstor Kirchner lograba en los hechos la suma del poder público. Ni él ni su círculo de hierro escucharon a la primera dama: "No se la crean. Nadie es eterno".
Hoy, la crisis política se muestra tan intacta como el eterno verdugo del realismo mágico, ese que se prende como un abrojo en los pretendidos nuevos príncipes: el riesgo de una espiral inflacionaria, la inquietud social y un horizonte tapado por la miopía de los que tienen que actuar con los manuales en la mano pero prefieren convertirlos en ceniza.
Ramplonería, desapego a la voluntad popular, vulgaridad y autoritarismo ponen otra vez en vilo a una sociedad que permanecía adormilada hasta que Rafael Bielsa (justo él, uno de los pocos que sí pasarían con buena nota un examen de lectoescritura) cometió todas las torpezas imaginables, acicateando la demagogia de los opinators que creen que la compleja debacle ética y social del país se explica a través de las adjetivaciones o los contestadores automáticos de las radios.
El episodio del tránsfuga Borocotó (celebrado por el gobierno como una muestra más de la vigencia de la picardía criolla) operó como tester e hizo creer a los hombres y mujeres de palacio que la sociedad argentina permitía toda trapisonda política a cambio de un poco de bonanza económica.
La avant premiere de esta película clase B se había exhibido sobre el cierre de la campaña electoral cuando el hijo del honorable (y ya fallecido) Alfredo Bravo denunció que el candidato a diputado porteño del ARI Enrique Olivera era un lavador de dinero con cuentas en el exterior.
De la mano de Alberto Fernández (dicen) la operación resultó un éxito. "Le dimos de beber a la Gorda su propio veneno", se regocijaron casi todos los ismos que componen la acuarela peronista.
La raquítica respuesta de la oposición alimentó la bulimia de un gobierno que ha hecho tronar el escarmiento en la dirigencia justicialista que, con los grabadores apagados, ensaya todo el catálogo de reprobaciones hacia el estilo de conducción radial que aplica Kirchner pero, en la práctica, actúan como hombres grises amaestrados por el temor hacia el látigo del domador.
Atónita, la sociedad auscultó que mientras los contratos electorales valían menos que un dólar colorado, los dirigentes que tenían la obligación de hacer un frente común contra la desmesura optaban por desestresarse en algún spa, en alguna ciudad europea o, simplemente, dejar hacer, dejar pasar.
Y para calmar a las pocas fieras que no terminaban de digerir la defraudación, apareció Miguel Bonasso introduciendo en escena al esperpéntico ex comisario Luis Abelardo Patti, quien (pese a las graves imputaciones por su pasado durante la dictadura) recogió casi 500 mil votos con su candidatura a diputado bonaerense.
Otra vez la tentación maquiavélica de esconder a un elefante entre una maraña de elefantes llegaba a la política nativa para hacer su aporte a la confusión general. Obviamente no es lo mismo un torturador (en caso de que Patti lo sea) que un tránsfuga de baja estofa como Borocotó. Ahí apareció la figura de la "inhabilidad moral", una barrera parlamentaria impregnada de relativismo que favorece a las capillas dominantes pero que se convertirán en bumerán a la hora del despoder.
Pero si algo no debiera volver a suceder es que la ilusión transmute en desencanto. El episodio Bielsa puso en evidencia casi todos los puntos oscuros que desde la denunciología no se logra plasmar. ¿De qué le sirvió al ex canciller caminar durante la campaña los más de cien barrios porteños si recién ahora se dio cuenta de que "la ciudadanía privilegia la credibilidad en la palabra pública por sobre las necesidades de la gestión"?
Si haber trajinado la calle le hizo sentir en carne propia el profundo error cometido, queda demostrada la falta de empatía entre quienes ven la realidad desde el encierro que ofrecen los despachos oficiales y la temperatura de la sociedad.
Pero el rosarino dijo no. Ese arrepentimiento, mucho más que un gesto, debe ser valorizado en su justa medida. Admitir un error es infrecuente en los políticos, habitualmente acicateados por el incentivo que, a modo de anzuelo, dispensa la alfombra roja.
Curiosamente, los medios que hasta el fin de la campaña electoral se embelesaron con su estética progre y su frondosidad intelectual ahora lo arrojan al peor de los infiernos. El transfuguismo verbal no es propiedad exclusiva de la dirigencia. Saber decir que "no" es un disvalor para quienes las fronteras morales son tan difusas como las calles londinenses en pleno invierno.
Los amanuenses rápidamente intentaron ridiculizar al ex canciller en las portadas de algunos diarios, siguiendo la lógica perversa de los políticos que se vanaglorian de tener el "cuero duro". No se dan cuenta de que también poseen los valores demasiado flojos. O, si se dan cuenta, no les importa.
Tras haber soportado la última "cuota de humillación diaria" al no ser recibido por el presidente en la Casa Rosada, Bielsa dio sus explicaciones en un hotel de la zona de Retiro y, tembloroso, debió soportar las andanadas de dos periodistas de la señal de cable TN, más oficialistas que el publicista Fernando Braga Menéndez.
Alguien bajó la orden de cruzar con toda la artillería al diputado electo y el ejército K acató con celeridad. De todos modos, Rafael Bielsa debería haber renunciado a ocupar cualquier cargo. Ahora será una sombra.
Hay que detenerse, sin embargo, en algunas palabras. El jefe de los senadores justicialistas, Miguel Pichetto, dijo que al ex titular de la Sigén le importaba más la opinión publicada que el compromiso con el presidente; el diputado Osvaldo Nemirovsci admitió "no comprender" las razones que lo hicieron rechazar la embajada argentina en Francia. Y remató: "Esto me deja sin entender los motivos que llevan a un dirigente político a hacer estas cosas".
Y como si fuera poco, el impresentable Luis D'Elía (quien en un país normal debería estar preso por haber tomado una comisaría y sin embargo aquí es beneficiario directo de casi 70 mil planes sociales, además de la voz nada brutal de la Rosada) cuestionó las "convicciones" de Bielsa.
Agustín Rossi habrá comprendido ese día la farragosa tarea que le espera: fue el único que respaldó a Bielsa y adelantó que sería "bienvenido" en el bloque. Horas después, al Chivo no le quedó otra que convertirse en cordero patagónico, a riesgo de ser excomulgado de su sitial de privilegio en el bloque.
Queda flotando en el aire un interrogante clave para definir el numen de la cuestión, y el ex jefe del Palacio San Martín deberá aclararlo. La agencia oficial Télam reveló el miércoles a la medianoche que fue Bielsa quien, 30 días antes, le pidió al presidente la embajada en París, algo que se da de bruces con lo que dijeron el propio protagonista, Kirchner y el jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Los ruidos de la política se mezclaron en las últimas horas con el frenesí dialéctico emprendido contra los supermercadistas, el peligrosísimo brote inflacionario y las ingenuas medidas tomadas para controlar la inflación. Se sabe que para el organismo de la clase media, las crisis económicas tienen las propiedades de la cafeína: ayudan a despejar el embotamiento.
Sin la reacción del periodismo independiente, y de los ciudadanos que ven a los precios subir por el ascensor mientras sus salarios se encaminan hacia el subsuelo, hoy Borocotó sería una anécdota, Patti estaría sentado en la banca y Bielsa disfrutaría de la Ciudad Luz.
Hay algo más grave que los desatinos del poder. La ausencia de la oposición a la hora de marcar una alternativa, actuar como contrapoder o erigirse en fiscal de los desvaríos corroe a la democracia y reedita aquel apotegma del general Perón: "No es que nosotros seamos buenos, lo que pasa es que los demás son muy malos".
Las voces crispadas, los mensajes chirriantes y la ausencia de consensos básicos llevan a que la política siga pareciéndose a un circo criollo. El gobierno debe decidir qué hacer con el aval que el pueblo le dio en las urnas y entender (tras la saga de episodios de travestismo político) que ese respaldo no significa un cheque en blanco.
Debería guiarse por lo que Cristina Kirchner aconsejó sin histeria tras haber ganado la madre de todas las batallas: "No se la crean. Nadie es eterno". Nada es más real.
enviar nota por e-mail
|
|
Fotos
|
|
|