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domingo,
11 de
diciembre de
2005 |
El cazador oculto: "Fuegos en
la noche de
Fisherton"
Ricardo Luque / Escenario
Los tiempos cambian, las costumbres también. Años atrás las sociedades secretas perseguían fines altruistas y no, como ocurre por estos días, la acumulación de dinero o la exaltación del placer. No hay que ir muy atrás, o mejor, basta ver "Algo habrán hecho" y recordar las historias que contaban las maestras sobre la Logia Lautaro y la jabonería de Vieytes. Hoy la cosa es distinta. Quedó probado en la inauguración que la sucursal de La Sociedad de Honorables Enófilos abrió en Fisherton. Una reunión animada donde los invitados dejaron bien claro que no tenían otro interés que dar cuenta de las deliciosas tapas que sirven en el lugar y, por supuesto, degustar buenos vinos. A la cabeza del lote estaba don Alberto Fredes, camisa azul eléctrica, pantalón claro y mandíbulas incansables, quien ni bien llegó se ubicó junto a la mesa mejor provista y no dejó su lugar hasta que las mozas amenazantes hacían lugar para empezar a barrer. Cuqui Abiad, que llegó del brazo de su encantadora esposa, insistió en lucir una camisa a cuadros que, si no fuera por los anteojos y ese empecinado afán de no ir al gimnasio, le daría el aspecto de un rudo leñador canadiense. Oscar Bertone, que lució saco claro, camisa negra y zapatos de charol, parecía un cantante del trío Los Panchos a punto de salir a escena en el de Copacabana Palace de Río de Janeiro. Inteligente, no se separó un instante de su esposa, la siempre inquietante Verónica Collins, que con una remerita negra sin mangas y peligrosamente ajustada al cuerpo dejó sin respiración a más de uno de los veteranos que pululaban por el local copa en mano y ojo avizor. Cómo será que para no mirarla Guillermo Peirano, el intrépido director de cámaras de Multicanal, se enfrascó en una sesuda charla de fútbol con el Coco Pascutini. Pobre hombre. Consiguió permiso para tomarse la noche libre y tuvo la desgracia de encontrarse con un canalla patológico que no lo dejó probar bocado y mucho menos mojarse los labios con una bebida espirituosa. No lo salvó ni el desembarco de las chicas del Colorado Cabrera que, lejos de la mirada severa del conductor de "Entrelíneas", se atrevieron a lucir sus encantos ante el puñado de VIPs que hacían cola frente a la barra cervecera. Iluminadas por el fuego.
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