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 sábado, 05 de junio de 2004

Reflexiones
El libro con Feria entra

Manuel Rodríguez Rivero / ABC (Madrid)

Como ocurre en todos los ritos, los de la Feria del Libro presentan una liturgia con símbolos y gestos muy codificados. Uno de los fundamentales, sin el que difícilmente mantendría su enorme poder de atracción, es el de la firma de los autores. Las largas filas de esforzados lectores bajo un sol de justicia ante las casetas de sus escritores-celebridades es un fenómeno de aparición relativamente reciente en nuestro sistema del libro. La revolución literario-editorial de los años ochenta, que tanto contribuyó a restablecer el pacto del escritor con sus clientes naturales de la mano de la "nueva narrativa", en la atmósfera de entusiasmo cultural de los primeros gobiernos socialistas, fue esencial en la prehistoria de ese rito posmoderno.

Vistos con perspectiva, aquellos fueron años fundacionales de lo que vendría más tarde. Las clases medias, identificadas con lo que los novelistas les suministraban, descubrían que el consumo de narrativa formaba parte del nuevo glamour de la alta cultura, casi al mismo nivel que las grandes exposiciones antológicas, los conciertos de música clásica o la ópera. Los "nuevos novelistas" españoles, una nómina colorista, diversa y renovada con la aportación de un creciente número de narradoras, se convirtieron en objetos de deseo ampliamente consensuados.

La consideración social del escritor cambió radicalmente. Los que triunfaban -y ahora lo hacían bastantes más que durante el largo otoño socialrealista- se veían inmediatamente mimados por los medios. La atención que la prensa escrita, en primer lugar, comenzó a dedicar a la novela española no tenía precedentes inmediatos. La consolidación definitiva de los suplementos literarios tuvo un papel fundamental en la consagración del aura de lo "literario": no importa que en el camino se rebajaran de vez en cuando las exigencias de una crítica a veces más atenta a la promoción de los productos que a la reflexión y el rigor.

Como consecuencia, algunos novelistas se hicieron populares -en el sentido que dan los anglófonos al término- y, al tiempo que se hacían conscientes de las, digamos, excelencias del mercado (mayores anticipos, rivalidad de los editores por tenerlos en nómina, halagos de los agentes literarios), descubrían su propia autoridad moral, es decir, su influencia. El escritor volvía a seducir, y lo hacía desde la columna de opinión que le encargaban los diarios de referencia o desde cualquier otro lugar, incluyendo, cuando llegaron, los talk shows de las televisiones públicas y privadas. A partir de entonces su participación en los medios -en cualquier medio y para opinar de cualquier cosa- se convirtió en una característica del paisaje social en la charnela de nuestros dos siglos. Y, dicho sea de paso, no deja de ser llamativo que el nuevo prestigio mediático de muchos escritores haya tenido lugar simultáneamente con el descrédito de los llamados relatos totalizadores y a la pérdida de credibilidad del viejo intelectual comprometido.

El proceso, aquí necesariamente acelerado por el ritmo impuesto por la normalización democrática, ha sido general en todos los países desarrollados. Y en sus orígenes se encuentran, desde luego, algunas de las dramáticas transformaciones experimentadas por el oficio editorial en las dos últimas décadas del siglo XX. Si me permiten que refiera una anécdota personal, yo me di cuenta del cambio de tendencia bastante tarde, como los cónyuges engañados, cuando todo estaba ya en marcha y por un motivo verdaderamente trivial: fue como un destello repentino que ilumina la tiniebla proporcionando volumen y contorno a todo lo que hasta entonces permanecía brumoso en el día a día de mi trabajo editorial. Tuvo lugar en la Feria de Francfort, a finales de los ochenta, cuando Luis Suñén y yo estábamos al frente de Alfaguara, un sello literario vinculado a un importante grupo editorial y mediático.

Habíamos concertado una cita con los responsables de una nueva editorial británica que hacía profesión de fe literaria: autores escogidos, tipografía y presentación cuidadas, glamour cultural, en definitiva. Nuestra interlocutora, que sabía vender lo suyo, comenzó por lanzarnos la acostumbrada teórica acerca de los principios que orientaban la actividad de su sello, estimulando hábilmente nuestra curiosidad y, posiblemente, nuestra codicia de editores. Luego, pasó a la práctica. Tomó de la mesa media docena de libros, todos recién impresos y aún fragantes, y dándoles la vuelta, nos mostró en primer lugar la cuarta de cubierta, ocupada en todos los casos por un primer plano de estudio del autor o la autora que los había escrito. Nos invitó a fijarnos en las fotos y, arrobada, pero en términos muy formales, exclamó: "Oh!, they're so good-looking, aren't they?", que podríamos traducir como "¿A que son guapos?". En aquel momento me di cuenta de que los tiempos (editoriales) estaban cambiando.

Bien. Sea como sea, la anécdota es extrema y no pretende ilustrar más que mi propia percepción de un cambio que el sector editorial estaba experimentando desde el aterrizaje en Europa de las grandes corporaciones editoriales norteamericanas. Y no quiero que se me entienda mal: aquellos escritores españoles conectaron con el público, en primer lugar, porque se trató de una generación que supo entender lo que querían los lectores. Aunque muchos no lo hicieran deliberadamente.

Ahora, mientras los fines de semana la Feria se puebla de escritores y lectores que buscan el encuentro, es también momento de dedicar algún pensamiento a las librerías independientes, posiblemente el eslabón más débil y precario de toda la cadena del libro. Para algunos de esos libreros -los que pueden costeárselo- la Feria se convierte en la gran ocasión para cuadrar su cuenta anual de resultados: por eso son los más interesados en conseguir que los escritores acudan a firmar a su caseta. Y muchos responden a su llamada.

Acuciada por la competencia faraónica de las grandes superficies y la más modesta, pero económicamente insidiosa y constante, de los grandes lanzamientos de quiosco, la pequeña librería es el ámbito en el que se representa a diario el drama del darwinismo libresco. Las obras que no se venden tienden a desaparecer inmediatamente de unas mesas de novedades en las que sólo aguantan los más fuertes en términos comerciales. Las librerías se despojan del fondo: una de las paradojas del campo literario español es que, con 276.000 títulos vivos, cada vez resulta más difícil encontrar los que no son estrictas novedades.

Los hipermercados -que en algunos países, como Francia, ya se han convertido en el tercer librero por volumen de negocio- funcionan de otro modo. A los grandes grupos editoriales, que tienden a exigir al libro rentabilidades que nunca tuvo, les fascina que en esos lugares sus "productos" roten y se comporten "como cualquier otro", por lo que, a cambio del privilegio de estar en ellos, tienden a concederles prebendas y descuentos que no perciben los más débiles. Si la pequeña librería se extingue o su número disminuye dramáticamente, como ha ocurrido en el Reino Unido, será todo el sistema del libro el que se resienta. Y eso que, por fortuna, entre nosotros todavía sigue vigente el precio fijo, único garante de una bibliodiversidad muy necesaria no sólo para la salud cultural de nuestras sociedades altamente mediatizadas, sino también para la higiene democrática. En estos días en los que la Feria es noticia en los periódicos, reivindicar el precio fijo es, simplemente, celebrar el libro como vehículo de cultura.

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