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 domingo, 30 de mayo de 2004

[Nota de tapa] Final feliz
Un cine de barrio salvado del olvido por los vecinos
Después de 32 años reanudó sus funciones en barrio Saladillo, convertido además en un centro cultural. Historia de una pequeña gesta

Osvaldo Aguirre / La Capital

"Este es el punto neurálgico de Saladillo", dice Alfredo Monzón, parado en la esquina de avenida del Rosario y Lituania. Cada uno de los edificios que se levanta allí está cargado de anécdotas: el bar Nuevo Piave -"donde se armaban las listas de candidatos de cada elección"-, el edificio del Sindicato de la Carne, el monumento a Eva Perón o a la mandarina. Son historias que vuelven a ser parte del presente, porque el cine Diana, ubicado en el mismo cruce de calles, acaba de ser reabierto gracias a la iniciativa y el esfuerzo de un grupo de vecinos.

Los vecinos se nuclearon en la Asociación Cultural Amigos del Barrio Saladillo. Hay un requisito importante para integrar ese grupo: "por sobre todas las cosas, hay que querer al cine, hay que llevarlo en el corazón y quererlo mucho", dicen. El propósito es convertir al antiguo cine Diana, cerrado hace 32 años, en un centro cultural. Y ya es parte de la realidad, porque hace dos semanas funcionan talleres de Danzas árabes y españolas, Yoga, Tejido, Computación, Teatro, Dibujo y pintura y Folclore, cuyos horarios pueden verse ordenados en una cartelera, en el hall de la sala. Claro que el eje de la actividad son las proyecciones de películas, que comenzaron el pasado mes de marzo.

La historia de la recuperación de este cine no supone simplemente la reapertura de una sala cerrada. Más bien es la decisión de rescatar de la destrucción y del olvido un lugar que ayer fue clave para la vida social del barrio y que hoy, dicen los vecinos, también puede serlo.


DE AYER A HOY
La conversación comienza en el hall del cine. Allí están varios de los miembros de la Asociación de Amigos del Saladillo: Alfredo Monzón -vocero de la comisión y además historiador del barrio-, Carmen Pagliari, Rosa Rivoiro, Esilda Acosta, Patricia Cisternas, María Luisa Martínez y María Laura Franco. En medio de la charla, entran y salen personas que participan de las actividades ya en curso.

En la sala se encuentra la pantalla que pertenecía al cine Broadway y que se utiliza para las proyecciones. "Hacía un montón de tiempo que estaba guardada en un galpón. La tuvimos que lavar y limpiar para ponerla en condiciones", cuenta Monzón. En el hall, por si quedara alguna duda, una serie de fotos documenta ese denodado trabajo.

El antiguo cine Diana contaba con 415 butacas, repartidas en la planta baja y en la planta alta. "Los asientos de la planta baja eran de madera -recuerda Carmen Pagliari-. Las de la planta alta estaban tapizadas, el piso era de alfombra. A los chicos no nos dejaban subir". Después de tanto tiempo de olvido, no quedó ninguna en pie.

"Esto se hace con mucho sacrificio", dice Alfredo Monzón. En efecto, cada mejora en el edificio contiene una pequeña historia de esfuerzo solidario: las cortinas fueron elaboradas por las mujeres que integran la Asociación y solventadas con rifas.

"Los chicos pasaban y preguntaban: «¿Cuándo comienza el cine, cuando se abre el cine?» -dice Monzón-. Llegó un momento en que dijimos: «Arranquemos como sea, arranquemos con goteras en el techo, con falta de pintura, pero arranquemos». Y hace tres meses que estamos proyectando películas. La inauguración oficial todavía no se hizo porque esperamos tenerlo en mejores condiciones".


UN POCO DE HISTORIA
Como historiador del barrio, Monzón puede trazar los orígenes del cine. "Los propietarios originales fueron Aaron Braun y Salomón Linde, inmigrantes de origen judío que se establecieron en la zona. Empezaron humildemente con una fábrica de soda, pero hicieron fortuna, con la cual compraron infinidad de propiedades en el Saladillo", dice.

Al mismo tiempo, "hicieron construir la sala del cine y al lado levantaron una sinagoga, que posteriormente fue demolida". El cine tomó su nombre de la calle en la que estaba ubicado (Diana, luego Lituania).

Según cuenta Sidney Paralieu en su libro "Los cines de Rosario", la primera función del cine Diana tuvo lugar la noche del 13 de mayo de 1943, con la proyección de "La guerra gaucha", protagonizada por Enrique Muiño y "Esto ante todo", con Tyrone Power. "No deje de asistir a la gran inauguración del cine más moderno de la zona sur de Rosario que cuenta con equipo sonoro R. C. A. Victor y proyección superluminosa", destacaba un aviso que promocionaba la apertura de la sala.

El 26 de mayo de 1955, el cine Diana inauguró su pantalla panorámica y el 13 de marzo de 1957 su equipo de cinemascope. La sala tuvo varios dueños y los últimos fueron también propietarios del cine Ambassador (San Martín 1860). El cine de Saladillo cerró sus puertas tras la función del 30 de julio de 1972.


LA IDEA
Según explica Alfredo Monzón, "la idea surgió cuando me invitaron a un encuentro de historiadores barriales que se realizó en el Centro Cultural del cine Lumiére. Aproveché la oportunidad para charlar con la directora y preguntarle por la experiencia que ellos tuvieron con respecto a la recuperación de ese cine".

En ese momento el edificio del cine Diana se había desocupado. "Había otros interesados en alquilarlo: por un lado, un grupo de comerciantes coreanos que quería instalar un supermercado y por otro un empresario que se proponía instalar una estación de gas comprimido". El dueño, "un vecino que quiere mucho al barrio", se inclinó por la propuesta de los vecinos.

Los miembros de la Asociación Cultural tienen en común su origen. "Somos todos del barrio. Algunos hemos nacido y otros nos criamos aquí. Conocimos lo que fue el cine en su época de esplendor", dicen.

Los recuerdos son imborrables. "Nosotras veníamos a matiné cuando éramos chicos. Crecimos y fuimos a la sección familiares. Y después a la función nocturna. Todos los días había películas en el cine Diana", dice Carmen Pagliari.

Al lado del Diana había un quiosco que atendía Don Lucero. "Preparaba unos sándwiches de mortadela grandotes. En el intervalo entraba al cine y hacía de bombonero", recuerda por su parte Monzón.

El cine Diana fue también escenario para que se presentaran compañías de radioteatro, como la de Mercedes Carné y Bernardo de Bustinza. "El cine se usaba para distintas actividades -sigue Alfredo Monzón-. Recuerdo que aquí se hicieron asambleas del Sindicato de la Carne. Y las graduaciones y fiestas de fin de año de la Escuela número 526. Se aprovechaba el espacio".

En definitiva, "el cine forma parte de nuestras vidas. Aquí transcurrió nuestra niñez, nuestra juventud, acá nos pusimos de novio, dimos el primer beso, se formaron parejas que hoy son familias constituidas del barrio. Quisimos reabrir el cine Diana porque forma parte de la vida de los habitantes del Saladillo".

El trabajo comenzó en octubre del año pasado. "Empezamos desde cero, no teníamos nada", dice Carmen Pagliari, que a la vez destaca la ayuda de los comerciantes del barrio. "La sala estaba en un estado deplorable, el último inquilino hizo un desastre, muchísimo daño. Destruyó la boletería para construir un parrillero, rompió mármoles y achicó el hall de entrada", detalla Alfredo Monzón.

La recuperación del techo fue un capítulo aparte. "Teníamos que sacar los paneles del cielorraso. Un vecino del barrio lo hizo ad honorem. Había una tierra... Y nosotras limpiamos con los secadores. Después un vecino comedido como nosotros llevó todo afuera, vino la Municipalidad y se llevó todo en volquetes", cuenta Pagliari.

La Municipalidad de Rosario otorgó un subsidio mensual, que de acuerdo al convenio celebrado se extenderá hasta fines de año. Los vecinos lo utilizan para pagar el alquiler de la sala. "Lamentablemente no se cumple con el pago a término. Estamos en mayo y no han pagado abril", señala Monzón.

Por su parte, el Concejo Deliberante aprobó un subsidio para que los vecinos puedan comprar 150 sillas plásticas. "No usamos butacas porque en la semana desarrollamos otras actividades", dicen.

Las funciones comenzaron en el mes de marzo y se realizan los sábados a partir de las 19. Un vecino aporta un equipo de DVD para proyectar las películas, que son alquiladas. La Asociación Cultural se propone gestionar un proyector ante el Instituto Nacional de Cinematografía.

A la espera del subsidio del Concejo Deliberante, las sillas para los espectadores se piden prestadas en la Casa de la Cultura y el Balneario del Saladillo y, llegado el caso, se alquilan. Además de las proyecciones y de los talleres, el nuevo cine Diana ha sido escenario de actividades barriales, como el "Reencuentro del Saladillo", reunión anual de vecinos y ex vecinos que se realiza en noviembre, y de un festival folclórico el 25 de mayo.

La concurrencia a las funciones de cine, calculan los miembros de la Asociación, oscila entre los 200 y 250 chicos. La entrada cuesta cincuenta centavos (para los menores) y un peso (para los adultos). "Algunos mayores sacan entrada de menor, porque no tienen. Y a los que no tienen para la entrada de menor los dejamos pasar igual. Es para ellos", comentan en el cine.

Las sillas se alquilan a razón de cincuenta centavos por unidad. "La ganancia se nos va en las sillas", se lamenta con razón Carmen Pagliari.

"Faltan muchísimas cosas -dice Monzón-. Hay que reparar el techo, porque tenemos algunas goteras. Y poner el cielorraso: allí tenemos un problema de acústica para proyectar las películas. Hace falta pintar. Una empresa nos prometió que iba a donar el material".

También les preocupa proteger el edificio. "Tenemos que poner rejas en el frente. Antes el cine tenía vidrios en el frente, donde se ponían los afiches de las películas que se iban a proyectar. Nadie se atrevía a romper los vidrios ni hacer otra cosa por el estilo. Ahora debemos tener más cuidado".

Hasta la reapertura del Diana, el cine más próximo para los chicos de barrio Saladillo era el Avenida, en Pueblo Nuevo. "Lamentablemente, le falta mantenimiento, las instalaciones no están en buenas condiciones y la gente del barrio no va. Más bien es al revés: vienen de allá", dicen los vecinos.

"Para los chicos es una experiencia muy linda. Nos encontramos con chicos que nunca habían ido al cine. Poner en funcionamiento nuestro cine es para ellos una aventura y para nosotros una satisfacción", dice Monzón. A su vez, Carmen Pagliari observa que "al principio los chicos venían así nomás, pero ahora se bañan, se peinan: vienen al cine".

Esa noche se proyecta "Un hijo genial", con Julián Weich. La lluvia no impidió que la sala estuviera colmada. El contratiempo estuvo dado por las sillas, ya que hubo un desencuentro con la Casa de Cultura y entonces tuvieron que alquilarlas al bufetero de un club vecino. "Y bueno, pero los chicos tienen cine -dice Carmen Pagliari-. Al centro no van jamás, porque los tienen que llevar los padres y en general no pueden". Monzón entra con una pila de sillas: "espero que esta semana podamos solucionar este problema: vamos a ver qué hacemos para el Día del Niño y las vacaciones de invierno. Seguramente daremos más funciones", dice. Los miembros de la Asociación se reparten las tareas: hay que hacerse cargo de la boletería, atender el buffet, acomodar a los espectadores.

Un nene llega apurado, porque la función está por comenzar, con una moneda en la mano.

-No salís hasta que te vengan a buscar, eh -le dice Carmen Pagliari.

-Bueno -responde el chico.

"No salen del cine hasta que los padres vienen a buscarlos -explica después Carmen-. Los que se van solos son los más grandes. Igual ubicamos a los más chiquitos del lado derecho de la sala y a los más grandes del lado izquierdo, para que no haya problemas".

En la sala, los chicos forman la mayoría del público, pero también hay adolescentes y adultos. Lucía y Cecilia, dos amiguitas que viven a la vuelta del cine, dicen que no se pierden ninguna función. "Vimos «Tierra de osos» y «Tarzán» -dicen, haciendo memoria-. Nos gusta venir por las películas que pasan y porque sale más barato verla acá que alquilar un video".

Adriana Ramírez -"me conocen por Mabel", aclara- tiene 45 años y conoció el viejo cine Diana. "Para mí es el mejor cine que puede haber en Rosario. Yo venía de chiquitita con mi mamá y mi papá. Veníamos a ver películas sanas y nos divertíamos. Ahora estoy contenta de que mi hija pueda venir a ver una película acá. La mía era otra época, pero el cine es el mismo".

De pronto las luces se apagan. Los chicos gritan. Una antigua magia comienza a recrearse.

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Avenida del Rosario y Lituania, el centro de Saladillo.

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