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 domingo, 06 de julio de 2003

Para beber: El viñedo del imperio

Gabriela Gasparini

Las causas por las cuales un país desarrolla su industria vitivinícola tiene matices muy diversos. Tal es el caso de Australia que ahora exporta sus vinos a todo el planeta, pero vio nacer sus primeros viñedos debido, no sólo a los requisitos económicos del capitalismo que imponía conquistar mercados, sino al incansable trabajo de un grupo de pioneros dispuestos a introducir la vid en su nuevo terruño, ya que las primeras uvas fueron llevadas hasta allí por ciudadanos ingleses que llegaron con el compromiso de crear una colonia penitenciaria.

El emprendimiento vinícola despertó grandes expectativas, debido a que muchos pensaron que el nuevo emplazamiento podría algún día suministrar a Gran Bretaña los productos que hasta ese entonces se importaban, entre ellos y principalmente, el vino.

Al parecer las vides se encontraban entre las plantas transportadas en las bodegas de once barcos que arribaron a Australia, en enero de 1788. Los esquejes procedían de Río de Janeiro y del Cabo de Buena Esperanza, y fueron plantados en Farm Cove poco después del establecimiento de la colonia penitenciaria de Por Jackson.

Precursores de los servicios de espionaje modernos, ningún paso que diera un gobierno dejaba de ser estudiado por los mandatarios de su archienemigo. Así, durante el conflicto que mantuvieron Inglaterra y Francia en 1793 Napoleón envió una delegación a Australia para que le informase sobre las características de la vida en la colonia. Uno de los enviados, portador de un apellido llamativamente familiar, Monsieur Peron, redactó en 1803 el siguiente informe: "Pese al hecho de que el consumo de vino en Gran Bretaña, tanto dentro del país como por parte de sus flotas, es inmenso, lo cierto es que no produce ningún tipo de vino por sí misma. Australia debe, por tanto, convertirse en el viñedo de Gran Bretaña".

Muchos pensaron, como él, que ese debía ser el destino de la gran isla, y entre ellos pueden nombrarse a Gregory Blaxland, John Macarthur, y fundamentalmente James Busby, considerado el padre de la industria vinícola australiana, quien escribió dos libros sobre el tema, el primero dirigido a las clases más pudientes, y el segundo publicado en 1830 destinado a los habitantes de menores recursos con el objetivo de convencerlos de que "ellos y cualquiera de los miembros de su familia pueden disfrutar de su botella diaria de vino, el producto de sus propias fincas sin demasiados problemas y muy pocos gastos..."

Parece que el escrito surtió efecto ya que para la década del 40 las plantaciones habían alcanzado la cincuentena. La industria recibió un gran empuje durante la fiebre del oro en los años 50, cuando numerosos inmigrantes provenientes de Francia, Suiza, Italia y Alemania se establecieron en las colonias, y al no prosperar la búsqueda del metal precioso, decidieron dedicarse a la agricultura y a la vinicultura.

Si bien la primera exportación hacia Gran Bretaña se realizó en 1854, la cantidad nunca fue considerable, y recién consiguieron llamar la atención en los años de entre guerras, pero no fue hasta 1940 que pudieron declarar que "Australia es ahora el viñedo del imperio británico". Con una industria cada vez más importante, sus caldos, dueños de características bastante particulares, se muestran decididos a conquistar el mundo.



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