Año CXXXV
 Nº 49.325
Rosario,
domingo  09 de
diciembre de 2001
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El suelo de muchos campos ya perdió la capacidad de absorción
El agua cambió la realidad de una centenaria estancia del sur provincial
El establecimiento agropecuario La Catalina, de Diego de Alvear, tiene 4.000 hectáreas anegadas

Silvia Carafa

Diego de Alvear. - "Acá llueve sobre un vidrio", dijo el médico veterinario y productor Héctor Rey en una recorrida por la estancia La Catalina que tiene cuatro mil de sus 32 mil hectáreas inutilizadas porque el suelo perdió su capacidad de esponja. El fenómeno hídrico equiparó penurias para grandes y pequeñas explotaciones agropecuarias y oradó en forma proporcional sus economías. Hoy esta empresa ya comenzó el camino del ajuste y siente que no hay quien responda a los reclamos para mitigar los efectos del agua.
Daniel Alfredsson, administrador general de la estancia, confirmó que el aumento en el nivel de las napas inutilizó plantas de silos, anegó lotes e impide sembrar por falta de piso. "Pero el problema más grave son los caminos porque están en la esfera de lo que desde la actividad privada no podemos resolver", enfatizó y sintetizó con una palabra: inoperancia.
"No hubo preocupación, interés ni previsión, y menos aún una percepción del daño económico y su relación con los costos para evitarlo", explicó Alfredsson, administrador del establecimiento cuya extensa superficie incluye territorios de la provincia de Buenos Aires y, en menor medida, de Santa Fe, y añadió: "Hoy se pone parches, se gasta dinero para remendar mal, para salir del paso. Nuestra preocupación alcanza al futuro porque esto pinta para años".
Para Alfredsson los productores agropecuarios son inversores natos cuando soplan buenos tiempos, pero si la situación se revierte, son los primeros afectados. La caída en los precios de la carne, la meseta en las utilidades agrícolas y la suba del costo financiero habilitaron una situación de margen mínimo para la empresa. "Si a eso le sumamos un factor externo de pérdida de producción por el agua, se comienza a trabajar a pérdida", analizó.
Pero trabajar a pérdida no es fácil porque el campo sigue y eso significa aumentar el endeudamiento lo cual, en el marco financiero del país, es algo serio. Amortiguar esa situación tiene un claro correlato social. "Para no exponerse cesan las inversiones, se reduce el personal donde se puede, se siembra menos, se arrienda y se pierde eficiencia", describió Alfredsson.
Ante esta situación "el gobierno no parece estar en sintonía", consideró el administrador de La Catalina. "Parece que el mensaje fuera que nos ajustemos, que nos achiquemos, y que no les importa si nos inundamos o no podemos sacar la producción", ironizó. En opinión de los productores, el campo no tiene lobby ni presencia en el Congreso. Aunque ahora la feroz inundación del corazón de la Pampa Húmeda promete acortar los tiempos.
En La Catalina dudan sobre la siembra de la cosecha gruesa, si podrán sacar el trigo o las mil toneladas de cereal embolsado que todavía tienen en medio del campo. El partido de General Pinto es el lugar en el que gestionan por los problemas viales de los innumerables caminos que incluyen su extensa geografía.

Una empresa de más de 100 años
La Catalina es una empresa de más de cien años que exhibe excelentes índices de producción, al nivel de cualquier vanguardia. Tecnología de punta, al igual que los rindes. Hoy tiene afectada un 15 por ciento de la superficie de agricultura y un 30 por ciento de la actividad ganadera. "Si comparamos eso con los exiguos márgenes se tiene una idea del grado de descapitalización que se produce por una situación que se está convirtiendo en insostenible", explicó Alfredsson.
Además de trigo, soja, maíz, el ciclo casi completo de ganadería y tambos, la estancia tiene uno de los primeros haras de caballos árabes del país cuyos ejemplares recorren con éxito las mejores exposiciones. En la actualidad, entre técnicos y personal de campo, en La Catalina trabajan unas cien personas.
Como los tiempos cambiaron, el personal de ganadería ya no vive en el lugar. Ahora llegan con el colectivo de la estancia y desde allí una camioneta los traslada hasta el punto de trabajo. En cambio, sí subsisten los puesteros y todavía continúan siendo insustituibles los peones a caballo.
El establecimiento tiene una infraestructura de primer nivel en un cuidado marco de árboles y verdes. "El campo sigue siendo un lugar fantástico para vivir. Se encuentra un ámbito de trabajo agradable, una mayor relación con la gente, un lugar para criar sanos y libres a los chicos, y la preocupación es muy distinta al estrés de la ciudad", explicó Alfredsson.



La Catalina supo tener tecnología de punta.
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