Mauricio Tallone
Seguramente habrá que agilizar la memoria colectiva para instalarse en un momento de tanto desahogo para el pueblo canalla. Seguramente algún hincha ya curtido por la sal de las victorias y las derrotas que siempre ofrece un juego tan versátil como el fútbol -vaya si el Central copero puede dar fe de esta máxima pasional- poco le habrá importando que su corazón se detuviera en el mismo instante que Diego Erroz le dio credibilidad a ese milagro que ni el valor divino estaba en condiciones de certificar. Total muero contento, hemos batido al enemigo, se habrá preguntado parafraseando al mejor estilo del Sargento Cabral. Pero el Central todopoderoso, el de la hazaña en el Pascual Guerrero, no apeló a cuestiones esotéricas para darle una alegrón a su pueblo. Simplemente construyó este instante inolvidable desde las manos mágicas de Tombolini y la desacostumbrada precisión que supo darle en esos momentos para el infarto Diego Erroz y ese factor H que el pueblo auriazul veneró a la hora de reunirse en el Monumento a la Bandera para encontrarle sentido a este momento. Podrá decirse entonces que los miles y miles de hinchas que se congregaron después del partido encontraron valederos motivos para exteriorizar sus sentimientos. Más allá de que algunos no sabían si llorar, rogar o consumar la promesa que tenía preparada.
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