Gustavo Conti
La victoria de Ralf Schumacher del domingo en Imola no hace más que potenciar las enormes debilidades estructurales del automovilismo argentino en cuanto a su proyección internacional. Pensar que Norberto Fontana lo vencía regularmente en la Fórmula 3 Alemana, no hace más que revolver la herida de los que añoran los tiempos del Chueco y Froilán, pero especialmente los del Lole, cuando la TV traía las imágenes de los circuitos del mundo y valía la pena levantarse un domingo a la mañana para ver Fórmula 1.
En 1995, en la propia Alemania de Ralf, Fontana le pintaba la cara y se coronaba campeón, vencía además a Jarno Trulli, ganaba el Masters de Fórmula 3 en Zandvoort, donde se reunían todas las F-3 de Europa, entonces la antesala de la F-1 porque la Fórmula 3000 no existía. Fue citado además por Peter Sauber para ejercer el papel de tester (más virtual que real) del equipo de Fórmula Uno.
Pero ninguno de esos enormes méritos deportivos sirvieron para lograr el apoyo suficiente en el país, con el cual asentarse en la F-1 tras su efímera participación en el 97. Y esa realidad quedó al desnudo en el 2000, cuando Gastón Mazzacane, hijo del vicepresidente de la Asociación Turismo Carretera y sin logros deportivos que lo avalen, le ganó la pulseada en la butaca de Minardi.
Casualidad o no, Fontana hoy corre bajo techo en el TC 2000, la categoría madre del Automóvil Club Argentino, la entidad que rige la actividad tuerca nacional pero que poco hizo por él para su campaña internacional. Mientras, la ACTC se regodea con haber influido de alguna manera para mantener a Mazzacane en la F-1 (quizás con sus contactos con PSN, el sponsor que sostiene al platense), apuntándose un poroto en esa lucha mísera y fraticida que ambas entidades encarnan desde hace años.
Ganó Ralf en San Marino e indirectamente reavivó el debate sobre cuáles son los proyectos oficiales para apuntalar los pilotos argentinos afuera, cuáles son los criterios. ¿O habrá que preguntarse si existe alguno?
Antes de la llegada del Williams ganador a la meta, Mazzacane se quedaba de a pie rubricando otro de sus ya típicos fines de semana paupérrimos. Aquella imagen de Fontana venciendo a Ralf es entonces un puñal clavado a la credibilidad del automovilismo argentino.
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