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 domingo, 20 de mayo de 2007  
Crisis electoral en la UNR: tras el eco del "que se vayan todos"
La queja sonó por parte de los alumnos. Francisco Naishtat, de la UBA, hace su análisis

Un grupo de estudiantes impidió el jueves pasado que el órgano máximo de la universidad, la Asamblea, integrada por docentes, graduados, no docentes y sus propios pares, eligiera al nuevo rector. "Que se vayan todos", gritaron.

La queja se venía escuchando como un eco también en otras universidades del país. ¿Está en crisis la representatividad de las universidades públicas? ¿Qué factores se repiten en una y otra casa de altos estudios? El doctor en filosofía de la Universidad de Buenos Aires Francisco Naishtat brinda su mirada de los hechos.

-Esta semana resonó el grito "que se vayan todos" en la Universidad de Rosario, una expresión que ya sonó en otras casa de altos estudios. ¿Cuál es el detonante?

-Hay que distinguir lo detonante, lo ocasional, la piedra que desencadena la fractura de una viga; de la tensión estructural, que es de alcance socio-histórico, la fragilidad de la viga. Y para analizar la crisis universitaria me referiré a la tensión estructural, porque la entiendo como una crisis de autonomía orgánica de las universidades nacionales de tradición reformista. Es decir, esta vez no es una crisis financiera ni un conflicto con el Estado, sino una crisis en el ejercicio colegiado del gobierno autónomo de las universidades.

-¿Y por qué se hace tan visible y recurrente en estas Asambleas para renovar autoridades?

-Porque en esta ocasión se experimenta un bloqueo de los mecanismos institucionales. La crisis no está localizada en una sola universidad, sino que se ha repetido con parecidos de familia en cuatro grandes universidades nacionales: la UBA y la Universidad Nacional del Comahue en 2006, la Universidad Nacional de la Plata y la UNR en lo que va de 2007. Y la Universidad de Córdoba sorteó la crisis pero estuvo a un pelo de encontrarse en la misma situación.

-¿Cuáles son los factores comunes en estas crisis?

-En primer lugar, está la crisis nacional de 2001-2002 que repercutió en las universidades, generando a la vez una desconfianza institucional en el demos (pueblo)universitario, y un giro en la dirección política del movimiento estudiantil que transitó sin solución de continuidad de una hegemonía radical afín a los gobiernos de las universidades a una hegemonía opositora. El hecho de que el "Que se vayan todos" flote todavía como un fantasma en la cabeza de los militantes estudiantiles muestra que no hemos terminado de franquear la brecha institucional que aquella crisis produjo en su momento. Lo plasmamos en una investigación (ver aparte) y lo que ocurrió en 2006-2007 no hizo sino agravar los síntomas que habíamos recogido en ese trabajo.

-¿En segundo lugar?

-En un orden más sociológico que político, no es un azar que la crisis aflore en universidades con características similares: masivas, precarizadas, que acusan una segmentación interna incremental entre sus diferentes estratos orgánicos; los docentes regulares y los docentes interinos, los docentes de dedicación exclusiva y aquellos de dedicación simple, los docentes y los no docentes, los funcionarios y los docentes, los estudiantes más pudientes y aquellos socialmente más desprotegidos y en condiciones sociales más frágiles para afrontar sus carreras con éxito. Y todo eso en el marco de una sociedad donde los títulos universitarios de grado acusan una devaluación acelerada que refleja la dificultad cada vez mayor de cara a la inserción profesional de los graduados. En ese contexto no sorprende que el demos universitario ya no pueda funcionar como una esfera de igualdad relativa y protegida, en el sentido en el que el filósofo norteamericano Michael Walzer hablaba de "esferas de justicia" para referirse a las instituciones republicanas de educación pública.

-¿Están socialmente más diluidas y enfrentadas?

-Y tensionadas hasta terminar por reproducir hacia adentro una parte de la anomia y desconfianza institucional que es claramente palpable hacia afuera. En esas condiciones, nuestras grandes universidades nacionales asisten a una "guerra del cerdo" donde, como en la novela de Bioy Casares, se enfrentan las generaciones más consolidadas en el cuerpo orgánico y aquellas más fragilizadas por su nivel de inserción socio profesional. Si bien hay factores políticos locales y coyunturales que pueden explicar tácticamente los movimientos de cada crisis como luchas de poder entre actores organizados, el hecho de que tal nivel de conflictividad sea posible ante la indiferencia general de toda la población universitaria, sólo se explica porque ya está instalada en los corazones una desafección y una crisis de confianza en relación a este demos universitario.

-¿"Crisis del demos" implica crisis de representación?

-Preferiría hablar de una crisis del demos, de una crisis del ciudadano universitario, y no solamente de una crisis de la gobernabilidad universitaria. Pero además, y en tercer lugar, estas crisis se sitúan dentro de un horizonte cultural e histórico de desmoronamiento de la tradición universitaria reformista argentina. El demos universitario, que es hijo de aquella tradición, sólo había sido viable en las universidades al precio de una interpretación no literal de la democracia universitaria, que desde su inicio mismo dio la pauta de gobierno colegiado, es decir, no una democracia de sufragio universal sino una democracia colegiada y corporativa, que articulara la mejor participación de cada componente orgánico en los asuntos de la universidad en el marco del respeto de las diferencias orgánicas de cada sector: estudiantes, docentes, graduados y luego no docentes. Desde el inicio los reformistas tenían conciencia de que un sufragio universal diluiría la democracia en la soberanía de un solo claustro, el claustro más numeroso, aplastando por ende la singularidad de la institucionalidad académica.
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Francisco Naishtat, doctor en filosofía.

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