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 sábado, 28 de abril de 2007  
candi
Café del Bajo Café del Bajo
-¿Qué es la verdad? ¿Cuál es la verdad? Las respuestas, naturalmente, tienen, según el caso, una profunda connotación filosófica, teológica, religiosa o de orden moral. Es decir, las respuestas podrían contener términos abarcados por dichos saberes o creencias. La verdad tiene muchas formas, pero en realidad forma parte de una unidad o esencia. De modo tal que aun cuando se de vueltas sobre el asunto, se concluirá con que la verdad pertenece a una unidad.

-¿Cuál?

-El amor. Sin amor no puede haber verdad. El amor está conformado, como la materia, por suertes de "átomos". El "átomo" del amor se estructura, también, por un núcleo y sus satélites o lo que se conoce hoy como nube de electrones. Por ejemplo: un satélite del núcleo del amor es la justicia, otro la paz y otro, claro está, la verdad. No puede haber amor si no hay verdad, ni justicia, ni paz. Y, viceversa, no puede haber verdad, ni justicia, ni paz si no hay amor. En lo que concierne al principio atómico, ya los antiguos griegos habían descubierto que la materia podía dividirse; pero hasta cierto punto, un punto en que si se procedía a la división se producía la nada. En realidad no estaban equivocados, la división del átomo no puede hacerse sino a través de una agresión violenta contra la unidad más chica de la materia específica, que dejar de ser tal para convertirse en energía, pero una energía que proviene de la destrucción. Esta energía el hombre la usó en algunos casos para bien y en muchos para un mal tremendo. Pero aún en los casos de uso benigno, esta energía liberada debe ser manipulada con mucho cuidado, porque el efecto puede ser benigno, pero su causa es siempre mala. La radiactividad de cualquier aparato usado con un fin pacífico es fatal si se libera. Recordemos, por ejemplo, Chernobyl. Pero no me quiero ir por las ramas.

-Vaya al punto.

-El punto es, señores, que el "átomo" del amor no puede ser destruido, al menos no sin que la humanidad pague un costo altísimo por esa insensatez. El "átomo" del amor no puede ser dividido porque al hacerlo, por ser de características distintas al átomo de la materia, produce una energía maléfica que es imposible encauzar o darle otro sentido. Cuando se destruye este "átomo" de carácter espiritual, lo recalco, se produce la liberación de una energía maligna cuyo efecto de ningún modo y bajo ninguna circunstancia, por más que se afane el ser humano, podrá ser benigno. Y esto vale tanto para el ser en quien se destruyó ese átomo como para aquel que provocó su destrucción. Es decir, la fisión del átomo amoroso amor provoca una explosión de carácter nuclear-espiritual cuya onda expansiva arrasa con todo, incluso con quien oprimió el botón rojo del detonante. Deberíamos meditar, cada uno de nosotros, qué responsabilidad nos toca en el cuidado de esta importante y fundamental partícula, y qué hacemos para preservarla. Del mismo modo, deberíamos observar qué hacen los dirigentes sociales con esa unidad maravillosa. Creo que muchos se empeñan en dividirla y nosotros lo permitimos cómplicemente, de una forma u otra. A veces por ignorancia.

Candi II

-¿Qué es la verdad? ¿Cuál es la verdad? Las respuestas, naturalmente, tienen, según el caso, una profunda connotación filosófica, teológica, religiosa o de orden moral. Es decir, las respuestas podrían contener términos abarcados por dichos saberes o creencias. La verdad tiene muchas formas, pero en realidad forma parte de una unidad o esencia. De modo tal que aun cuando se de vueltas sobre el asunto, se concluirá con que la verdad pertenece a una unidad.

-¿Cuál?

-El amor. Sin amor no puede haber verdad. El amor está conformado, como la materia, por suertes de "átomos". El "átomo" del amor se estructura, también, por un núcleo y sus satélites o lo que se conoce hoy como nube de electrones. Por ejemplo: un satélite del núcleo del amor es la justicia, otro la paz y otro, claro está, la verdad. No puede haber amor si no hay verdad, ni justicia, ni paz. Y, viceversa, no puede haber verdad, ni justicia, ni paz si no hay amor. En lo que concierne al principio atómico, ya los antiguos griegos habían descubierto que la materia podía dividirse; pero hasta cierto punto, un punto en que si se procedía a la división se producía la nada. En realidad no estaban equivocados, la división del átomo no puede hacerse sino a través de una agresión violenta contra la unidad más chica de la materia específica, que dejar de ser tal para convertirse en energía, pero una energía que proviene de la destrucción. Esta energía el hombre la usó en algunos casos para bien y en muchos para un mal tremendo. Pero aún en los casos de uso benigno, esta energía liberada debe ser manipulada con mucho cuidado, porque el efecto puede ser benigno, pero su causa es siempre mala. La radiactividad de cualquier aparato usado con un fin pacífico es fatal si se libera. Recordemos, por ejemplo, Chernobyl. Pero no me quiero ir por las ramas.

-Vaya al punto.

-El punto es, señores, que el "átomo" del amor no puede ser destruido, al menos no sin que la humanidad pague un costo altísimo por esa insensatez. El "átomo" del amor no puede ser dividido porque al hacerlo, por ser de características distintas al átomo de la materia, produce una energía maléfica que es imposible encauzar o darle otro sentido. Cuando se destruye este "átomo" de carácter espiritual, lo recalco, se produce la liberación de una energía maligna cuyo efecto de ningún modo y bajo ninguna circunstancia, por más que se afane el ser humano, podrá ser benigno. Y esto vale tanto para el ser en quien se destruyó ese átomo como para aquel que provocó su destrucción. Es decir, la fisión del átomo amoroso amor provoca una explosión de carácter nuclear-espiritual cuya onda expansiva arrasa con todo, incluso con quien oprimió el botón rojo del detonante. Deberíamos meditar, cada uno de nosotros, qué responsabilidad nos toca en el cuidado de esta importante y fundamental partícula, y qué hacemos para preservarla. Del mismo modo, deberíamos observar qué hacen los dirigentes sociales con esa unidad maravillosa. Creo que muchos se empeñan en dividirla y nosotros lo permitimos cómplicemente, de una forma u otra. A veces por ignorancia.

Candi II



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