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 viernes, 20 de octubre de 2006  
Córdoba: un cuento para homenajear el centenario

Gustavo Conti / La Capital

La barra del Ferrocarril Córdoba y Rosario, la de siempre, la fundante, esperaba. Repartidos unos en la vieja tribuna de bulevar Argentino, otros en la de calle Viamonte, y el grueso en la de Rosas y Virasoro, la que más resistió, la que resiste en Tablada. Ningún marco mejor para el team de Central Córdoba, que con semejante apoyo, buscaba dar el salto al próximo siglo en primera división, para reparar el despojo del 59.

  En el viejo vestuario de 25 de Diciembre, Ricardo Palma, el técnico salvador en las malas, armaba con su grupo de trabajo el mejor equipo para salir a la cancha. A su lado, Luis Indaco, que supo de los días más gloriosos, lo aconsejaba. “Mirá, Gordo. Ponelo a López. El sabe bien cómo es eso de dar una vuelta. Indalecio es de los buenos, ya salió campeón en el 52 y con Cecchini al lado en el 57, ¡ni te cuento lo que fue! Además, no sabés cómo la mete Delogu. Preguntales a los de Quilmes sino, cuando le hicimos tres y le dimos la vuelta en su cancha. Y sino está Federico, otro que vive por el gol”.

  “Y de última, poneme a mí”, dijo a su lado Félix Ibarra, guiñando un ojo pícaro. “Acordate que también gané la Beccar Varela del 33 y que te preparé el equipo del 57”.

  —Pero si no podés ni correr. Mejor lo pondría a Costantino, que le hizo los dos a Racing en aquella final— le contestó bromeando el Gordo.

  “Eso sí, en la creación va el Trinche”, agregó sin dejar picar la pelota. “¡No sabés cómo jugó contra Almagro en el 82! Igualito a cuando le dio un baile a la selección en el 73. ¡Y fue el único nuestro en ese selectivo rosarino, eh!”.

  —Suscribo, suscribo— se agregó a la charla el otro integrante del cuerpo técnico, César Castagno. —Carlovich es una fiera, un monstruo. Y se nota cuando está y cuando no. ¿Se acuerdan del 73? Le clavó un golazo a Argentino, le ganamos 1 a 0 y le sacamos dos puntos a Dock Sud faltando 6 fechas. Y era tan temperamental, que le pegó un codazo a uno de Fénix en la fecha siguiente, cuando le ganamos 4 a 2. ¡Y lo suspendieron hasta el final del campeonato! ¡Me quería morir!

  —Me acuerdo— dijo el Gordo, recordando una historia que no le tocó de cerca.— Y a la fecha siguiente perdimos el invicto de 23 fechas con Midland, ¡con Midland!.

  —Sí —prosiguió César, que sabía más los detalles. —Decí que enseguida ascendimos con Jota Jota Urquiza, pero para salir campeones tuvimos que esperar hasta la última fecha en la barraca quilmeña. Nos salvó Mainonis, ¿recuerdan? Hizo dos goles al final y ganamos 2 a 1. Fue tanta la locura de la gente, que invadió la cancha, ahí mismo se suspendió el partido y los hinchas ¡hasta llevaron en andas al árbitro!

  —Ja,ja, buenísimo. —terció en la charla, Manuel Montes, revoleando el bastón. —Y eso que el que la guardaba siempre era Fachetti. Mainonis fue como los Rodríguez de mi equipo del 52. No se podía ni pisar del barro que había en la canchita de Defensores de Belgrano, pero Hermenegildo y José se las arreglaron para hacerle tres a Estudiantes y nos trajimos nuestro primer título. ¡Y tres fechas antes, qué tal!

  —Gordo, ¡no te me vas a olvidar del Pato! Nadie hizo más goles que él con esta camiseta —dijo Horacio Harguindeguy, que hasta el momento se había mantenido en silencio. —En el 88 la metió de todos lados. El Bocha Forgués se la tiraba y él la metía.

  —¿Y en el 91, entonces? A Núñez no hay con qué darle, viejo — asintió a su lado Carlos Ramacciotti, aprobando la propuesta de su compañero.

  —Para barrer en el medio, ya tengo a mi hombre: Radice. Espero que estén de acuerdo —expresó seguro el Gordo.

  —Ni hablar— aprobó Ramacciotti, moviendo los pocos pelos de su cabeza. —Era mi hombre en la cancha.

  —Seguro, ¿quién otro? — dijo Harguindeguy.

  —Déle nomás— asintieron los otros oradores. —Ninguno jugó tanto como él de 5 y pocos quieren tanto esta camiseta. Eso sí, —agregó Ibarra. — Considere a Dante Alvarez y Rivoiro para la defensa, o a Semprini, o a Garramendy.

  —Yo me la jugaría con Severini, que no faltó nunca en el 73 —opinó rascándose la barbilla Castagno.

  —...también está Murillo, o Lalo García —pensó en voz alta Palma.

  —¡Y Longo! No se me van a olvidar de Longo, ¡por favor! —terció Harguindeguy.   —Es un símbolo, un caudillo.

  —Y en el arco la tenemos difícil, ¡eh! —tiró la piedra el Gordo. —Di Benedetto, Quinto Pagés, Cappellini, Bernardi, Funes, Ciancaglini... ¡Palmintieri!.

  Mientras los DT ultimaban los detalles del equipo, la tribuna, impaciente, esperaba la gran revancha charrúa. Justo el día de los 100 años, la AFA había reconocido que se equivocó en el fallo del 59, que dejó sin efecto la protesta de Central Córdoba por la mala inclusión del jugador de Ferro Juan Ríos, y haría disputar el partido de vuelta. Aquella vez fue 1 a 1, a cuatro fechas del final, y si se vencía, superaría en promedio a Gimnasia y seguiría en primera. ¡Había que ganar! Y poner lo mejor, de lo mejor.

  Por eso, cuando la tribuna bramó “¡Capoootee!, ¡Capoootee!”, Palma se pellizcó. “¿Pero jugaría Vicente? De la Mata nació acá, pero jugó poco con nosotros, ¿querrá?”.

  —No te olvidés que lloró cuando nos hizo un gol jugando para Independiente, en la final de la Copa Ibarguren del 39. ¡Si para nosotros era un orgullo que diera el salto a ese grande y que después la rompiera ahí y en la selección! Pedíselo, vas a ver que dice que sí —dijo seguro don Félix.

  —Que así sea —confirmó el Gordo. — (Largo silencio) Bueno, muchachos, aunque vamos a ser injustos con un montón, la base está. O casi. Si pudiera volver él... Ahí seguro, pero seguro que ganamos —expresó con melancolía, mientras todos asentían, con un manto de duda poco propicio en la previa de semejante día.

  —Pero, ¡muchachos! ¿qué están diciendo? Si los está esperando en la cancha, ¿no se dieron cuenta todavía? —dijo el que recién entraba al viejo camarín, Héctor Di Giovanni, con mano temblorosa por la edad y firme a la vez. —¡Cómo se les puede ocurrir que justo hoy iba a faltar!

  Incrédulos, asomaron la cabeza por el túnel y lo vieron. Ahí, con la globa bajo el brazo, con su estampa de crack y la sonrisa, humilde. Pero también lo divisaron entre la gente, en cada boca que alentaba, en cada bandera azul con el rombo rojo en el medio, en la pícara glotonería del Gabi Martínez con una turca en la mano, en los viejos que no se resignan al tiempo, en el Tordo Méndez, siempre más hincha que presidente, como todos. En los pibes que van por los próximos cien, en la puerta de ingreso a “su” estadio...

  ...En la nena, que sentadita en un tablón, jugaba con la muñeca, lo único que quiso del club...

  “A la cancha, vamos, rápido”, dijo más gordo que nunca Palma, mientras los otros DT también se agrandaban y lo seguían presurosos. Claro, así el triunfo no se podía escapar. Ahora Córdoba era Gabino Sosa y diez más. O mejor: Gabino y cien más.


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