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 domingo, 07 de agosto de 2005  
Ojos de viajero: en busca de los tesoros del Parque
El laguito con sus luces, los distintos espacios y las áreas de juego son apenas el marco del Independencia bajo su arboleda centenaria. El arte y la historia circulan por él. Los juegos marcan los recuerdos de chicos y grandes

Es un pulmón verde en el centro de Rosario. El Parque Independencia, que nació con el siglo pasado, ocupa 126 hectáreas en un área neural de la ciudad. Es casi imposible no encontrárselo en cualquier recorrido, ya que lo atraviesan algunas de las arterias más transitadas como bulevar Oroño, Pellegrini, Ovidio Lagos y 27 de Febrero, aunque no es tan sencillo recorrerlo sin perderse en sus caminitos y espacios interiores. En esa maraña de calles viven tres clubes de la ciudad, el hipódromo, tres museos, un parque de juegos y el jardín de los niños. El lago con sus aguas danzantes y las lanchas son una tentación. Recorrerlo puede llevar más de una jornada y mucho más descubrirle los secretos.

Los contrastes de luces y sombras que forman los árboles hacen del sol un protagonista del paseo. La arboleda es fundacional, ya sea porque los primeros 6 mil ejemplares fueron plantados en 1902, apenas dos años después del decreto que decidió el proyecto del Parque; o porque su diseñador, Carlos Thays, era paisajista además de arquitecto. Tipas, nogales, magnolias, sauces y palmeras pueblan el terreno, junto a eucaliptus centenarios y especies menos corrientes, como el místico Gingo Biloba, con sus hojas de abanico, uno de los tesoros que pueden descubrir los amantes de los árboles en los alrededores del Museo Castagnino.

Sobre Pellegrini, escondido detrás de un cerco de setos, se encuentra el Jardín Francés. Su centro tiene una enorme fuente rodeada por banquitos, descanso para estudiantes, abuelos y chicos, ya que el cerco verde y colorido que define su perímetro le otorga un límite natural para las carreras bajo el cuidado de los acompañantes.

Sobre Oroño, una pérgola anuncia el perímetro del lago durante el día. Por la noche, el show de luces danzantes coloreadas concentra la atención de los visitantes. Frente al lago, los eucaliptos bordean la Plaza Italia. Unos metros más y tras cruzar la calle están los jardines del Rosedal, con centenares de flores, pérgolas y esculturas, que acrecientan su fama de rincón romántico.

Los chicos tienen propuestas tentadoras de juegos y entretenimientos. El Palomar, sobre Pellegrini hacia Ovidio Lagos, tiene banquitos y una comunidad de palomas deseosas de comer semillitas. A su lado, una plaza de juegos tradicionales con sube y bajas y hamacas. Entre Newell's Old Boys y el Museo Histórico hay otra plazoleta con juegos de madera. Las lanchas y bicis que permiten navegar el laguito se suman a los otros dos paraísos infantiles: el parque de juegos sobre 27 de Febrero y la avenida Coronado (que se interna en diagonal hacia el centro del predio) y el Jardín de los Niños.

El Jardín de los Niños se encuentra en el sitio que durante años ocupó el Zoológico Municipal. Son tres hectáreas y media dedicadas a juegos, talleres siempre abiertos y espectáculos para chicos con espacio para que los grandes - además de lamentar la edad máxima permitida para saltar sobre redes o volar en una gigantesca maquinaria de madera-, puedan sentarse y descansar si llevaron su canasta de picnic, indispensable, porque adentro del predio no hay sitios de expendio. La Montañita Encantada y la Máquina de Volar son dos de las propuestas capaces para robarle una sonrisa al más encaprichado de los chicos. Un paseo por el jardín puede llevar más de un día y siempre invita a la vuelta.

La otra tentación para los chicos no tiene límite de edad. Son las bicicletas de agua y las lanchitas que pasean por el lago, bordea los puentes y permite salpicarse con las gotitas de las aguas danzantes. Llegar hasta la isla, en el centro del espejo de agua, permite espiar a los patos y animalitos que allí encontraron su hogar. Otro de los secretos del parque.
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El Laguito. Las bicis de agua son una tentación que no tiene límites de edad.

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