Año CXXXVII Nº 48375
La Ciudad
Política
Información Gral
La Región
Opinión
El Mundo
Policiales
Cartas de lectores


suplementos
Ovación
Escenario
Economía
Señales
Turismo
Mujer


suplementos
ediciones anteriores
Educación 30/04
Campo 30/04
Salud 28/04
Autos 28/04


contacto

servicios

Institucional

 domingo, 02 de mayo de 2004

Opinión: El verdadero placer de jugar

José L. Cavazza / La Capital

Jugar al tenis es un placer. El tenis hoy es un boom. Frases, sólo frases. ¿Se juega más o hay menos canchas en Rosario? Lo cierto es que conseguir un court cualquier sábado por la tarde es tan difícil como aprender de veterano a jugar el juego que hizo famoso en el país Guillermo Vilas. O tan difícil como encontrar en un club privado a dos tipos que le peguen decentemente diez veces seguidas a la amarillenta ball. Pero convengamos en algo, quienes en los años 90 levantaron el polvo de ladrillo para instalar en su lugar el cemento de una cancha de paddle, hoy quieren ahorcarse con una cuerda Head extrafina.

El placer de jugar al tenis sólo puede darse completamente cuando se deja de lado el resultado. Es decir, nunca. Parece una fórmula bilardista pero, lamentablemente, es así. En lo personal, cuando era chico el placer de jugar al tenis era todavía algo lejano. La raqueta de madera -precisamente una Wilson Stan Smith- pesaba una tonelada en mis flacuchos brazos y los grips eran diseñados por entonces para manos de tipos como Edmundo Rivero. La enseñanza comenzaba con 45 días de mímica -con raqueta y sin pelota- frente a un frontón verde. Si sobrevivías a eso podías entrar al court, de punta en blanco. Entrar a la cancha y por primera vez pegarle a la pelotita, aunque sea con el marco, fue toda una experiencia inolvidable. Los primeros placeres dentro del court tenían que ver con cosas nimias, como pasar al otro lado de la red un revés después de 50 intentos fallidos y que el encordado suene como un violín afinado o pegarle por fin a la pelotita arriba de nuestra cabeza en un saque. ¡Cuánto placer! Placer que varios años después terminaba en medio de un torneo provincial al mirar el draw y enterarme, una vez más, que tenía que jugar contra Gustavo Salut, a quien jamás le había robado ni siquiera un set.

Debo admitir que hoy disfruto mucho más de una mañana de tenis. Al menos, por una hora el mundo deja de existir. Con Gustavo Salut somos grandes amigos; de vez en cuando cruzamos a la isla a comer una tira de asado y a charlar de literatura y bueyes perdidos. Je, pero nunca lo invitaría a jugar al tenis.

enviar nota por e-mail

contacto
buscador

Notas Relacionadas
El furor por el tenis contagió a los rosarinos y los clubes están a full


  La Capital Copyright 2003 | Todos los derechos reservados