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 domingo, 21 de marzo de 2004

Llanura de sueños y de trabajo

Jorge Isaías (*)

Algunos -los menos- se reunieron alrededor de un cantón que defendía de los malones y vigilaban con más negligencia que efectividad la vida y los bienes de las estancias adyacentes, o se aglutinaron alrededor de alguna pulpería prendida como un abrojo a la pampa.

Los más numerosos crecieron como hongos de esa nada pampeana que Echeverría llamó "el desierto" al conjuro de la constitución liberal del 53 y que convocó a los desesperados y hambrientos de muchos países de una Europa cansada de las guerras y la pobreza y les puso un cimbel de esperanza.

Cuando el diagrama agroexportador tejió sus venas de rieles ingleses para llevarse el cereal desde el último rincón del país, los tocó con la varita mágica que se llamaba entonces "progreso". Pueblo que no tuvo la suerte de ser rozado por las vías ("el camino de hierro", lo llamaba Sarmiento), se atrasaba para siempre.

Y acá sí, alrededor de las estaciones se conformaron núcleos poblacionales más sólidos y aunque no tengo estadísticas a mano, diré que en nuestra provincia la mayoría de los pueblos se reunieron alrededor de la estación del ferrocarril. A veces ésta venía luego y borraba el nombre anterior, si existía. O simplemente se formaban alrededor de esa estación y tomaban su nombre.

Como núcleos urbanos los pueblos vinculados casi exclusivamente a la producción agrícola ganadera, sostuvieron durante décadas un perfil de vida sacrificada de trabajo y penurias y de lento progreso, cuando no de mera supervivencia.

El boom sojero de los 60 (que hoy se reedita con creces gracias a los buenos precios internacionales), les ofreció un destino de prosperidad nunca visto a esos productores que abandonaron el campo de sus mayores y se afincaron en los pueblos y ciudades. Muchos vivieron de la renta que le producían esos campos, a veces de muy pocas hectáreas. Compitieron por la edificación de una casa donde la suntuosidad se daba de patadas con el buen gusto, pero le cambiaron para siempre la cara a esas casas de ladrillo sin revocar, de anchas calles de tierra y árboles frondosos. Vino el pavimento y la luz, el teléfono y la ruta. Y allí comenzó el éxodo. Porque familias que no habían traspuesto los límites del pueblo por generaciones -a excepción de algún enfermo grave que justificaba su atención en grandes centros de salud- verían luego desparramarse a sus hijos hacia otros lugares. Algunos países lograron -gracias a la política de sustitución de importaciones de la década del peronismo clásico- convertirse en industriales, porque emprendieron una incipiente agroindustria, jaqueada en los noventa, pero que hoy retoma con creces aquel brío perdido.

Los pueblos de la llanura son el último reducto de aquello que caracterizó durante toda su historia a este país y que como sociedad casi ha perdido, un atisbo de humanidad, que mira más allá de la supervivencia individual y selvática y el "sálvese quien pueda", y aun hoy debemos resaltar ese gesto que ennoblece a quien lo ejerce. Los actos solidarios que permiten que nadie -ni el más pobre- pase necesidades extremas en ningún pueblo.

Digamos que para los tiempos que corren, es mucho.

(*) Jorge Isaías es escritor. Nació en Los Quirquinchos y reside en Rosario.

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