Año CXXXIV
 Nº 49.304
Rosario,
domingo  18 de
noviembre de 2001
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Guerra al terrorismo. Ahora se librará una decisiva batalla en el campo económico
¿El capitalismo podrá recuperarse?
Por primera vez, los países más poderosos temieron que las fisuras en la economía sean irreparables

Jorge Levit

Los talibanes están en retirada y tal vez Osama Bin Laden esté a punto de ser atrapado. La Alianza del Norte -un grupo de harapientos combatientes de dudosa cultura democrática que sin ayuda jamás hubieran avanzado un metro- controla otra vez casi todo Afganistán. Comandos norteamericanos e ingleses ya se dejan fotografiar en suelo afgano y quieren terminar rápido su trabajo. Alemania esta dispuesta a movilizar tropas por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial para entrar en combate, Japón envía aviones, Canadá soldados, Francia naves de guerra y Rusia y China todo lo que les pidan. ¿Qué está pasando? Los fanáticos religiosos liderados por el mulá Omar no tenían mucha esperanza de sobrevivir largo tiempo y su intransigencia no hizo más que formar, como muy pocas veces se ha visto, un bloque mundial hegemónico decidido a intervenir para evitar que el golpe del 11 de septiembre en Nueva York pueda repetirse. Los países más ricos y los que quieren serlo reaccionaron de una manera impensada para otros conflictos porque lo que se puso verdaderamente en juego ahora fue la base misma del sistema capitalista y su globalización.
Sólo en el terreno económico las naciones centrales pueden ser afectadas ya que nadie imagina a los talibanes ni a los seguidores de Bin Laden derrotando por las armas a la Otán. Y ese es el campo donde se libra la batalla principal. El miedo ha paralizado al mundo y a su economía.
Desde el ataque a las Torres Gemelas soló en la ciudad de Nueva York se perdieron 69 mil empleos. Las empresas aéreas deberán ser subsidiadas o irán a la quiebra, el turismo mundial cayó a niveles insospechados, las empresas de alta tecnología siguen con grandes pérdidas y en los Estados Unidos las tasas de interés fueron deliberadamente recortadas a cifras no vistas en décadas para tratar de frenar la abrupta desaceleración de la economía más grande del mundo. ¿Podrá el capitalismo recuperarse de esta severa crisis?
Los expertos sostienen que los ciclos de la economía tienen altibajos y que modificarlos artificialmente es inútil. Sin embargo es la primera vez desde el inicio de la globalización que un agente externo y marginal al sistema influye de esta forma. Con sólo desalojar a los talibanes del poder y desarticular a las bandas terroristas del fundamentalismo musulmán en esa región del planeta no se terminarán de resolver los problemas. Cada aparición de Bin Laden con nuevas amenazas o la repetición de accidentes que huelen a atentados incrementan la incertidumbre y la sensación de la gente de que ya no está segura en ninguna parte. Y así, el capitalismo aparece muy vulnerable por la parálisis que genera el pánico.
Paradójicamente, los países industrializados habían tenido en el 2000 uno de los momentos más vigorosos de sus economías en varias décadas y con altos crecimientos. Salvo Japón, Estados Unidos y Europa vivieron una fiesta del consumo e inversión, pero que ya había comenzado a disminuir en el segundo trimestre de este año. El mazazo del 11 de septiembre terminó por afirmar esa tendencia y a modificar hacia abajo todas las pautas de crecimiento del Fondo Monetario Internacional para este año y el próximo. Y por eso los países ricos ponen todo su arsenal para que esta pesadilla termine lo antes posible: la economía de mercado no puede funcionar mucho tiempo sin consumo ni inversión.
Antes de la caída de las Torres Gemelas se venía observando un cambio importante entre los líderes del mundo globalizado por llevar algo de alivio a las partes del planeta donde las condiciones de vida son hoy similares a las del medioevo. Es muy diferente vivir en Miami o Berlín que en Calcuta o Kabul. La creciente pauperización de millones de personas que buscan un lugar en el mundo rico y a las que ya no les queda nada por perder ya era vista como un potencial factor de erosión del mismo sistema, que generaba riquezas y felicidad en una parte del mundo y odio y resignación en otra. El fundamentalismo suicida tiene en su origen un gran componente de esta contradicción.
Después de los ataques, este contraste resultó más evidente. Nada menos que el presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, lanzó hace menos de un mes una seria advertencia ante la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa: "Mientras exista pobreza, los ricos no tendrán paz. Si no tendemos una mano a la gente que vive en la pobreza y no creamos una mejor distribución de la riqueza no habrá paz. Es muy sencillo".
Los que hoy controlan la economía global entendieron que un planeta con este abismo de inequidad es inviable para las próximas generaciones. Comprendieron, tal vez tarde, que si se le añade fanatismo religioso y ausencia de valores democráticos el cóctel es explosivo. Y ya ha empezado a estallar.


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