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lunes,
25 de
junio de
2007 |
Inmigrantes latinoamericanos que pagan con sangre el sueño español
Sara Barderas / DPA
Madrid.- Llegaron a España en busca de una vida mejor y han pagado con su vida el sueño europeo. Los colombianos Jefferson Vargas Moya, Jeyson Alejandro Castaño Abadía y Yhon Edisson Posada, tres de los seis militares del contingente español destacado en Líbano que ayer murieron en el sur del país, son los últimos de una trágica lista que han engrosado antes otros latinoamericanos.
Los tres jóvenes veinteañeros perdieron la vida junto a tres españoles, compañeros de filas, en un ataque terrorista cuya autoría se atribuye a Fatah al Islam, un grupo extremista cercano a Al Qaeda.
Las cifras oficiales del padrón dicen que al comenzar 2006 algo más de 461.000 ecuatorianos, 265.000 colombianos y casi 42.000 bolivianos residían en España. Otras estimaciones elevan estas cifras, sobre todo la de los bolivianos, ya que las llegadas desde el país andino se incrementaron notablemente en los primeros meses del año, que aprovecharon para entrar en el país antes de la imposición de visado por parte de la Unión Europea.
Los latinoamericanos, que comparten lengua, religión y parte de la cultura, representan así una parte muy importante del 9,3 por ciento de extranjeros con los que cuenta el país europeo. Para algunos de ellos, la muchas veces ansiada integración ha llegado por la vía militar desde que las Fuerzas Armadas españolas, como forma de reclutar soldados para un Ejército profesional que no conseguía fácilmente reclutas, abrieron sus puertas en noviembre de 2002 a los extranjeros procedentes de países con los que España mantiene lazos históricos, es decir, a los hispanoamericanos y guineoecuatorianos.
“Al llegar a España me sentía un inmigrante. Pero al jurar la bandera me sentí un poco más español”, señala un colombiano que eligió, como los tres que murieron en Líbano, pasar a formar parte del Ejército español.
Más del 80 por ciento de los extranjeros alistados en las Fuerzas Armadas españolas son ecuatorianos y colombianos. El Ejército español, con algo más de 78.000 militares de tropa y marinería, permite la presencia de un nueve por ciento de extranjeros en sus filas, en línea con el de inmigrantes que viven en España. En unidades como la Brigada Paracaidista y la Legión, que son las que más salen fuera de España, pueden llegar a ser un 20 por ciento de los efectivos.
Si tienen todos los papeles en regla, los latinoamericanos, actualmente unos 4.300, pueden firmar un contrato de tres años con las Fuerzas Armadas españolas y recibir en torno a los mil euros mensuales, además de contar con más posibilidades de hacerse con la nacionalidad. “Se trata de un trabajo con tu sueldo, con tus horas marcadas, además de una vía para la nacionalidad”, asegura uno de ellos.
La admisión de los extranjeros en el Ejército estuvo precedida de una polémica en la que sectores de la derecha consideraron “triste” que hubiera que recurrir a extranjeros, “mercenarios”, para cubrir plazas vacantes. Los sindicatos, por su parte, alertaron de la posibilidad de que los inmigrantes se convirtieran en “carne de cañón, material fungible, tropa de base”.
La muerte de Jefferson Vargas Moya, Jeyson Alejandro Castaño Abadía y Yhon Edisson Posada en el atentado de ayer en Líbano les ha recordado los riesgos.
Los latinoamericanos que han elegio vivir en España, unos 1,8 millones, tampoco han quedado al margen de los problemas y lacras de realidad en el territorio español: otro ataque terrorista, de la organización separatista armada vasca ETA acabó con la vida de los ecuatorianos Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio el 30 de diciembre pasado.
ETA llevaba tres años sin matar. Los dos latinoamericanos dormían en sus coches aparcados en la terminal 4 del aeropuerto de Madrid mientras esperaban el aterrizaje de los aviones en los que llegaban a España amigos y familiares. Y se convirtieron en las primeras víctimas mortales de ETA desde 2003, con la explosión del coche bomba con el que la organización separatista vasca puso punto y final de forma efectiva a un alto el fuego decretado nueve meses antes.
Palate tenía 35 años y llevaba cinco viviendo en España. Trabajaba en una fábrica de plásticos de Valencia, ganando dinero para ayudar a su madre invidente y a sus tres hermanos. Estacio era más joven: tenía 19 años y, como Palate, muchas ilusiones puestas en su vida en España, con las que ETA terminó de golpe.
Otro atentado, el peor sufrido por el Viejo Continente, acabó con el sueño europeo de 14 latinoamericanos el 11 de marzo de 2004. Procedentes de Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, Honduras y Perú habían llegado a España como tantos otros en busca de una vida mejor y las bombas en los cuatro trenes de Madrid los mataron cuando se dirigían a trabajar a primera hora de una mañana que ha pasado a los libros de historia del país.
A Jorge Arnaldo Hernández Seminario, nacido en Perú, la muerte le llegó, como a los fallecidos ayer, lejos de España, que se había convertido en su nueva patria tras haber obtenido la nacionalidad. Hace casi un año, en julio de 2006, pasó a ser el primer militar español muerto en Afganistán en una acción hostil. Carlos Iván Macías, de la localidad ecuatoriana de Esmeraldas, resultó herido en el mismo ataque.
“Daríamos nuestra vida por España”, aseguran muchos como ellos cuando juran la bandera del país que los acoge. Y algunos ya han empezado a hacerlo. (DPA)
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