Año CXXXVII Nº 49415
La Ciudad
Política
Información Gral
Opinión
El Mundo
Policiales
Cartas de lectores
La Región
Mundo digital



suplementos
Economía
Ovación
Escenario
Señales
Turismo
Mujer


suplementos
ediciones anteriores
Turismo 11/03
Mujer 11/03
Economía 11/03
Señales 11/03
Educación 10/03

contacto

servicios
Institucional

 domingo, 18 de marzo de 2007  
Interiores: alegría

Jorge Besso

Recuerdo que hace muchos años cuando de pronto se derramaba vino sobre la mesa los mayores exclamaban¨: ¡Alegría, alegría! Alguien mojaba apenas sus dedos sobre el vino derramado para luego bendecir a los comensales, incluso a los menores, mojándolos y mojándose apenas la frente transformando en alegría la torpeza ocasional. Impregnado de la enorme fuerza de la nostalgia, daría la impresión de que antes la alegría era más abundante. De alguna manera hasta los carnavales parecían más alegres.

   Recuerdo en mi pueblo, San Jorge, la calle del corso con un despliegue que no se puede comparar con el monumentalismo y el maximalismo que ha ganado a los corsos de estos tiempos. Sin embargo aquel carnaval irradiaba una alegría desbordante, muy especialmente en los 200 metros decisivos desde las dos diagonales imaginarias: una iba desde el bar Central a la tienda de los Radi, la otra partía desde la plaza hacia la tienda La Cumbre, y desde ahí las dos cuadras hasta el Molino Boero pasando por la entrañable zapatería Quaranta.

   Un paseo activo y bastante desordenado en mi recuerdo, en el que resultaba más que difícil abarcar toda la alegría, además de algunos enigmas que deparaban los que se tomaban el trabajo y el placer de ser otros con disfraces ingeniosos u obvios, según los casos. Es verdad que también había lugar para los temores y la irritación, por ejemplo en las guerras con pomos, globitos (hoy bombuchas) y baldazos que inundaban de agua la densidad erótica de las siestas. Algunos destilaban su enojo al sentirse empapados, pero eran muchos más los alegres en una fiesta muy esperada y que se presentaba cerrando el verano que, a su turno, tardaba en volver.

   La alegría era el propio verano, a pesar de la ferocidad del calor y de la tenacidad de los insectos, sin los aerosoles de hoy en día para pulverizarlos sin esfuerzo. Es curioso que la alegría no tenga el mismo prestigio que la felicidad que en este sentido acapara todos los deseos y augurios. Posiblemente, en algunas ocasiones la alegría y la felicidad se puedan considerar como lo mismo, o al menos equivalentes. Sin embargo también es posible establecer algunas diferencias sobre una de las cuestiones más importantes en la vida.

   Una de las más esenciales es que la felicidad se espera, mientras que la alegría se logra. La diferencia no es menor en tanto todo lo que se espera en definitiva es algo que se pide, lo que suele garantizar un camino directo hacia la neurosis. En este caso a la vida misma se le demanda, y se espera ser feliz. La felicidad es como una ráfaga que envuelve al individuo en cuerpo y alma, y lo transporta a esos momentos top de la existencia. En cambio el sentimiento de la alegría representa un aire interior sostenido, una suerte de respiración ágil que envuelve las cosas por las que transita el sujeto a través de las cuales va trabajando su existencia.

   Visto de esta manera se podría decir que el ser feliz es un ser envuelto, y que el ser alegre es un ser desenvuelto. Es decir que alguien que es o que está muy feliz poco le importan las cosas o el clima exterior, y quizás no repare en cuál es el pronóstico del tiempo para el día que despunta, ni mucho menos el del fin de semana anunciando las probables vicisitudes climáticas del sábado y domingo que se avecinan. A la felicidad no le caben estas trivialidades de que si acaso llueve, o habrá sol o espesos nubarrones que presagien granizo ocasional como gustan decir los pronosticadores o los meteorólogos después de las recias pedradas de los últimos tiempos. Pero la felicidad, como se sabe, es efímera por definición, de consistencia más bien volátil y orgásmica por lo cual resulta más que difícil de retener, salvo que se recurra al expediente de la droga para tener la felicidad a mano, en cuyo caso el dependiente terminará no siendo feliz y haciendo de la adicción el sentido de su vida envuelto en el padecimiento de su propio mundo.

   Quizás sea preferible renunciar al supuesto derecho a ser feliz que los poderes prometen. Que, por lo demás, o bien incumplen, o en la eventualidad de cumplirlo transforman a la sociedad en un rebaño, y al poder en un pastor que los guía. En todo caso recordando la célebre máxima de Picasso se podría decir que la felicidad no se busca, se encuentra. Es íntima, en definitiva no se comparte y en el fondo es cerrada. Lo contrario de la alegría, que es abierta, hasta contagiosa, ya que tiene que ver con la celebración del otro.

   Finalmente, si no es feliz no sufra, y si lo es disfrútelo, pero en lo posible no se estacione ni se estanque.
enviar nota por e-mail
contacto
Búsqueda avanzada Archivo




  La Capital Copyright 2003 | Todos los derechos reservados