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 domingo, 18 de marzo de 2007  
Mirada femenina con vuelo propio

No es casualidad que las mujeres al entrar en el climaterio empatemos con los varones en cuanto a infartos, aun cuando contamos con innumerables adelantos científicos y tecnológicos en el campo de la salud. Los pensamientos cargados de miedo, enfado, crítica (propia y ajena) son los accionadores que encabezan el ranking de efectos nefastos sobre el cuerpo. Este eterno estar disconformes con uno y las circunstancias genera una disociación interna, por lo cual se deriva que toda pelea con otro es en definitiva una pelea con lo que no aceptamos en nosotros.

Pertenecemos a una cultura del exitismo donde cada error es visto como algo negativo o un fracaso, en lugar de un aprendizaje y una escala hacia los objetivos. Tampoco aceptamos de buena gana el paso del tiempo, tendemos a ocultarlo como al miedo a la muerte. Pareciera que todo debe entrar en cánones determinados para recién luego, ser y si se puede, estar contentos por estar dentro de esos cánones.

Cuando nos sentimos enojadas o culpables nos resistimos al disfrute y a la magnificencia de la expresión de nuestro ser, ya que para aflorar lo mejor de cada una, se precisa de un estado de armonía interna. Difícilmente se puede manifestar en medio de apuros, distracciones y malhumor. El vacío existencial y el nihilismo generan hoy más que nunca un reto profundamente personal: ¿Cómo elijo darle sentido a mi realidad?

Continuamente creamos nuestra realidad a través de las elecciones que hacemos. Elijamos ser como el agua, tan flexible que se adapta a todas las corrientes, saltos e imprevistos sin dejar de ser ella misma; y al mismo tiempo tan fuerte que perfora la roca.

Miremos de frente a nuestros peores monstruos, sólo para descubrir que eran de papel y somos nosotras las que sosteníamos su existencia al aferrarnos a ellos, con la atención permanente. Así como somos capaces de dar y sostener la vida con nuestros cuerpos cual fuente inagotable y nutricia; si nos atrevemos a ser honestas y leales con nosotras mismas; silvestres, salvajes, libres, naturales, inocentes, niñas y abuelas, nuestro rostro irradiará luz , transmitiremos afecto en cada mirada y caricia, brindaremos sabiduría en silencios y palabras.

Animémonos a llevar la antorcha encendida como mujeres que dejamos atrás el conformismo, la resignación y la queja, la falta de confianza en nosotras mismas; levantémonos desde nuestros condicionamientos y mandatos, atravesando los miedos, rompiendo las cadenas, permitiéndonos levantar la mirada y caminar con paso firme hasta que los brazos se conviertan en alas y el propio vuelo sea inevitable.

Puede que el mayor pecado sea la queja y el lamento, el perderme el placer y la alegría, el ser infelíz; como decía Borges en “Instantes”: “Si pudiera vivir nuevamente cometería más errores, no intentaría ser tan perfecto, correría más riesgos, comería mas helados... Trataría de tener sólo buenos momentos, la vida está hecha sólo de momentos, no te pierdas el ahora”.

Silvia Tórtul

Terapeuta familiar

[email protected]


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