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 sábado, 27 de mayo de 2006  
El golpe del funk
Prince reivindica lo mejor del género en “3121”, su excelente último trabajo discográfico

Pedro Squillaci/La Capital

Mantener un reinado no es nada sencillo. Pero Prince es capaz de lograrlo casi sin transpirar, aunque, en rigor a la verdad, la transpiración se le nota en cada acorde. En "3121", el genio de Minneapolis levanta la corona del funk y el rithm'n and blues, que jamás se enmoheció en sus manos. Y eso que hace más de dos décadas y media que está en su poder.

Aunque cambie de nombre y se haga llamar The Artist o utilice un indescifrable símbolo para identificarse, Prince sigue siendo Prince. Claro, el menú es el mismo, como siempre. Pero ¿a quién le importa cambiarle el sabor a una copa de camarones si es incomparable?

Prince juega a los números desde el terreno de lo simbólico en este "3121". En las letras de las canciones utiliza 2 para decir too (también) y 4 para decir for (por). Usa las sonoridades de los números y le sientan bien. También se anima a poner corazoncitos rojos cuando tiene que cantar heart.

Su excentricidad también se espía por el mismo cuadernillo que acompaña el disco. Cada canción va junto a fotos de lujosas habitaciones de una mansión, que puede ser su casa, o también un hotel adornado para la ocasión. Es el universo Prince. Lleno de erotismo, del culto al hedonismo, de sensualidad sin sexualidad, de un romanticismo cool.

Todo eso suda en sus canciones. Brota como resultado de su pasión. Es energía pura, y es ampliamente disfrutable. "3121" se ubica entre esos discos contemporáneos que dan ganas de escucharlos una y otra vez. Casi una rareza en los tiempos que corren, donde abundan los trabajos marketineros, y el CD a veces se parece más a un posavasos que a una pieza de colección.

Sin embargo, quizá este material no sea el más brillante en la carrera del autor de "Diamond and pearls", pero sí es un disco que está a la altura de un músico de la talla de este neoyorkino que cambió las reglas del funk en los primeros ochenta.

Como curiosidad, Prince se anima a coquetear con el idioma español, y cae muy simpático para los nacidos en este lado del mundo. "Ay, papi, estás celoso, deja de hablar locuras" se escucha de una voz femenina muy cálida sobre un ritmo machacante en "Lolita", candidato a ser uno de los hits del disco.

En "Te amo corazón", que también sorprende por titular así a una canción, suena más cercano escucharlo cantar en castellano. No es como escucharlo cantar al Polaco Goyeneche o a Mercedes Sosa, ni siquiera a León Gieco, cualquiera se puede dar cuenta que no nació en Caballito, en Rosario o en San Salvador de Jujuy. Pero su expresión en un lenguaje conocido universaliza aún más el amor.

El costado latino también se percibe en lo rítmico, ya que es precisamente en ese tema donde coquetea con la bossa nova. Y no lo hace nada mal.

Hay otro elemento que distingue este disco, y es su espíritu eminentemente bailable. Más allá del contenido más o menos atractivo de sus letras, es imposible escucharlo sin mover el piecito. Resulta embriagador escuchar "Love" y conmovedor el romanticismo soft de "Satisfied", donde se respira un aire soul en medio de su característica voz.

Otro aporte significativo es la voz de Támar, que agrega toda su sutileza, en la balada "Incense and Candles" y especialmente en "Beautiful, Loved and Blessed", compuesto en coautoría con Prince.

Prince muta en un rockero sanguíneo en "Fury", donde logra un punteo de guitarra visceral, ratificando su capacidad como músico, que también se observa a lo largo de la mayoría de las canciones de este material donde se hace cargo de todos los instrumentos.

A diferencia de otros discos, que dejan los últimos temas de relleno, Prince va de menor a mayor en este trabajo. Y en los dos temas del final está lo mejor del disco. En "The Dance" aparece el Prince más genuino, con esos alaridos bien agudos, tan típicos en sus buenos viejos tiempos.

El cierre, con "Get on The Boat" es lo más potente musicalmente, con un funk contagioso, una sección de vientos bien salsera y la percusión emblemática. Cuando el disco se está yendo, unos tambores quedan vibrando junto a gritos tribales. Es el grito de la sangre. Prince volvió a golpear.
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