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sábado,
27 de
mayo de
2006 |
Partió de Ezeiza y se detuvo el motor a 12 kilómetros del aeropuerto local
Una avioneta se incrustó
a metros de una casa en
la zona rural de la ciudad
Viajaban cuatro personas que sólo sufrieron un susto
Dice que la despertó un ruido seco, que eran más de las 3 y que su perro comenzó a ladrar. Pensó que le estaban robando la ropa del tendedero; se asomó y como todo estaba en calma le gritó al animal: "Silencio, Leo". Se volvió a dormir, pero a las pocas horas, un grupo de policías le advertía a ella y toda su familia que una avioneta, con cuatro jóvenes, se había caído de punta a metros de su casa. "No se preocupen -les dijeron- no pasó nada". Pero a esa hora, Nadia Insaurralde, de 13 años, no sabía si estaba despierta o seguía dormida.
Quienes usaron el campo de soja que cuidan los Insaurralde como pista de aterrizaje (una chacra ubicada en la ex calle Ceibo y Circunvalación, a la altura de Perón al 8100, hacia el sur) eran Gabriel Caldeiro (de 25 años), Miguel Dobal (29), Sergio Juanín (24) y Nicolás Espiñeida (23). Se trata de cuatro pilotos de una escuela de vuelo de Buenos Aires, que realizaban un entrenamiento de horas nocturnas.
Ayer, alrededor de las 14.30, técnicos de la Junta de Investigaciones de Accidentes de la Aviación Civil (Jiaac) realizó el informe preliminar del accidente, aunque los detalles de lo sucedido no trascendieron.
Los pilotos partieron de Ezeiza con destino al aeropuerto Internacional Islas Malvinas de Rosario, pero nunca llegaron. El motor de su Cessna 182 (LV HZE) se plantó a 7 millas náuticas de la aeroestación (12 kilómetros), según precisó el jefe del aeropuerto, vicecomodoro Carlos Chanda.
Chau brócolis
Caldeiro había pedido autorización para aterrizar, pero como pasaba el tiempo y desde la torre no divisaban la avioneta, los controladores aéreos decidieron contactarlo.
"Estoy en el campo, tuve un accidente", dicen que explicó el piloto, quien no tuvo tiempo de hacer el llamado de emergencia de rigor y horas más tarde le reconocería a La Capital que el grupo "tuvo un Dios aparte".
El aterrizaje fue todo un éxito si se tiene en cuenta que esa avioneta alcanza unos 300 metros de altura y que las únicas luces que vio el piloto en momentos del desperfecto fueron las de las antenas transmisoras de los canales 3 y 5. Al aviador no le quedó más remedio que bajar la nariz de la nave y buscar un punto negro en tierra. Unos 500 metros despejados donde aterrizar sólo con la ayuda de la ley de gravedad. Esquivó un eucalipto, tocó tierra y arrastró consigo las brócolis sembradas en la quinta lindera al lado del campo que cuidan los Insaurralde. La nave trazó un surco, sorteó una zanja donde perdió una rueda y se detuvo de punta, marcando el fin del trayecto.
Dicen que los ocupantes de la avioneta bajaron rápido y que uno se descompuso del susto. Y que se quedaron junto a la nave hasta que llegaron los agentes de policía de la comisaría 32ª junto a personal del Servicio Integrado de Emergencia Sanitaria (Sies), de Defensa Civil y del propio aeropuerto. "Aplicamos rápidamente un plan de emergencia aeroportuario, todo salió bien y por suerte no tuvimos que lamentar víctimas", contó luego Chanda.
Hace 40 años que los Insaurralde viven en esa zona rural de la ciudad. Un lugar de quintas, cercano al relleno sanitario Gallino y al polideportivo Bella Vista de Newell's Old Boys. Un lugar apacible donde todos se conocen, caballos y perros pasean por igual y apenas se oyen los ruidos de la ciudad. Y donde ayer, por la avioneta, se acercó la mayor cantidad caras desconocidas de los últimos años. Las mujeres de la familia Insaurralde -abuela, madre e hija- dicen que para ellas, mirar para arriba para ver cómo será el tiempo, por la cosecha, es una costumbre. Pero ahora prometen levantar la cabeza más seguido. "Nunca se sabe qué caerá del cielo", se ríen por lo bajo.
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Fotos
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La máquina interrumpió su recorrido cuando su punta se enterró literalmente en el campo.
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