Año CXXXVII Nº 49110
La Ciudad
Política
Información Gral
Opinión
El Mundo
La Región
Policiales
Cartas de lectores


suplementos
Ovación
Señales
Escenario
Economía
Turismo
Mujer


suplementos
ediciones anteriores
Salud 03/05
Página Solidaria 03/05
Turismo 30/04
Mujer 30/04
Economía 30/04
Señales 30/04
Educación 29/04
Estilo 29/04
Autos 27/04

contacto

servicios
Institucional

 domingo, 14 de mayo de 2006  
Monte Hermoso: historias talladas en arena

Paola Irurtia / La Capital

Cada vez que el mar se retira de la costa en el extremo sur de Monte Hermoso, un playón más oscuro y condensado que la arena queda al descubierto. En ese sitio están "las patitas": huellas de niños, mujeres y hombres que caminaron en esa superficie hace miles de años cuando el mar no llegaba hasta allí, el clima era otro y los esos pobladores no sabían nada de españoles ni conquistas. Las huellas que se encuentran en Monte Hermoso son uno de los únicos cinco sitios de mundo que conservan pisadas humanas de esa antigüedad y uno de los que más cantidad tiene aún. Forman parte del patrimonio arqueológico de la ciudad y en cada temporada, la municipalidad dispone guías especializadas para mostrarlas de modo gratuito a los visitantes.

Los sitios son tres, denominados Monte Hermoso I y La Olla I y II; ocupan una extensión de un kilómetro y se encuentran a 6 del balneario céntrico; a la altura del cámpig Americano.

La Olla fue el primero en ser descubierto, a fines de 1984, por quien hoy dirige el Museo de la ciudad, Vicente Di Martino. La otra placa fue descubierta en 1990 por el estudiante de Geología Rodolfo González. Por eso, quienes visitaron las playas de la ciudad hace más de 25 años no "recuerdan" las patitas, que en ese tiempo se encontraban bajo el agua.

Las placas tienen registradas centenares de pisadas humanas y de animales, algunas como huellas aisladas y otras en serie, formando rastros. Hay marcas de pies de niños, hombres y mujeres; y entre los animales, de aves y mamíferos, como guanacos o venados. También hay marcas de semillas y ramas.

La interpretación de los investigadores indica que en ese mismo sitio, hace 7000 años, existía una laguna tranquila, de aguas salobres, cercana al mar que estaba muy retirado del lugar que ocupa actualmente. El clima y los movimientos de las dunas hicieron que la arena cubriera ese suelo lacustre. La arena ocupó las marcas, como el relleno de un molde y ayudó a conservar las huellas. Otros movimientos, 7 mil años después, las descubrieron y favorecieron que la atención de los investigadores se fijara en ellas.

El primer sitio que fue descubierto puede verse sólo con la marea baja. Cuando lo descubrieron, las dunas se habían corrido lo suficiente como para dejar las pisadas al descubierto. Dos semanas después, volvieron a ocultarlas obstaculizando su estudio.

Siete mil años atrás, ese lugar era visitado periódicamente por pobladores del sur pampeano que vivían de la caza y la recolección de frutos. El lugar formaba parte de un circuito que era ocupado estacionalmente, cuando los indígenas llegaban a la costa.

La placa registra centenares de pisadas humanas a orillas de una antigua charca donde chicos, jóvenes y tal vez mujeres deambulaban en forma tranquila sin una dirección marcada, probablemente realizando actividades de recolección de los elementos que brindaba la laguna, como plantas, huevos de aves o peces. El estudio de los restos precisa que el sitio era visitado por esos pobladores entre 6.600 y 7.300 años atrás.

En La olla I y II, la actividad era diferente. Allí se despostaban y descarnaban los lobos marinos. Entre los hallazgos predominan los huesos de miembros delanteros y traseros de esos animales, morteros y piedras de moler, lo que evidencia el procesamiento de los vegetales sumado a la actividad cazadora.

La importancia del lugar radica en que son sólo cinco los sitios donde se conservan pisadas humanas en el mundo. El otro motivo es que esos descubrimientos aportaron datos relevantes para reconstruir la historia de la región.

"Sobre ese pasado no tenemos documentos escritos, ni fotos, ni mapas, pero lo conocemos gracias a distintos tipos de evidencias arqueológicas, como entierros humanos, artefactos de piedra tallada, vasijas de cerámica, huesos de animales y restos de vegetales", cuentan los investigadores Cristina Bayón y Gustavo Politis. "Estos son los datos que se utilizan para reconstruir una parte poco conocida de nuestra historia, el pasado anterior a la memoria escrita".


Aquellos días
Las condiciones climáticas, hace 7.500 años eran distintas de las actuales. La temperatura del planeta fue aumentando y el nivel del mar llegó durante este lapso a su máxima altura, cerca de 2 metros por encima del nivel actual. Eso provocó que, de acuerdo a las características de cada sector de la costa, el mar avanzara sobre el continente o se retirara.

Para esa época se habían extinguido los últimos grandes mamíferos que caracterizaron la fauna pampeana, que convivieron con los primeros habitantes de la región. En las orillas de los arroyos Azul y Tapalqué se hallaron los últimos representantes de esta fauna gigantesca junto a herramientas de cuarzo y de cuarcita hechos por el hombre.

Los animales que quedaron luego de la extinción masiva de los grandes mamíferos fueron especies autóctonas muchos mas pequeñas. En tierra firme era frecuente la presencia de guanacos, venados de las pampas, zorros, zorrinos, peludos, piches, mulitas, vizcacha, ñandúes, garzas, entre muchos otros. Mientras que en las costas marinas había abundantes lobos marinos de uno y dos pelos, peces y caracoles.

La investigaciones arqueológicas que se realizaron en la región permitieron reconstruir a grandes rasgos el modo de vida de los indígenas pampeanos. Entre 7.500 y 6000 años antes del presente, la pampa bonaerense estaba poblada por grupos de cazadores recolectores que vivían en pequeñas bandas de pocas decenas de personas, compuestas por algunas familias emparentadas entre si. El grupo tenía las actividades y tareas repartidas según la edad, sexo o habilidades de sus miembros. Periódicamente, las diferentes bandas se congregaban para relacionarse con otros y hacían reuniones para conseguir parejas fuera del grupo, lo que mantenía un complejo sistema de relaciones sociales cuyo alcance iba más allá de la región.

Las bandas tenían territorios, de límites laxos, el cual recorrían con regularidad. Para esto, mudaban de campamento, de manera de poder usar los recursos de los diferentes ambientes de la región. De esta manera se trasladaban estacionalmente desde las llanuras hasta la costa atlántica. En la costa de Monte Hermoso se encuentran las primeras evidencias de las excursiones de estos grupos al litoral marino.

La instalación de sus campamentos, donde temporariamente vivía toda la banda, se hacía en lugares especialmente elegidos ya sea por la presencia de agua, leña o por su ubicación estratégica. Se instalaban por algún tiempo, probablemente semanas, y luego lo abandonaban retornando al interior de la pampa, seguramente para continuar con la caza de guanacos, su presa preferida y para buscar rocas buenas para la talla de sus artefactos que se hallaban en los sistemas serranos de Tandil y de Ventana. Al cabo de un tiempo, probablemente en la misma estación de año, los indígenas pampeanos regresaban a la costa, y se volvían a establecer por un tiempo para cazar lobos marinos, y recoger cantos rodados y caracoles de la playa. Este circuito de nomadismo entre la costa y el interior se repitió durante miles de años y probablemente aún estaba funcionando cuando los españoles llegaron al Río de La Plata.

Estos sitios forman parte del patrimonio cultural de Argentina y, dado su carácter excepcional, del mundo.
enviar nota por e-mail
contacto
Búsqueda avanzada Archivo

Ampliar FotoFotos
Ampliar Foto
Las huellas son un testimonio que dejaron los habitantes de siete mil años atrás.

Notas Relacionadas
Testimonios hermanos


  La Capital Copyright 2003 | Todos los derechos reservados