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 domingo, 19 de marzo de 2006  
La más britanica de las ciudades americanas
Islas balleneras, cabos de origen glaciario y refugios de minorías y bohemios rodean la tradicional ciudad

Corina Canale

Boston, la capital del estado de Massachusetts, es la urbe más importante de la región estadounidense de Nueva Inglaterra y una ciudad diferente. En sus construcciones asoma un refinamiento muy british, herencia de los peregrinos que llegaron al nuevo mundo huyendo de la pobreza y la persecución religiosa. No tiene largas avenidas y como es pequeña se la recorre caminando.

Lo mejor y más funcional de Boston es su Freedom Trail, la Ruta de la Libertad, una línea roja en la vereda que comienza en la estación de metro de Park Street y finaliza en Charlestown, una manera distendida de conocer esta ciudad a la que por algo se la llama la peatonal de los Estados Unidos. La línea roja lleva a los visitantes hasta el Boston Common, el más antiguo de los parques del país, que primero fue campo de pastoreo y después campo de entrenamiento militar, y hasta el Granary Burying Ground, un cementerio de muros recoletos.

Pensado para satisfacer todos los gustos, el circuito turístico de la línea colorada pasa por la Old Corner Bookstore, una librería que está abierta hasta tarde, y por la casa natal de Benjamín Franklin, el señor que nos mira desde los billetes de 100 dólares.

El visitante se asombrará de la gran cantidad de iglesias que tiene la ciudad, entre ellas la bellísima de la Trinidad, cuya construcción de estilo neo-romano se destaca junto a la moderna edificación de la torre de cristal John Hancock.

La ciudad, por supuesto, tiene un barrio chino, donde se sirven comidas asiáticas, y una pequeña Italia bostoniana, con bulliciosos sitios donde comer pizza, tomar un capuchino o simplemente disfrutar del exultante modo de vida de los latinos.

Pero si se busca elegancia el lugar es el barrio residencial de Beacon Hill, de estupendas mansiones que se abren sobre calles adoquinadas. En este lugar de la ciudad están los locales de los anticuarios y hay muchos restaurantes y pubs, entre ellos el Bull and Finch Pub, en el que se inspiró la famosa serie de televisión 84 Beacon Street.

También el cineasta James Ivory sucumbió al glamour de Beacon Hill, y mostró a Christopher Revee y Vanesa Redgrave paseando por allí en la ficción de su film "Los Bostonianos", mientras que Louisa May Alcott, la autora de la célebre novela "Mujercitas", realmente vivió en ese barrio. Para ir a Cambridge sólo es preciso cruzar el río Charles y encontrar, en la Massachussets Avenue, a Harvard, una de las más prestigiosas universidades del mundo.

En los restaurantes del puerto se preparan sabrosos platos, con bacalao y langostas del Atlántico, capturados en las mismas aguas en las que se arrojó, en 1773, un cargamento de té que iba hacia Londres. La historia registró este episodio como el El Motín del Te, que fue la forma en que los colonos del nuevo mundo demostraron que no estaban conformes con los altos impuestos.

Para las compras hay dos sitios que no se pueden obviar. Uno de ellos es el Quincy Market, y el otro el elegante Copley Place, un complejo comercial conectado con el Prudential Building que tiene de todo, hasta cines y un hotel.

Hay que recorrer las grandes tiendas de la avenida Washington y no perderse las visitas guiadas al The Massachusetts State House, para admirar su cúpula dorada y conocer parte de la historia de los Estados Unidos.


En los alrededores
En sus alrededores se destaca Plimouth, el lugar al que arribaron los colonos ingleses a bordo de la nave Mayflower y también un cabo sobre el Atlántico, Cape Cod, donde Tenessee Williams escribió "Un tranvía llamado deseo". Junto a ellos, Nantucked, una isla que fue la vieja capital ballenera del mundo y ahora es un centro de venta de antigüedades y alhajas artesanales.

Una buena manera de conocer los suburbios de Boston es llegar hasta Provincetown, o P-Town como la llaman sus habitantes, un pequeño pueblo de pescadores que se levanta en el extremo norte de Cape Cod, estrecha lengua de tierra que se interna en el océano.

"Es posible que todo esto desaparezca en cien años", dijo Arthur Ratsy, presidente de la Camara de Comercio de Cape Cod, quien explicó que la erosión del agua de los glaciares se está llevando lentamente la arena. Porque todo el cabo, desde Chatham hasta Provincetown, es un depósito glacial.

Los pilgrims instalaron en esta apartada comarca unos quince pueblos, la mayoría con su propio puerto, y levantaron iglesias y canchas de golf. De aquellos asentamientos todavía permanecen Sandwich, el mas antiguo, y Truro, donde está el primer faro que se construyó en los Estados Unidos, y cuyos destellos siguen guiando a los barcos.

Arthur es un fanático de los mariscos y los pescados, pero especialmente de la langosta que sirven en Lobster Pot, un reducto gastronómico a pura madera, con la cuota exacta de salón rústico asomado al mar. Mientras cuenta que Cape Cod fue lugar preferido del dramaturgo Eugene O Nelly y del escritor John Dos Passos, el empresario enseña su técnica personal para comer estos bichitos con la ayuda de los dedos.

En Provincetown, como en toda Nueva Inglaterra, la presencia portuguesa es fuerte. Lo que sucedió fue que los marinos lusitanos fueron los primeros en llegar a este lugar del océano Atlántico, cercano a la desembocadura de los ríos Charles y Mystic, pero el rechazo de los nativos los hizo desistir de la conquista y poner proa hacia otro lado. Después regresaron en son de paz y se afincaron en Nueva Inglaterra.

El 24 de junio, Día de los Portugueses, se realiza en Provincetown una de sus tres fiestas más importantes. Las otras dos celebraciones que alteran la calma de este pueblo marinero son el 4 de Julio, Día de la Independencia, y la multitudinaria Marcha del Orgullo Gay, en agosto.

Al salir de la reserva conviene visitar Chatham por tres motivos: ver sus soberbias mansiones frente al mar, visitar el faro de 1808 y conocer el Chatham Bars Inn, un resort de mar de 1914, miembro de The Leading Hoteles of the World. Su mobiliario estilo inglés y los repollos de colores de sus jardines valen la visita al histórico hotel.

Al balneario de Hull, sitio preferido de la sociedad bostoniana de comienzos del siglo pasado, se llega por carretera en una hora, o en barco, en 15 minutos, con una escala en el aeropuerto Logan. El lugar es ahora reducto de bohemios, homosexuales y mujeres con mucho dinero. Este curioso target surgió de una reciente encuesta realizada por un diario sobre este balneario de estupendas casas de madera y piedra, al mejor estilo inglés, que tiene un centro comercial elegante, muchísimos condominios y gente amable.

En Plimouth está la réplica de la Mayflower, la nave que en el 2007 cumplirá 50 años desde que Inglaterra ordenó construirla como un regalo de ese país a los Estados Unidos, por el apoyo que los americanos le habían brindado durante la Segunda Guerra Mundial.

A bordo de la nave se recrea la gesta de los pilgrim y se cuentan anécdotas de aquella historia, una puesta en escena muy turística con un equipo de gente ataviada con trajes del siglo XVII. Y a su lado hay dos aldeas que reflejan el encuentro de aquellas dos culturas, donde se muestra cómo era la vida de los pueblos nativos y cómo la de los recién llegados.

Cerca de allí está la apacible Falmouth y su original espectáculo de luces en el Heritage Museums and Gardens, que propone una vuelta a la infancia con sus buses iluminados y sus calesitas de colores. Sus habitantes están orgullosos de tener un barrio donde viven muchos científicos, entre ellos varios premiados con el Nobel.

En Falmouth también está Siena, el restaurante italiano de Graham Silliman, quién vivió cuatro años en la Argentina trabajando en seguros, y que al regresar se metió de lleno con la gastronomía, recreando el ambiente del Piégari de Buenos Aires, con enormes fotos en negro y blanco de la Siena itálica. En la cava de Graham no faltan los vinos de la bodega argentina Catena Zapata, para acompañar pizza a la piedra hecha en horno de leña y ravioles de langosta.

De Hyannis a Nantucket
Los ferrys que van hacia las islas salen de Hyannis, ciudad en la que John Kennedy solía pasar sus vacaciones, y que aún despliega cierta obsesión por esa familia bostoniana. No hay que asombrarse si los bares ofrecen tragos bautizados como Jackie, Ted o Caroline.

Los barcos de la Hy-Line Cruises operan seis salidas por día, con servicios de bar, que llegan a Nantucket en una hora. La tarifa de ida y vuelta es de 60 dólares, y el cruce de autos -que no conviene porque la isla se recorre caminando- cuesta 200.

Otra opción es volar desde Boston a la isla, que con una escala en Hyannis llegan en 45 minutos. La tarifa por tramo es de 100 dólares. En la lengua de los habitantes primitivos Nantucket significa "tierra lejana", y según la historia entre 1726 y 1850 la pequeña isla fue la capital ballenera del mundo, donde la venta del aceite de ballena -que durante un siglo iluminó a Europa-, instaló prosperidad.

También se dice que la habilidad para cazar ballenas de los indios wampanoag hizo del encuentro entre colonos y nativos un hecho casi amistoso. De esa época es la leyenda que cuenta que un indio gigante se convertía en ballena y se refugiaba en la isla a fumar. Los indios justificaban así la densa niebla, parecida al humo, que se levantaba en Nantucket, y también en la vecina isla Marthas Vineyard -viñas de Marta- cuando llegaba el frío.

Entre estas dos islas navegaba el Acushnet, el barco en el que solía viajar Herman Melville, del que se dice que en esos mares balleneros encontró la inspiración para escribir Moby Dick, su novela más famosa.

Ahora los hoteles de Nantucket celebran bodas, una costumbre que ya devino en negocio rentable. Una elección donde mucho tiene que ver el ambiente mágico de la isla, que se siente en sus callecitas empedradas, con árboles altísimos y farolas inglesas.

El Museo de los Balleneros muestra cómo era la vida a bordo de los barcos cazadores y exhibe una colección de arte de marfil, mientras que el edificio de El Ateneo, en realidad la biblioteca de la isla, es una imponente construcción de columnas blancas que fue lo primero que la comunidad isleña decidió restaurar después de un gran incendio.

Los habitantes residentes, unos 20 mil, se dedican a la construcción y al comercio, y algunos pocos a la pesca. Cuando llega el verano la población asciende a 100 mil personas, y llegan famosos como Steve Martín, Jim Carrey y Sarah Jessica Parker, quienes eligieron esta isla el verano pasado.

Los narcisos amarillos son parte del paisaje primaveral de Nantucked, al igual que las rosas en el verano, mientras que el otoño llega con la cosecha anual de los arándanos color carmesí. En la isla hay dos cines donde se permite tomar vino mientras se mira la película, pero como en todo el Estado de Massachussets, el cigarrillo está prohibidísimo.

Apuesta al turismo
Para tentar a los turistas del mundo y atraerlos hacia Boston y sus alrededores, la Oficina de Turismo de Massachussets aumentó su presupuesto de promoción en el exterior de 2 a 4 millones de dólares para el ejercicio que comenzó el 1º de julio de 2005 y finalizará exactamente un año después. William Hayden MacDougall, su presidente y Ceo, afirmó durante el foro que reunió en Boston a los representantes de los países en que el Estado tiene oficinas, que la actividad turística es la segunda industria del Estado, después de los equipamientos médicos para la salud y las investigaciones científicas.

Para Cristina Bernadi, directora de la Oficina de Massachussets en la Argentina, el objetivo es afianzar el destino para que los tours operadores lo ofrezcan como una buena alternativa. Mientras que Victoria Basaldua, de United Airlines, destacó que los vuelos diarios desde Buenos Aires a Boston, vía Washington, se operan en ambos tramos con aviones grandes, y que desde el 16 de diciembre último operan otro vuelo diario con escala en Chicago.


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Escritores como Poe y Tenesse Williams se inspiraron en sus calles.

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