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 domingo, 19 de marzo de 2006  
[El lenguaje de la represión]
Las expresiones del terror
Durante la dictadura las palabras fueron un vehículo de engaño y de atemorización, en usos que continúan presentes

Osvaldo Aguirre / La Capital

Las palabras, escribió George Steiner, pueden perder su significado humano cuando están sometidas a la presión de la bestialidad política y de la mentira. Lo dijo a propósito de la situación de la lengua alemana después del nazismo, pero la observación también se ajusta a lo que ocurrió con el lenguaje en la Argentina durante la última dictadura. Porque también aquí las palabras "fueron forzadas a que dijeran lo que ninguna boca humana habría debido decir nunca y con la que ningún papel fabricado por el hombre debería haberse manchado jamás".

En las salas de tortura y en las celdas de los centros clandestinos de detención los represores crearon una jerga con eufemismos y expresiones figuradas, que se filtró poco a poco en la sociedad. "Por algo será" fue la frase definitoria del lenguaje convertido en instrumento de terror.

En la elaboración de esa jerga resignificaron palabras y fórmulas de uso cotidiano. Pozo, para citar una de las más conocidas, designaba a la vez el centro clandestino, el lugar de ejecución, la fosa común y en definitiva la supresión de todo nexo con el mundo exterior; chupar, era el secuestro y por extensión chupadero nombraba al centro clandestino; el tubo aludía a la celda; tabicar, la venda o capucha que se ponía al detenido. Algunos términos (parrilla, submarino) eran anteriores, dada la histórica propensión a la tortura de las fuerzas de seguridad argentinas. Otros tenían un sentido reducido al centro clandestino donde surgieron: camión, en La Perla, aludía a la muerte, porque era el vehículo en que se llevaba a los detenidos al lugar de ejecución.

Es difícil separar ahora a las palabras de esos significados. Aunque el terrorismo de Estado haya cesado, en la palabra quirófano sigue resonando la sala de torturas. Traslado ha quedado asociada a la idea de muerte, y a la confusión de horror y esperanza que provocaba su pronunciación en los centros clandestinos. Si bien equivalía a una sentencia de muerte, los represores decían a los detenidos que serían llevados a otros centros o a lugares de "recuperación". Antes de trasladarlos, los represores de la Fábrica Militar de Armas Domingo Matheu dijeron por ejemplo a Ariel Morandi y Susana Miranda que se bañaran, porque iban a "un lugar donde estarían mejor", una práctica que se repitió en otros centros y lugares del país, lo que la pauta de la unidad de la práctica de exterminio.

El cinismo de los represores quedó inscripto en los nombres con que bautizaron a numerosos centros clandestinos: Sheraton (en La Matanza), El Reformatorio (en Tucumán), El Olimpo (en Buenos Aires, "así llamado porque era el lugar de los dioses", dijo una ex detenida), La Cacha (en el partido de La Plata, en alusión a la bruja Cachavacha, porque también hacía desaparecer a las personas), El Embudo (en Villa Carlos Paz). En la Esma los marinos llamaban "sala de la felicidad" al lugar donde se torturaba a los detenidos. La Perla era para los militares cordobeses "la Universidad".

En su libro "Poder y desaparición", Pilar Calveiro destaca que el uso de las palabras apuntaba tanto a la deshumanización de las víctimas -no se hablaba de personas sino de paquetes- como a tranquilizar a los represores respecto de los crímenes que cometían. Los militares no mataban, mandaban para arriba o hacían la boleta (una expresión que ha seguido presente); no utilizaban picanas sino máquinas; no cometían masacres sino que hacían traslados.

Esos desvíos del lenguaje se corresponden con las conocidas declaraciones de los dictadores Jorge Videla ("niego rotundamente que en la Argentina existan campos de concentración") o Roberto Viola ("en la Argentina no hay presos políticos"). Y con el hecho en principio extraño de que los torturadores, muchas veces, no se reconocieran como tales (aunque con excepciones: "yo soy lo que se llama un torturador asesino", se ufanó José Lo Fiego en la ex Jefatura de Policía de Rosario, según el testimonio de una ex detenida). La negación era por supuesto deliberada y respondía a un propósito: "debe existir una nube de silencio que rodee todo", dijo el general Tomás Sánchez de Bustamante. Esa nube estaba formada también por palabras, las palabras con que los militares y los civiles que los apoyaron apuntaron a ocultar lo que ocurría.

El lenguaje fue un engranaje en la maquinaria de burocratización y naturalización de la muerte que creó la dictadura. Al llegar al centro clandestino, los prisioneros eran despojados de sus ropas, se los obligaba a usar una capucha y perdían sus nombres, para ser reconocidos con un número. Los desaparecidos perdían su identidad y su historia: eran borrados del lenguaje.


El discurso de la falsedad
"Asistimos a un verdadero vaciamiento del contenido de las palabras (...) que lejos de clarificar está destinado a la confusión"; había que "reflexionar acerca de las palabras fundamentales de nuestro tiempo". Estas observaciones no fueron pronunciadas por ningún lingüista sino por el general Ramón Camps, uno de los jerarcas de la dictadura, en un artículo publicado por el diario La Prensa. El ex almirante Eduardo Massera, al ser distinguido por la Universidad del Salvador, dijo a su vez que "las palabras, infieles a sus significados, perturbaron el raciocinio".

Esta preocupación de los represores por el lenguaje se verificó también en la multiplicidad de sentidos que se dio a la palabra subversivo y que aún no se ha disipado por completo. Subversivo era una categoría incierta, que en principio refería a miembros de organizaciones armadas y militantes políticos y sindicales, pero que se extendía a cualquier grupo político o social opositor, a los organismos de derechos humanos, a los familiares, a los amigos, a los vecinos. En el delirio semántico de los militares lanzados a la caza de marxistas, apátridas, ateos y enemigos de los valores occidentales, cualquiera podía ser una víctima.

En ese uso del lenguaje los militares tuvieron la asistencia de periodistas, escritores, políticos, empresarios, religiosos e integrantes de diversas sociedades civiles, que propagaron las teorías en torno al "estilo de vida argentino" y al "espíritu cristiano" que decían cultivar los militares. El filósofo Jorge García Venturini acuñó la idea del "espíritu de Occidente", muy funcional para un régimen que era denunciado por las violaciones a los derechos humanos precisamente desde Estados Unidos, el centro del mundo occidental.

Según García Venturini, ese "espíritu de Occidente" no se definía geográficamente sino como "una forma de la vieja lucha que atraviesa los siglos". Los dictadores repitieron con entusiasmo sus ideas: Occidente era "un devenir histórico" para el brigadier Orlando Agosti; "una ubicación espiritual", para el brigadier Graffigna. La perversión del lenguaje afectó a la generalidad de los discusos. En "Iglesia y dictadura", un libro insoslayable, Emilio Fermín Mignone reveló cómo las autoridades de la Iglesia Católica subordinaron la doctrina religiosa a los objetivos y mentalidad de las fuerzas armadas, al punto de que hubo sacerdotes que celebraron la tortura y consideraron "pecado" abstenerse de declarar.

En la noche de la dictadura, el idioma fue distorsionado para que dijera vida donde había muerte. Sería necesario, quizá, preguntarse cuánto de las mentiras y del sadismo de los dictadores permanece todavía en el núcleo de nuestra lengua, qué marcas y efectos han dejado en las palabras de todos los días. Si no hay centros clandestinos de detención en cualquier sociedad, sino en aquellas que, como la argentina, tienen una larga historia de autoritarismo, tampoco puede haber un lenguaje inocente de sus usos.
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Album. Presuntos agentes de inteligencia ligados al Ejército, en una plancha de fotos obtenida en Rosario por la Conadep.

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