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 sábado, 10 de diciembre de 2005  
Editorial
Detener los robos a escuelas

Verdadero estupor provoca la sucesión de delitos de los que son víctimas entidades educacionales de la ciudad. Hasta ahora no se ha encontrado barrera física capaz de detener la saña de los delincuentes, que destruyen todo y se arriesgan por un magro botín. Hacen falta respuestas del Estado y la contribución concreta de la gente.

Por repetidos, los hechos ya no causan asombro entre quienes se enteran de ellos: los robos a instituciones educacionales se han transformado en una penosa rutina en esta ciudad. Y sin dudas que a partir de tan funesta pauta puede vislumbrarse el profundo grado de deterioro social que ha traído consigo la crisis.

Quienes ingresan por la fuerza a las escuelas con el objetivo de cometer un delito se adueñan generalmente de un pobre botín: mercaderías, herramientas, utensilios y materiales de limpieza constituyeron, entre otros objetos de escaso valor, la magra cosecha de quienes irrumpieron por quinta vez en el año en la Escuela Nº1.326 Sergio del Coro, situada en Solís 191, pleno barrio Ludueña. Repasar la lista produce una mezcla de indignación y tristeza: taladros, agujereadoras, martillos, una máquina de escribir, un teléfono, los reflectores que se utilizan en las fiestas del colegio, una cámara fotográfica que había sido donada por una editorial y hasta un espejo.

"En cualquier momento nos llevan a nosotras sentadas en las sillas", ironizó -desesperada- la directora de la escuela en diálogo con este diario. Todo indica que razón no le falta, si se recuerda que el 12 de septiembre pasado ya se habían llevado las computadoras "y todo lo que había en la dirección", de acuerdo con el testimonio de la misma docente. Todas las medidas de seguridad adoptadas han demostrado, hasta ahora, ser por completo insuficientes ante el accionar de los impiadosos delincuentes.

Impiadosos, por cierto: acaso residan en las cercanías de la escuela que despojaron, acaso sus hijos o parientes cercanos asistan o hayan asistido a esa misma escuela pública. ¿Qué clase de conciencia social se puede tener para destruir así una institución tan querible y necesaria, qué especie de odio se alberga para proceder de semejante modo? Ninguna de las dos preguntas es meramente retórica: ambas reflejan el nivel de daño que existe en el tejido social del país. Lo que es público -parece olvidárselo- es de todos.

Claro que modificar tan graves parámetros puede llevar largos años y, mientras tanto, el drama continúa con frecuencia casi cotidiana. Se requieren respuestas para la coyuntura sin ignorar que ninguna puede bastar para resolver el núcleo del problema, que es una sociedad que literalmente fue devastada, también en el plano moral.

Hacen falta soluciones: el Estado tiene que responder, la población debe contribuir.
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