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 sábado, 10 de diciembre de 2005  
Reflexiones
Kirchner, el hombre fuerte

Tomás Abraham

A los argentinos nos gusta que el poder se ejerza con autoridad. No es una casualidad diabólica que desde 1930 hasta 1984 siempre haya habido algún general que repartía la baraja y establecía las reglas de juego. Incluso antes de la gran inmigración, las figuras de Mitre o Roca, venían con sable en mano. Nos sobran militares en nuestra epopeya. Por algo será, no podemos decir que un pueblo haya sido víctima durante generaciones de un ocupante armado que finalmente no es otro que el que surge de su propia sociedad civil. Hay que ver lo que les ha sucedido a los presidentes contemporizadores en nuestra historia reciente, aquellos que se atienen al derecho, los que prefieren lograr consensos y pretenden darle a cada uno el plato para servirse su pan. Los convidados a la cena democrática comen primero y rompen toda la vajilla después.

Kirchner es un hombre fuerte. Viene de lejos, es como si hubiera surgido de una tierra desconocida que no formara parte de la Argentina. De ser santafesino o cordobés, los porteños y el país todo sabrían qué hizo durante tres gobiernos o en años de funcionario provincial, el modo en que construyó su carrera política, de qué forma fue tejiendo alianzas y consiguiendo fondos, tendríamos alguna idea de quién nos gobierna. Pero no, lo vamos conociendo en el poder, tal un alcaucil con su corazón aún oculto, sólo vemos desprenderse lentamente una hoja después de la otra. Es aleccionador hablar con algún habitante de la provincia de Santa Cruz, nos cuenta cosas que jamás hemos escuchado, de personajes que nunca oímos nombrar, de una historia fragmentada pero que no se reduce a la leyenda de "estudiamos en La Plata y éramos una juventud maravillosa".

Nos gustan los jefes, más aún, creo, yo también, que los necesitamos. Pero no por una postura profesoral que dice con suficiencia que nuestro país es un país de caudillos, como si se dijera de cuchilleros, orilleros y compadritos. Las culturas posmodernas cambian como el viento, y todo lo sólido se desvanece en el aire. De una generación a otra las formas de vida y los ideales, los modos de apreciación de los valores, pueden cambiar, no son inalterables. Necesitamos un jefe porque el país está fragmentado en sectores enfrentados que no logran soldarse, y además ha sido vaciado.

Tienen razón los que dicen que el capitalismo argentino, la burguesía nacional, renunció a su rol histórico de liderar el proceso para la formación del Estado nacional. Ha fugado, o si quieren, exportado, sus capitales, se ha convertido en rentista de sus fondos en el exterior, o, a veces, en inversionista en otras economías. Lo ha hecho el mismo presidente con fondos públicos. Han quedado pocos con capital, y sí miles de pymes sin recursos propios, vieja tecnología y nada de crédito. Expliquémosle a nuestros hijos que esta situación es culpa del sistema capitalista que sólo busca el lucro y no es en nada solidario con los pobres, que no es humanista y que nos ha arruinado. Los engañaríamos. ¿Por qué esto no sucede en países vecinos, cuál es el motivo por el cual otras burguesías latinoamericanas además de buscar ganancias, crean polos industriales, exportan productos elaborados, bajan el índice de pobreza con trabajo genuino y no con juegos aritméticos? ¿Y por qué en regiones distantes el proceso de transformación ya los sitúa a años luz del estado de nuestra situación social, económica y educativa?

El anticapitalismo argentino deriva del parasitismo estatal y del rencor pequeño burgués que siempre acusó a ingleses, yanquis, judíos y cabecitas al ver peligrar su propiedad. El presidente denuncia a Coto, dicen que es el único argentino hipermercadista que queda. Habla de cartelización pero no demuestra nada. Lavagna habla de arreglos de precios en el rubro de la construcción con empréstito público. No demuestra nada, pero lo echan. Luego aparece la foto del presidente triunfante y los empresarios cediendo el 15% de descuento en las góndolas que se agrega a otras reducciones en los cortes de carne por ejemplo, que no se evitaron a pesar de otras fotos.

El presidente al decir que los capitalistas han ganado demasiado en la década del noventa le entrega un regalito a una clase media que pierde posiciones hace tiempo y que evita la proletarización sólo por una distinción educativa y un ropaje cultural al que se prende como a un salvavidas. Logra adhesión de organizaciones piqueteras cuya lucha tiene que ver con el reparto del superávit y las retenciones a la exportación entre sus bases; de los sindicatos que tienen conflictos con la patronal por reubicaciones entre agremiados, de la corporación educativa e intelectual que lucha para que nada cambie. En fin, es un éxito, los capitalistas en la Argentina ganan demasiado, son avaros. "Usted señor Coto ya ha ganado bastante dinero, sea un poco más solidario con los argentinos".

El problema no es el señor Coto sino que tenemos un capitalismo con poca competencia, y esto no se debe a que estamos en la última etapa del sistema signada por la concentración y los oligopolios, sino porque nunca lo hemos construido al famoso sistema, siempre nos ha disgustado debido a una cultura política corporativa que le da al Estado desde el modelo mussoliniano el rol de motor y aspirador de la economía. Entre nosotros desde los años 30 al menos siempre ha sido un sistema corrupto, necesariamente corrupto, nepotista y paternalista, los dineros desaparecen, las cuentas no tienen control, los vueltos son millonarios, todo es codicia sin creación de nada consistente, arreglos para fabricar millonarios, invención de nuevas plutocracias para que se mantengan largo tiempo. Nada que ver con un Estado keynesiano. Y esto a pesar del sacrificio de trabajadores públicos como enfermeros y maestros que son también víctimas de la burocracia que los usa.

Hay un consenso absoluto entre las fuerzas del progresismo oficialista que para tener poder en la política hace falta mucho dinero. Es el "de eso no se habla" de sus voceros y defensores intelectuales. Ningún diario progresista ha investigado las contribuciones que pudieran haber hecho las discotecas a la Jefatura del Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, ni los ingresos negros en las cajas de los negocios públicos. De Vido no existe para la izquierda oficial. Dicen que es una cuestión de realismo político y de "estrategia" que permite que aquella juventud maravillosa ocupe el lugar que tanto ansió.

El peor favor que le hace Kirchner a la sociedad argentina es instalar la pedagogía del odio al rico, prédica con la que lucró el más nefasto capitalismo prebendario argentino y el personal gubernamental correspondiente. No ayuda al futuro de una clase media que sólo puede ver cumplidos algunos de sus sueños perdidos con un capitalismo pujante que dé créditos para la vivienda, una educación seria y posibilidades de mayor bienestar económico. Una política "a la venezolana" sólo le sirve a quienes han renunciado a esos deseos y resignados se dejan llevar por un empobrecimiento sólo compensado por bienes simbólicos de dudoso valor.

Hay muchas cosas para discutir en la Argentina sobre el modelo de país, las formas de identidad, y los proyectos de Nación. No hay que rehuir el tema, es imprescindible. No se trata sólo de hegemonía y pluralismo. Pero sucede que el vacío del Poder Legislativo impide la fuerza que puede tener esta discusión. El Parlamento se ha vaciado, los partidos políticos también. Esto sólo puede alegrar a quienes viven de utopías anarquistas new age. Los asambleístas seniles. En el Congreso se está cerca de las responsabilidades de gobernar y de los intereses en conflicto, Allí pueden discutirse alternativas. No tiene por qué ser una máquina de impedir que obligue al decretazo permanente. Hoy en día a falta de labor legislativa, por el vaciamiento parlamentario, los políticos sólo hacen cola para ser invitados a un programa de televisión. Una denuncia aquí, otra más allá, estar en la pantalla, ser vistos en la pasarela. Por eso estamos limitados pobremente a la incontinencia apocalíptica que hace de la oposición una caricatura grotesca. Es el estilo de Elisa Carrió que no tiene pudor en comparar a Kirchner con Hitler, y que al menos nos sirve para advertirnos lo que puede llegar a suceder en un país en el que llegue a gobernar alguien como ella, que no tiene control de sus dichos y se siente poseída por mil y un demonios de variada pelambre.

En nuestro país no hay oposición (dejo de lado a Macri que tiene el mismo temperamento que de la Rúa y vuelve absurda la demonización que inventan grupos progresistas). ¿Qué significa ser un aliado de Venezuela? ¿Un nuevo juego estratégico que tanto nos encanta, como el de Perón regalando ferrocarriles porque las libras (hoy la moneda más fuerte del mundo) se evaporarían por la inminente tercera guerra mundial; la geopolítica gasolera de los tiempos en que decíamos que los yanquis serían nuestros aliados frente a Gran Bretaña por nuestra ayuda en la guerra contra la insurgencia centroamericana? ¿Ahora qué? ¿Un nuevo juego de mesa para parejas del viernes a la noche en el que apuestan a un frente anti-imperialista entre un centro petrolero, una potencia industrial y una zona agroganadera, en un Mercosur poderoso gerenciado por Chacho Alvarez?

Debe ser agradable ser un intelectual de la política, un señor con ideas brillantes en un país sin capitalistas y con mano de obra ocupada que en su 50% es desconocida por las obras sociales, los servicios de salud y las coberturas familiares. No hay como ser asesor y pensador. La Venezuela de Chávez es la Venezuela de sus fuerzas armadas. Es un gobierno cuasimilitar. ¿Cuánto podría hacer para paliar la indigencia sin sus generales, su policía y su petróleo? ¿Creemos acaso que un país conocido por la seriedad de su política exterior como Brasil, se aventura en entelequias sólo urdidas por países fracasados? ¿Quién puede no estar de acuerdo con la necesidad de un hombre fuerte? Claro, junto a un legislativo fuerte y un Poder Judicial también fuerte. Hay que distribuir la fortaleza, o se la tendrán que arrogar ciertas instituciones como lo hace el Ejecutivo.
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