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 domingo, 29 de mayo de 2005  
El cazador oculto: "Los peligros de degustar un buen vino"

Ricardo Luque / Escenario

Pasado y futuro. Divididos por una línea invisible, estaban ahí, al alcance de la mano en el amplio salón del Castagnino. La noche era fría, el vino generoso y los invitados, seleccionados con ojo de buen cubero por Augusto Saracco, se contaban con los dedos de una mano. Bajo la blanca luz del museo, el pelo entrecano del anfitrión revelaba que la lucha íntima que mantiene por seguir pareciendo joven está irremediablemente perdida. Aunque peor suerte corrió Quique Andreini, quien con los rulos batidos y una trencita con cuentas de madera colgándole sobre la espalda se parecía a Larry, de los Tres Chiflados, disfrazado de nativo de las islas Hawai. A su lado el pelo negro azabache de Andrés Scola despertaba sospechas. El hombre, con la excusa de su reciente graduación de somellier, no se separaba de la barra donde servían el vino, aunque hubo quien puso en duda si su interés no podía ser otro. La suspicacia tenía asidero. Detrás del mostrador, una rubia de ojos celestes y movimientos felinos ofrecía con exquisita amabilidad los varietales de la Finca El Portillo que, en definitiva, eran el verdadero lei motiv del encuentro. Y los asistentes, más o menos los mismos de siempre, le hicieron honor al convite. Sobre todo Roberto Caferra, que desde que llegó, tarde y con el celular pegado a la oreja, bajó una tras otras las copas que le acercaban con la velocidad de Speedy González. "¿Está en auto?", preguntó con gesto preocupada Mariela Spirandelli, una madre tiempo completo, al ver como el animador de "En otras palabras" parloteaba animadamente con cuanta señorita se le pusiera a tiro. Era evidente que el muchacho tenía problemas para conducirse y eso que todavía no estaba al volante. Tanto es así que ni siquiera reparó en la presencia del gran Carlitos Bonsignore, una de las grandes promesas del hockey local que, perdido por la bebida, se quedó sin ser "leona". Una aclaración para mal pensados: no tuvo problemas con el acohol, nada que ver, puso una vinoteca. Un buen negocio. Pero no mejor que el que hizo Susana Rueda, que aprovechó los regalos que recibió durante la producción del Día del Padre que hizo la revista Lola para quedar bien con su marido. Se ve que a la niña la máxima escolar "el ahorro es la base del fortuna" le quedó grabada a fuego. En la billetera.
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