Año CXXXV
 Nº 49.325
Rosario,
domingo  09 de
diciembre de 2001
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Incertidumbre. Mañana se cumplen dos años de la asunción de De la Rúa
Un gobierno con vejez prematura
La falta de respuestas a la grave crisis económica y política disolvió la esperanza y destruyó a la Alianza

Javier Felcaro

¿Cómo licuar el poder en sólo dos años? La respuesta está en Balcarce 50. El 10 de diciembre de 1999 Fernando de la Rúa asumió la presidencia con una imagen positiva de casi el 70 por ciento. Sin embargo, en 24 meses, la grave crisis económica y política carcomió la base de su gestión y lo distanció (por acción u omisión) de los objetivos que depositaron en la Casa Rosada a las principales espadas de la hoy destruida Alianza.
Ni bien De la Rúa posó su humanidad sobre el Sillón de Rivadavia estalló el conflicto en Corrientes, que ya venía de la gestión anterior. Se esperó demasiado (el principio de una tendencia irremediable) y la salida fue la represión, con su dosis de muerte, seguida de la intervención federal.
Llegó febrero de 2000 y, escudado en el trillado estigma de la herencia recibida, comenzó el distanciamiento con la gente: el impuestazo a la clase media. Además, la bandera de la lucha anticorrupción sufriría el primer desgarro. El centro de las sospechas: Angel Tonietto, el cuñado de la entonces ministra Graciela Fernández Meijide e interventor del Pami.
Pero la transparencia del gobierno aliancista quedaría empañada con la sanción de la polémica reforma laboral y la inmediata denuncia por presuntas coimas en el Senado. Fantasmas con rostros de papers anónimos y tarjetas Banelco rondaron el Congreso.
La historia terminó con el portazo del entonces vicepresidente Carlos Chacho Alvarez, quien se había embarcado en una infructuosa cruzada contra la corporación. El ex líder del Frepaso se peleó con todos y detonó una crisis política que dejó a su partido al borde de la desaparición, sentenció a la Alianza a la pena capital y debilitó a un gobierno marcado por la carencia de fuerza. Hoy sigue preso del silencio que se autoimpuso.
En pleno affaire de los sobornos la desilusión se acrecentó con dos nuevos ajustes. Con la imagen en caída libre, se produjo la primera gran movida de fichas en ese inquieto tablero llamado gabinete: se fueron Rodolfo Terragno, Alberto Flamarique y Fernando de Santibañes.
La economía empeoró y aparecieron nuevos placebos: el blindaje y el megacanje. No hubo curación y el pulgar hacia abajo marcó el fin de la era José Luis Machinea. Tijera en mano, irrumpió Ricardo López Murphy, pero su plan de ajuste cosechó un rechazo unánime. Ese fue el límite para los pocos progresistas que quedaban en la Rosada, quienes nunca pudieron imponer sus ideas. La Alianza, que había nacido en 1997 como el imán de la esperanza, estaba hecha añicos.
Cimentando la derechización del gobierno, la alfombra roja se extendió para Domingo Cavallo, desembarco paradójicamente fogoneado por el propio Alvarez. Quienes creyeron que podrían respirar aliviados, pronto descubrieron que los números en rojo no cambiarían de color ni con el hiperkinético funcionario, que apeló a una batería de medidas con resultados nulos (déficit cero), o aún inciertos (la reciente bancarización y restricción del retiro de efectivo de depósitos y salarios).
La falta de contención social, una asignatura pendiente de los frepasistas que pasaron por el gabinete, abonó la multiplicación de lo piquetes y los cortes de rutas en todo el país. Y volvió la represión, con más muerte, como en General Mosconi (Salta).
Ya en octubre pasado, las urnas blanquearon el desencanto con el voto bronca, un duro golpe para el gobierno y toda la clase política argentina. Rápidamente, el atomizado PJ sacó provecho de la anemia oficial: Ramón Puerta fue designado presidente provisional del Senado y quedó en el umbral de la sucesión de De la Rúa.
Lo que en junio pasado pareció ser la única promesa electoral hecha realidad, se diluyó en noviembre: el ex presidente Carlos Menem recuperó la libertad. El controvertido fallo de la Corte Suprema de Justicia por el escándalo de la venta ilegal de armas al exterior potenció las sospechas de un Pacto de Olivos versión 2.0. La credibilidad sufrió otra devaluación.
En medio de inútiles llamados a la unidad nacional, la discusión entre el oficialismo y los gobernadores -principalmente los del PJ- por la coparticipación federal superó los niveles del desgaste. Para mal de males, el Ejecutivo se consolidó como el epicentro de las internas y la preferida de De la Rúa, Patricia Bullrich, abandonó el barco en plena a disputa por el control de los planes sociales. Si algo caracterizó a la Piba fue su embestida permanente contra los caciques sindicales. Pero los Gordos, que ya lanzaron el séptimo paro, soportaron el impacto y ganaron la pulseada. Fue el fin de la autonomía.
El 10 de diciembre de 2001 encuentra a De la Rúa al filo del default, con el país pendulando entre la dolarización y la devaluación, y buscando desesperadamente la más amplia de las concertaciones posibles frente a los embates de una oposición que ya se frota las manos. Si lo logra o no, es historia a punto de escribirse.



De la Rúa en 1999, cuando la crisis era una hipótesis.
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