Año CXXXIV
 Nº 49.244
Rosario,
miércoles  19 de
septiembre de 2001
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El choque de culturas y los "talibanes" locales

Pablo Díaz de Brito

Aunque resulte repulsivo e increíble, el martes 11 de septiembre hubo personas -de intelecto peso pluma e ideas entre nacionalistas y de izquierda-, que mostraron un marcado regocijo por el ataque terrorista múltiple sufrido por EEUU. En el país de los atentados a la embajada de Israel y la Amia se vieron expresiones de alegría de parte de personas que se consideran firmes defensoras de los derechos humanos.
Mientras no se sabía si los muertos eran 10.000 ó 20.000, algunos clamaban ese terrible martes su desprecio por EEUU y justificaban el horrible crimen del mismo modo que lo hicieron Saddam Hussein, el jeque Yassin de Hamas o Bin Laden: la tragedia de Manhattan es mero efecto y culpa exclusiva de la conducta "imperial" de Washington hacia los países árabes e islámicos. Al mismo tiempo los organismos de derechos humanos, al menos en Rosario, callaron el martes 11 y lo siguieron haciendo los días siguientes. Sólo esta semana, cuando la represalia de EEUU se perfiló como inminente, llegaron los comunicados... para condenar a EEUU. Unas pocas líneas, en vocabulario casi protocolar, se dedicaron a lamentar lo ocurrido en Nueva York y Washington. Evidentemente, los organismos de derechos humanos argentinos tienen mucho que aprender, en cuanto a seriedad, ecuanimidad y honestidad intelectual, de sus hermanas mayores sajonas, Amnesty y Human Rights Watch.

Dos modelos en pugna
Algo vital se olvida en esta orgía de antiamericanismo tercermundista, y es que se está ante una creciente confrontación entre dos modelos histórico-culturales: el occidental, demoliberal, laico, abierto y autocrítico (y eso pese a que los halcones republicanos que gobiernan hoy en Washington no sean los mejores representantes, por cierto, de estos valores); y el dogmatismo confesional musulmán, hoy dominante en el Tercer Mundo como punta de lanza antioccidental, luego del rapidísimo eclipse del sistema comunista soviético y de sus gobiernos satélite.
Algunos analistas progresistas tachan a este planteo como una "sobresimplificación" de mentes conservadoras sajonas, al estilo de Samuel Huntington. Pero decir, para cumplir con el canon progresista, que los fanáticos suicidas de Bin Laden o de Hamas no tienen nada que ver con el Islam y que Occidente lo estigmatiza en bloque a partir de la mala conducta de minorías fanáticas es, sin dudas, una doble "sobresimplificación".
Las sinceras y masivas celebraciones registradas el día del ataque en los territorios palestinos, Líbano, Siria, Irak y Pakistán, entre otras naciones de la región; la distribución de dulces en las mezquitas (un gesto tradicional de festejo que se cumplió incluso en Londres) y las palabras de alegría de muchos clérigos musulmanes en esos templos, indican ciertamente que no se está ante un rechazo sin fisuras de lo hecho en Nueva York y Washington por la gran mayoría de las masas árabes. El resentimiento secular hacia EEUU y Occidente sólo puede excusar pobremente estas celebraciones. Hay aquí un abismo ético-cultural que nadie puede disimular. (Ciertamente, aunque ningún país islámico es una democracia plena ni goza de las libertades propias de este sistema, hay muchos matices y diversidades. Lo mejor que puede hacer Occidente, luego de arreglar cuentas con los terroristas, es estimular a los sectores democráticos y laicistas que pugnan por ganar espacio en sociedades que siguen siendo predominanemente confesionales, cerradamente machistas y autoritarias.) \Por todo esto, simpatizar desde Occidente con los pilotos kamikaze de Bin Laden es tan grave como estúpido y contradictorio. El júbilo contenido o la legitimación encubierta del acto terrorista conforman un ejercicio cínico y neurótico, producto de la frustración ante la patética caída de la propia construcción política -el socialismo real o el meramente imaginario-, y la desaparición igualmente rápida del marxismo como corpus teórico, hasta no hace muchos años predominante en ámbitos académicos e intelectuales occidentales. Para colmo, se comprueba con inmenso rencor la evidente buena salud del odiado capitalismo.


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