Bin Laden está en Afganistán, un país que cuenta hoy con una población de 26 millones de habitantes y está dominada en un 90% de su territorio por la milicia fundamentalista islámica Talibán. Para la mente occidental es muy complejo pensar en Afganistán. El 90% de su población vive en pequeñas y remotas aldeas que tienen muy poca o ninguna comunicación. El 10% restante, que vive en la urbanidad, padece las prohibiciones del régimen. Los talibanes promueven un modelo de cumplimiento estricto y muy riguroso de los preceptos islámicos. La prohibición del alcohol, de la televisión y los medios de comunicación son algunos de los aspectos de su disciplina. Afganistán aparece como el inminente blanco de la represalia de EEUU. La esperanza de vida de los afganos es 47,8 años, para los hombres, y 46,8, para las mujeres. Sólo el 12% de la población tiene agua potable y el 29% tiene acceso a servicios de salud. La tasa de alfabetización es del 31,5% (47,2% en los hombres y 15% en las mujeres). Unos cuatro millones de niños murieron por desnutrición en los últimos cinco años. Unos 268.000 niños menores de cinco años mueren todos los años por enfermedades de fácil curación como la diarrea y los problemas pulmonares. Los talibanes son el fruto de la ola de refugiados que originó la invasión rusa. Durante la resistencia integraron los grupos de mujahidines (combatientes), pero de ninguna manera fueron la fuerza que derrotó a los soviéticos, sino una de las que colaboraron. Formados en las universidades coránicas de Pakistán (Talibán significa estudiantes o discípulos), este movimiento tuvo un enorme impacto en los campos de refugiados pashtunes en Pakistán en la década del 80, cuando unos tres millones de afganos cruzaron la frontera. La figura más característica del régimen es el mulá Mohamed Omar, antiguo mujahidin, camarada y protector de Bin Laden. La destrucción de las estatuas de Buda que estaban en el valle de Bamiyan y la persecución sistemática contra las mujeres son algunas de sus perlas negras.
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