Silvia Viviana Pugliese (*)
Hace poco tiempo los televidentes argentinos vieron en un programa de fútbol cómo "jocosamente" mostraban las láminas de Rorschach, uno de los más valiosos test de personalidad de los últimos tiempos. Algunos espectadores se indignaron responsabilizando al director del programa, mientras que otros se preguntaban qué había de objetable en tal acción. Para responder a esta pregunta debemos ubicarnos en esta práctica psicodiagnóstica. Los tests son herramientas que se utilizan en el proceso psicodiagnóstico, específico, exclusivo e indiscutible del psicólogo, que tiene como objetivo dar cuenta de la organización y funcionamiento del psiquismo humano. De él dependen decisiones como ir a una escuela especial, declarar la discapacidad mental o la imputabilidad de una persona, acceder a un puesto de trabajo, decidir una psicoterapia; entre otros. La garantía científica de estos instrumentos comienza con la construcción del test que implica un largo proceso donde intervienen equipos de profesionales. Esta compleja elaboración tiene también un alto costo. Las garantías de la integridad de los tests se asegura con la edición de los materiales de alta calidad y fidelidad al original. Y aquí la responsabilidad es de la editorial. La garantía del uso responsable requiere algo más que un manual de instrucciones o un programa computarizado. Es preciso una formación específica en el manejo de los tests, puesto que el procesamiento de los resultados junto a otra información de la persona evaluada, requiere del juicio clínico del psicodiagnosticador. También es importante la restricción del acceso al material. Allí reside la esencia de su efectividad. Conscientes que del psicodiagnóstico dependen tan importantes decisiones, la Asociación Argentina de Estudios e Investigación en Psicodiagnóstico (Adeip) adaptó las "Pautas internacionales para el uso de los tests-versión argentina". Precisamente, en una de las pautas dice "asegurarse que la tecnología del test no se exponga públicamente de modo tal que su utilidad quede deteriorada". ¿Por qué no es garantía suficiente que el psicólogo sea competente y que el test sea científicamente aprobado? Para entenderlo mejor vayamos a otra práctica. No se necesita ser bioquímico para darse cuenta de que los resultados de un análisis de sangre estarán alterados ( o contaminados) si la jeringa no está perfectamente esterilizada. Si una persona conoce las preguntas y respuestas de un test de inteligencia, seguramente resultará que dicha persona posee un cociente intelectual muy superior o genio. Por ello si la persona evaluada conoce el material del test no se le puede aplicar porque la práctica psicodiagnóstica no reunirá las condiciones que aseguren la efectividad de sus resultados. Quien vulnera la integridad de las pruebas ocasiona un triple daño. En primer lugar, un daño económico, porque echa en el cesto de papeles el trabajo de años de un equipo de científicos e investigadores, que rigurosamente diseñaron una técnica para ser usada durante mucho tiempo. También, un perjuicio profesional porque éste se verá privado del uso de un valioso instrumento para el que se preparó especialmente. Y el evaluado queda afectado porque no reunirá las condiciones de asepsia que dan confiabilidad a los resultados obtenidos. En tercer lugar, un problema económico porque la erogación que implica la construcción de un test, que generalmente proviene de universidades, fundaciones, instituciones científicas, se ven pulverizadas. A la competencia y ética del psicólogo, se debe sumar la restricción de acceso al material de los tests. Allí reside la garantía de efectividad de los instrumentos. Las normas son claras y explícitas. Ni los tests pueden ser administrados y evaluados por cualquier persona, ni su material, puede ser de venta libre. (*) Psicóloga
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