No fueron pocos a los que el fútbol no les mueve un pelo que se despertaron sobresaltados con el grito de un vecino bostero a las 7 de la matina. Y como para que no quedaran dudas de que no se trató de un sueño, al ratito nomás otro grito desaforado sacudía definitivamente la modorra e indefectiblemente generaba un insulto como respuesta. Pero claro, el pueblo de Boca, ese que se ramifica por todo el país, aún en la Rosario de leprosos y canallas, no podía en ese momento pensar en el descanso del de al lado. La emoción que Palermo les traía desde Tokio podía más que el respeto hacia el otro, al que ya habría tiempo para pedirle perdón. Y la verdad, qué mejor despertar podía ocurrirle a los gringos xeneizes, que el glamour del festejo por una copa que volvía por el túnel del tiempo, con aquella magia que Heber Mastrángelo, el Ruso Ribolzi, Marito Zanabria, el Tano Pernía, el Chino Benítez, el Loco Salinas, el Chapa Suñé, el mendocino Feldman, el Loco Gatti, el Toto Lorenzo y tantos más lograron hacer realidad en la alemana Monchengladbach, consiguiendo la primera hazaña intercontinental. Mientras la ciudad no futbolera le descontaba horas al sueño tratando de gambetear abrir los ojos a la realidad que le indicaría que debía salir a poner el lomo, la otra, la que razona con el sentimiento de rotación de pelota, preparaba el mate a las siete menos cuarto, por ahí hasta fue a comprar algunas facturas y se acomodó de cara al televisor adecuándose al horario que estos japoneses le imponían desde el otro lado del mundo. Y los que no tenían un cobre para el cable, madrugaron aún más temprano para llegar a tiempo al bar de la esquina y encontrar un lugar, pagarse el feca y palpitar la gran mañana, el gran día. A la hora del partido, cuando Real Madrid se aprestaba a mover la bocha del círculo central, los escalones de la tribuna popular ya habían traspuesto las vidriedas y apretujaban en sus escalones de veredas a un sinnúmero de hinchas clavándose el codo, tratando de poner la ñata contra el vidrio para distinguir mejor qué era lo que pasaba dentro de esa caja mágica empotrada contra la pared. Once minutos de esperanza, locura y tensión. Setenta y nueve de sufrimiento, plegarias y dedos cruzados. Al final, cuando el cuarto colombiano que había en la cancha pitó por última vez, la ciudad fue más auriazul que nunca, pero no por el hijo pródigo canalla sino por el Boca de todos, el amado y odiado por el país futbolero por mayoría, el que hizo despertar sobresaltado a la minoría e invadió luego las calles y con bocinas, bombas y banderas confluyó inevitablemente en el Monumento. Como si por un momento el grito xeneize se apoderara del coro popular que reserva su corazón y sus pulmones para el domingo, cuando Newell's y Central se enfrenten una vez más y vuelvan poner las cosas en su lugar.
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